Según el acuerdo general, la insuficiencia cardíaca
(IC) es uno de los mayores problemas de salud pública de las
sociedades occidentales. Su tasa de incidencia creciente,
relacionada con el envejecimiento de la población y
quizá con una mejora en la supervivencia de los
síndromes coronarios agudos, ha hecho que se la califique de
verdadera epidemia1.
Sin embargo, es
posible que las cifras publicadas sobre la IC puedan estar
distorsionadas debido a múltiples causas, entre las que
figuran la falta de criterios diagnósticos precisos y
unificados, la escasez de fuentes fiables de datos, la
utilización de diversas metodologías en las
mediciones y la ausencia de registros amplios y prospectivos.
Además, existen importantes diferencias en los datos sobre
IC de áreas geográficas diferentes, por lo que la
extrapolación de los datos obtenidos en una población
determinada a otras sociedades o países puede llevar a
errores de bulto.
Sirva para
confirmar lo anterior el hecho de que los distintos estudios
epidemiológicos sobre la IC que encontramos en la
bibliografía médica arrojan datos en muchos casos
discordantes.
Boix et
al2 publican en este número de la Revista un
interesante artículo sobre la mortalidad atribuida a este
síndrome en nuestro país. Es un estudio retrospectivo
que analiza datos obtenidos de los certificados de defunción
y del CMBD (Conjunto Mínimo Básico de Datos), sistema
regulado de codificación de las altas hospitalarias. Los
autores concluyen que las muertes por IC representan el 4,8% de la
mortalidad total en España, y señalan diferencias por
sexo y por áreas geográficas.
Para la mejor
valoración del alcance de esta publicación, antes
debemos conocer los datos que sobre la IC presentan las principales
publicaciones en este campo, así como las dificultades y
limitaciones de los estudios epidemiológicos en la
IC.
LAS CIFRAS SOBRE LA «EPIDEMIA» DE INSUFICIENCIA
CARDÍACA EN EL MUNDO
En EE.UU., donde
más desarrollados están los sistemas de
información sanitaria (probablemente por su estrecha
relación con la financiación del sistema), se
registra una prevalencia de 5 millones de pacientes con
diagnóstico de IC, con una incidencia de 500.000 casos
nuevos cada año3. Este importante número
de pacientes requiere cada año entre 12 y 15 millones de
consultas y 6,5 millones de días de hospitalización.
Desde el punto de vista económico, supone un gasto de 38.000
millones de dólares, que representan el 5,4% del presupuesto
sanitario anual de la nación. El volumen de ventas de
medicamentos específicos para este proceso ascendió
en 1999 a 500 millones de dólares. El número de
hospitalizaciones en que la IC fue el diagnóstico principal
se duplicó en los últimos 10 años, y 300.000
estadounidenses mueren cada año por este síndrome
como causa primordial o muy relacionada4.
En Europa
disponemos de varios estudios epidemiológicos de
carácter parcial5-8, generalmente retrospectivos
y con criterios de inclusión variables. En la mayor parte de
estos trabajos el diagnóstico de IC se establece por
criterios clinicorradiológicos, como los de
Framingham9; en otras ocasiones se utilizan los
criterios de Boston, que constituyen un índice de
gradación más depurado10, o bien
métodos que incluyen criterios ecocardiográficos como
los propuestos por la Task Force on Heart Failure de la Sociedad
Europea de Cardiología11, aplicados más
recientemente en cohortes reducidas. Esta variabilidad hace
particularmente difícil interpretar los datos de prevalencia
y mortalidad, máxime cuando una parte importante de la
información procede de médicos de atención
primaria o diversas especialidades, menos rigurosa en conjunto (o
así se piensa) que la aportada por cardiólogos, que
manejan procedimientos diagnósticos más precisos,
como la ecocardiografía12.
De forma
general, se estima en Europa una incidencia de 1,3 casos por 1.000
habitantes y año en la población de más de 25
años de edad. La tasa de incidencia es creciente
según el tramo de edad, llegando a 11,6 por 1.000 en los
mayores de 85 años5.
Existen pocos
datos, y probablemente no muy rigurosos, en cuanto a la mortalidad
determinada por IC. Ello se debe probablemente a la inmadurez de
los sistemas de información y a la falta de una
definición precisa que permita una codificación
homologada de los procesos y, más aún, de las causas
de muerte. En este sentido, la aportación de Boix et al es,
cuando menos, una aproximación relevante a la realidad del
problema en nuestro país.
LIMITACIONES Y DIFICULTADES DE LOS ESTUDIOS
EPIDEMIOLÓGICOS EN LA INSUFICIENCIA CARDÍACA
Los grandes
ensayos de fármacos en la IC han «deformado» la
imagen del enfermo medio afectado por este síndrome. En
ellos los pacientes son mayoritariamente varones de mediana edad
con disfunción sistólica severa del ventrículo
izquierdo, y un muy alto porcentaje de enfermedad coronaria como
causa de la cardiopatía. Por el contrario, los principales
estudios epidemiológicos en IC13,14 han venido a
mostrar un escenario muy diferente reflejando una población
con importante proporción de mujeres, una edad media muy
superior, un alto porcentaje de pacientes con IC diastólica
y una mayor proporción de hipertensión arterial como
etiología probable del cuadro.
¿Es
posible, no obstante, conocer con certeza la epidemiología
de la IC? Para ser sinceros, la respuesta actual ha de ser
negativa.
La pieza clave
de cualquier estudio epidemiológico es la definición
del evento a estudiar. A pesar de lo extendido y aparentemente
preciso de los términos «fallo cardíaco»
e «insuficiencia cardíaca», su aplicación
práctica comporta más dificultades que las que a
primera vista pudiera parecer. Los síntomas de este complejo
síndrome son poco específicos, y en muchas ocasiones
no permiten un diagnóstico adecuado sin otras pruebas
más objetivas. La IC es básicamente una enfermedad de
ancianos, población que padece frecuentes comorbilidades
(insuficiencia respiratoria, renal, hepática, etc.) que
dificultan sobremanera el diagnóstico
diferencial.
Al hablar de la
IC en el mundo real, muchos autores recuerdan que se trata de un
síndrome básicamente clínico, caracterizado
por dos síntomas cardinales, que son la disnea y la
retención hidrosalina. Ambos datos son sensibles, pero muy
poco específicos, por lo que su evaluación
está muy comprometida por una gran variabilidad
interobservador. Como se comentó anteriormente, el
diagnóstico de IC se hace por medio de profesionales con
diversa capacitación, con lo que varía de forma
importante la precisión diagnóstica.
Por este motivo
otros autores estiman que la hospitalización es,
posiblemente, el indicador más preciso de la realidad de la
IC congestiva15. En contra de ello juegan las nuevas
tendencias en el manejo de la IC basadas en la utilización
de consultas extrahospitalarias, hospitales de día, visitas
domiciliarias, etc., que pudieran hacer variar la percepción
del problema en distintos países, regiones o comunidades
según el grado de implantación en el sistema
sanitario. Para mayor complicación, existe un número
significativo de pacientes con formas poco sintomáticas de
IC que pasarían inadvertidos en los estudios
epidemiológicos. En el trabajo de Mc Donagh et
al16, aproximadamente la mitad de los pacientes con
fracción de eyección inferior al 30% de una
población de entre 25 y 75 años de edad no presentaba
síntomas evidentes de IC.
En cuanto a los
aspectos pronósticos de la IC en la vida real, de nuevo los
estudios epidemiológicos corrigen las cifras presentadas en
los ensayos clínicos, en el sentido de mostrar una
mortalidad más elevada de la esperada (si bien se observa
una ligera mejoría en el pronóstico de la IC con el
paso de los años, atribuible a un mejor tratamiento del
síndrome).
La enfermedad
coronaria es, junto con la hipertensión, la causa
fundamental de la IC, y está presente en casi el 60% de los
casos17. El pronóstico y la evolución de
la IC de etiología isquémica son peores que en la
debida a otras etiologías. La mejoría en la
supervivencia de los síndromes coronarios agudos con los
tratamientos modernos se ha barajado como una de las razones del
incremento de la incidencia de IC. Sin embargo, esto ha sido puesto
recientemente en tela de juicio por Guidry et al, al analizar la
población de Framingham en los períodos 1950-1969 y
1980-1989, entre los que no se encuentran diferencias
sustanciales18.
La
fisiopatología de la IC también tiene implicaciones
pronósticas. Se estima que casi la mitad de los pacientes
tienen una IC diastólica con función
contráctil conservada19, que comporta un
pronóstico más favorable y que probablemente debiera
segregarse o acotarse en los estudios epidemiológicos para
hablar de pronóstico y mortalidad.
ESTUDIOS EPIDEMIOLÓGICOS SOBRE INSUFICIENCIA
CARDÍACA EN ESPAÑA. EL ARTÍCULO DE BOIX ET
AL
En 1992 se
implantó en nuestro país como obligatorio el Conjunto
Mínimo Básico de Datos (CMBD), cuyo objetivo final es
la codificación de los diagnósticos de alta
hospitalaria, según la Clasificación Internacional de
Enfermedades, versiones CIE-8 y CIE-9. Ésta se ha
transformado en pocos años en un instrumento básico
para la información sobre morbimortalidad hospitalaria en
España. Existen todavía importantes lagunas en cuanto
a los criterios de codificación, especialmente por lo que a
las causas de muerte se refiere, a las que no son ajenos los
diagnósticos de alta expresados por el médico que
emite su informe. Todo esto, a pesar de los logros conseguidos,
afecta a la recuperación y explotación de
resultados.
Algunos autores
sostienen que la propia implantación de estos sistemas de
codificación podría producir distorsiones en la
percepción de los problemas clínicos.
Stewart15, del Departamento de Salud Pública de
la Universidad de Glasgow, ha indicado que el incremento del
número de casos de IC registrado en los últimos
años podría estar artefactado por algunos factores
como presiones administrativas para incorporar un segundo o tercer
diagnóstico (es frecuente que el diagnóstico
«insuficiencia cardíaca» figure más bien
como un diagnóstico asociado que como diagnóstico
principal, o quizás una mayor sensibilización para la
identificación de la IC en estadios iniciales en pacientes
con alteraciones estructurales cardíacas, utilizando
procedimientos diagnósticos más precisos como la
ecocardiografía o los radioisótopos. En este sentido
en el registro escocés de hospitalizaciones el 43% de los
ingresos por IC tenía como primer diagnóstico la
enfermedad coronaria, y un 18% de ellos correspondía a
infartos agudos de miocardio en los que era posible advertir signos
de fallo ventricular.
Por otra parte,
puede haber variaciones metodológicas importantes a la hora
de la recuperación de datos del CMBD. Por poner un ejemplo,
Boix et al utilizan en su estudio los códigos
diagnósticos 427.0 (Insuficiencia Cardíaca
Congestiva); 427.1 (Insuficiencia de Ventrículo Izquierdo);
420.0 (Insuficiencia Cardíaca Miocárdica); 428.1
(Insuficiencia del Corazón Izquierdo), y 428.9
(Insuficiencia Cardíaca sin especificación); sin
embargo, otros como el 402 (Fallo Cardíaco por
Hipertensión); 425.4 (Cardiomiopatía Primaria); 425.5
(Cardiomiopatía Alcohólica), y 425.9
(Miocardiopatía Secundaria) quedan excluidos, lo cual no
resta validez a su estudio, pero sí abunda en cuanto a la
variabilidad de criterios que pueden ser utilizados en los
distintos estudios epidemiológicos.
Así como
los datos del CMBD de hospitalizaciones están alcanzando en
España importantes cotas de precisión y calidad, no
se puede decir lo mismo de los datos obtenidos a través de
los certificados médicos de defunción que, entre
otras cosas, no están sujetos a ningún tipo de
auditoría.
En
España, desde el año 1974 (OM-764/74), en que se
publicó el Reglamento de Policías Sanitaria y
Mortuoria, es obligatorio para los médicos que certifican
una defunción definir las causas de muerte según una
Clasificación de Cadáveres. Ésta distribuye
las causas de óbito entre causas inmediatas, intermedias y
fundamentales, sin que existan definiciones precisas de las mismas.
Los datos obtenidos se compilan en el Boletín
Estadístico de Defunción del Instituto Nacional de
Estadística. Aunque en el formulario se expresan algunas
reglas para su cumplimentación, no existen criterios claros
y, por tanto, la información que podamos obtener para un
proceso específico es, a mi juicio, poco fiable.
Además, no existen mecanismos posibles de
auditoría.
Boix et al
encuentran un sorprendente repunte de la mortalidad por IC en
varones de entre 25 y 34 años de edad en la década de
los ochenta y noventa, lo que atribuyen al posible impacto del
síndrome de inmunodeficiencia adquirida (sida) y de la
adicción a las drogas, especialmente la cocaína. El
sida produce IC únicamente en estadios terminales y de forma
relativamente excepcional. Más frecuentes son otras
manifestaciones como pericarditis o miocarditis no
sintomática. Se duda si el mecanismo etiopatogénico
sería la propia afectación directa de los
cardiomiocitos por el VIH o sería la acción de
patógenos oportunistas como Toxoplasma gondii o el
desarrollo de linfomas que afectan el corazón. En cualquier
caso, la incidencia de estas complicaciones es muy
baja20, lo que en modo alguno puede explicar este
incremento en la incidencia de mortalidad por IC.
Algo parecido
podría decirse de la adicción a la cocaína.
Esta droga, cuyo consumo en España aumentó
exponencialmente a partir de la década de los noventa, es
capaz de inducir una sobreestimulación adrenérgica
por inhibición de la reutilización
presináptica de noradrenalina. Este mecanismo sería
capaz de inducir arritmias, muerte súbita o infarto agudo de
miocardio. Sólo de forma francamente excepcional puede
producir una miocardiopatía, que en muchos casos es incluso
reversible.
EPÍLOGO
Con los
criterios clínicos utilizados en la mayor parte de los
estudios epidemiológicos de los que disponemos actualmente
es difícil conocer la realidad en cuanto a incidencia y
mortalidad de la IC. Los ensayos clínicos, que
invariablemente excluyen a mujeres y pacientes mayores de 75
años de edad, no sirven en absoluto para conocer la realidad
de este proceso. La herramienta fundamental de los
epidemiólogos del siglo xxi serán registros
prospectivos con definiciones más precisas de IC, que
obtengan sus datos a través de los modernos sistemas de
información sanitaria.
La
utilización de la ecografía Doppler e incluso algunas
determinaciones bioquímicas o moleculares como el
péptido natriurético cerebral
(«epidemiología molecular»)17
darán lugar en los próximos años a un
conocimiento mucho más preciso de la magnitud del problema.
Por el momento, en los estudios epidemiológicos sobre la IC
podemos afirmar que «ni son todos los que están ni
están todos los que son».
Ver
artículo
Correspondencia:
Dr. L. Alonso-Pulpón.
Servicio de Cardiología. Clínica Puerta de
Hierro.
San Martín de Porres, 2. 28035 Madrid.
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