Puesta al día. Diabetes y enfermedades cardiovasculares (IV).
Volumen 55, Número 08, Agosto 2002
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Tratamiento de la diabetes mellitus: objetivos generales y manejo en la práctica clínica
Rafael Simóa; Cristina Hernándeza
a Sección de Endocrinología. Hospital General Vall d'Hebron. Barcelona.
Rev Esp Cardiol. 2002;55:845-60.
La diabetes mellitus se asocia a un importante incremento de acontecimientos cardiovasculares. La estrategia terapéutica de la diabetes debe fundamentarse en el conocimiento de su fisiopatología. Así, la administración de insulina es esencial en el tratamiento de la diabetes mellitus tipo 1, ya que en estos pacientes existe un importante déficit en la secreción de insulina. Sin embargo, el tratamiento de los pacientes con diabetes tipo 2 es más complejo porque existe un déficit tanto de la secreción como en la acción de la insulina. Por tanto, la selección del tratamiento dependerá del estadio de la enfermedad y las características individuales del paciente. En este artículo se exponen los objetivos generales del tratamiento y se revisa el manejo terapéutico de la diabetes mellitus tipo 2.
Palabras clave: Tratamiento de la diabetes. Antidiabéticos orales. Insulina.
Sección patrocinada por
el Laboratorio Dr. Esteve
INTRODUCCIÓN
La diabetes
mellitus es una de las enfermedades crónicas con mayor coste
sociosanitario y se asocia a un incremento de 3-4 veces en la
morbimortalidad cardiovascular. De hecho, la cardiopatía
isquémica constituye la principal causa de muerte en los
pacientes diabéticos1,2. En este artículo
se hace especial hincapié en el manejo terapéutico de
la diabetes tipo 2, que es la más prevalente y, en
consecuencia, la que ocasionará, en cifras absolutas, una
mayor morbimortalidad cardiovascular.
El tratamiento
de la diabetes debe fundamentarse en el conocimiento de su
fisiopatología. Así, en la diabetes mellitus tipo 1
existe un déficit muy severo de secreción de
insulina, y su único tratamiento, por el momento, es la
administración de insulina o sus análogos. En cambio,
la diabetes mellitus tipo 2 es una enfermedad mucho más
compleja, donde en los estadios iniciales predomina la resistencia
a la insulina, mientras que en fases más avanzadas, aunque
persiste la resistencia insulínica, es más evidente
el déficit de insulinosecreción. Por tanto, el
enfoque terapéutico dependerá del estadio de la
enfermedad y de las características del paciente.
OBJETIVOS DEL TRATAMIENTO
Los objetivos
generales del tratamiento de la diabetes son: evitar las
descompensaciones agudas, prevenir o retrasar la aparición
de las complicaciones tardías de la enfermedad, disminuir la
mortalidad y mantener una buena calidad de vida. Por lo que se
refiere a las complicaciones crónicas de la enfermedad,
está claro que el buen control glucémico permite
reducir la incidencia de las complicaciones microvasculares
(retinopatía, nefropatía y
neuropatía)3,4, mientras que el buen control de
la glucemia per se no parece ser tan determinante para
prevenir las complicaciones macrovasculares (cardiopatía
isquémica, enfermedad cerebrovascular, arteriopatía
periférica)4 y, en este sentido, el tratamiento
de la hiperglucemia debería contemplarse como parte de un
abordaje integral del conjunto de factores de riesgo que presentan
estos pacientes (hipertensión arterial [HTA], dislipemia,
tabaquismo). Así, un tratamiento encaminado a obtener un
control glucémico óptimo pero que descuide el resto
de factores de riesgo cardiovascular será muy poco racional.
De hecho, seguramente será más beneficioso para el
paciente diabético obtener mejoría de todos los
factores de riesgo cardiovascular, aunque no se alcancen los
objetivos de forma estricta en ninguno de ellos. En la tabla 1 se
especifican los objetivos terapéuticos5-7. La
hemoglobina glucosilada (HbA1c) es el mejor
índice de control de la diabetes, ya que informa sobre el
grado de control glucémico de los últimos dos a tres
meses y debería permanecer por debajo del 7%. Sin embargo,
en los pacientes ancianos o con una esperanza de vida muy limitada
no es necesario alcanzar este objetivo terapéutico puesto
que puede comportar un elevado riesgo de hipoglucemias graves. Por
lo que se refiere a los objetivos a alcanzar en el perfil
lipídico y de presión arterial, hay que tener en
cuenta que la cardiopatía isquémica es la principal
causa de mortalidad en los pacientes
diabéticos1,2, y se ha demostrado que el riesgo
cardiovascular de un paciente diabético es similar al de un
paciente no diabético que ya presenta cardiopatía
isquémica8. Por tanto, los objetivos requeridos
en la población diabética son muy estrictos y
equiparables a los que se exige en los pacientes con enfermedad
coronaria establecida.

PRINCIPIOS GENERALES DEL TRATAMIENTO
La dieta y el
ejercicio serán parte fundamental del tratamiento de la
diabetes. Las recomendaciones dietéticas deberán
adaptarse a cada individuo para conseguir los objetivos generales
del tratamiento. En este sentido hay que considerar que la obesidad
es muy frecuente en los diabéticos tipo 2 y, por tanto, uno
de los principales objetivos será la reducción
ponderal. El contenido calórico de la dieta deberá
ajustarse en cada individuo en función de su índice
de masa corporal y de la actividad física que
desempeñe habitualmente. En cuanto a la proporción de
nutrientes de la dieta, se recomienda que las proteínas
constituyan el 10-20% del total de las calorías ingeridas, y
las grasas menos del 30%, con menos del 10% de grasas saturadas. En
cuanto a los hidratos de carbono, debe darse más importancia
a la cantidad total ingerida que a la procedencia de los mismos,
pero deberían evitarse los hidratos de carbono de
absorción rápida9.
El ejercicio
físico, además de constituir un pilar fundamental en
el tratamiento de los pacientes diabéticos, contribuye a
prevenir el desarrollo de diabetes durante la vida
adulta10-14. En los pacientes con una diabetes tipo 2 el
ejercicio moderado y regular (30 min/día) es muy
beneficioso, puesto que disminuye la glucemia al aumentar la
sensibilidad a la insulina, mejora el perfil lipídico,
reduce la presión arterial, contribuye a la reducción
ponderal y mejora el estado cardiovascular (disminución de
la frecuencia cardíaca en reposo, aumento del volumen
sistólico y disminución del trabajo cardíaco).
Además, proporciona una mejor sensación de bienestar
y calidad de vida. El principal inconveniente del ejercicio en los
pacientes diabéticos es la hipoglucemia, que puede ocurrir
varias horas después y debe condicionar el ajuste de la
pauta terapéutica. Además, en los pacientes con
diabetes tipo 1 con mal control metabólico, y en especial
tras un ejercicio anaeróbico, puede producirse una
descompensación hiperglucémica o incluso cetosis. Al
margen de las alteraciones en el metabolismo de la glucosa, el
ejercicio físico puede comportar otros riesgos que se
detallan en la tabla 2. Por tanto, el programa de ejercicio debe
planificarse de forma individual en función de la capacidad
física del paciente y de los riesgos
potenciales15.

La
educación diabetológica que recibe el paciente por
parte de personal sanitario cualificado es esencial para conseguir
los objetivos terapéuticos. Así, por ejemplo, el
autoanálisis de la glucemia capilar permite descubrir en
qué momento del día existe peor control
glucémico, o bien identificar hipoglucemias inadvertidas y,
por consiguiente, es fundamental para realizar las modificaciones
terapéuticas oportunas. Además, el paciente que sabe
modificarse la pauta de tratamiento en función de los
autocontroles de glucemia capilar y ha recibido consejos para
afrontar diversas situaciones, tales como una hipoglucemia o una
descompensación hiperglucémico-cetósica,
requerirá menos ingresos hospitalarios y presentará
una mejor calidad de vida.
TRATAMIENTO DE LA DIABETES MELLITUS TIPO 2. PRINCIPIOS
GENERALES Y ABORDAJE TERAPÉUTICO
La dieta
generalmente hipocalórica por la frecuencia de obesidad
asociada y un programa de ejercicio regular serán los
pilares fundamentales del tratamiento de la diabetes mellitus tipo
2. Cuando no se logra un control metabólico aceptable, ya
sea porque el paciente no se adapta al cambio de estilo de vida, o
bien porque, a pesar de cumplir la dieta y realizar ejercicio de
forma regular, no se alcanzan los objetivos terapéuticos,
debe iniciarse el tratamiento farmacológico. En la figura 1
se representa un esquema del abordaje terapéutico de la
diabetes mellitus tipo 2.

Fig.
1. Esquema del abordaje terapéutico propuesto para la
diabetes mellitus tipo 2. aLos secretagogos de
acción rápida son la repaglinida y la nateglinida;
bde momento las tiazolidinadionas (TZD) aún no
pueden prescribirse en monoterapia; cse realizará
en función de las características del paciente.
Así, por ejemplo, si predomina la hiperglucemia basal y el
paciente estaba tratado con sulfonilureas (SU), puede
añadirse metformina (MET); en cambio, si el paciente sigue
tratamiento con MET y el mal control es a expensas de picos
hiperglucémicos posprandiales, debería
añadirse un secretagogo o un inhibidor de las
alfa-glucosidasas; dse recomienda iniciar el tratamiento
insulínico en monodosis nocturna.
Tratamiento farmacológico
Sulfonilureas
A mediados de
los años cincuenta se desarrollaron las primeras
sulfonilureas (SU) para uso comercial (carbutamida y tolbutamida),
y a mediados de los sesenta ya existían cuatro SU en el
mercado (tolbutamida, acetohexamida, tolazamida y clorpropamida),
que actualmente se conocen como SU de primera generación. A
finales de los años sesenta se introdujeron las SU de
segunda generación (glibenclamida, glipicida, gliquidona y
gliclacida). En 1970 se publicaron los resultados del University
Group Diabetes Program (UGDP)16, donde se
concluía que la tolbutamida era ineficaz en el tratamiento
de la diabetes y que aumentaba la mortalidad cardiovascular. Este
estudio tuvo una gran repercusión no sólo en EE.UU.,
sino también en diversos países europeos, y como
resultado se produjo una disminución considerable del empleo
de las SU. Sin embargo, dado que los resultados del UGDP fueron
objeto de numerosas críticas
metodológicas17, y ante la evidencia de su
efectividad clínica, en 1979 la Sociedad Americana de
Diabetes decidió poner fin a las restricciones para el uso
de las SU y desde 1984 existen en el mercado de EE.UU. Más
recientemente se ha introducido una nueva SU de larga
duración: el glimepiride18.
Mecanismo de
acción. Las SU estimulan la segunda fase de
secreción de insulina por parte de las células beta
pancreáticas, es decir, la liberación de la insulina
preformada19. Así pues, para que las SU puedan
ejercer su acción es necesaria la presencia de una masa
crítica de células beta con capacidad
insulinosecretora. Por tanto, las SU no serán efectivas en
pacientes pancreatectomizados o con diabetes mellitus tipo 1. Las
SU ejercen su acción a través de unos receptores de
alta afinidad situados en las células beta
pancreáticas20. La unión a estos
receptores inhibe la apertura de los canales de potasio
ATP-sensibles y evita la salida de potasio de la célula,
desencadenando la despolarización de la membrana celular.
Como consecuencia se abren los canales del calcio, aumenta el
contenido intracelular de calcio y su unión a la calmodulina
que, en definitiva, produciría la contracción de
microfilamentos y la exocitosis de los gránulos de insulina
(fig. 2).

Fig.
2. Representación esquemática del mecanismo de
acción de las sulfonilureas (SU). El receptor de las SU
regula la apertura y cierre de los canales de K+ y
contiene unos puntos de unión específicos para ATP,
SU y repaglinida.
En el
corazón y en todo el sistema cardiovascular también
existen receptores de SU y canales de potasio ATP-sensibles que
ejercen un importante papel cardioprotector contra la isquemia y su
cierre por las SU podría contribuir a la
isquemia21. Sin embargo, aunque este posible efecto
nocivo parece evidente en estudios experimentales donde se
administran SU a dosis elevadas de forma aguda22, no
parece tener relevancia en la práctica clínica, tal
como se ha demostrado en el estudio UKDPS4.
Farmacología clínica. Las SU difieren en su
potencia, duración de acción, metabolismo, efectos
indeseables y otras propiedades farmacológicas23.
En la tabla 3 se resumen algunas de las principales
características farmacológicas de las SU. Las de
segunda generación son más potentes y presentan menor
toxicidad que las de primera generación. Todas las SU se
absorben rápidamente en el tracto digestivo, el pico
plasmático se obtiene a las 2-4 h de su ingesta y se unen
principalmente a la albúmina, desde donde pueden ser
desplazadas por otros fármacos. El metabolismo es
fundamentalmente hepático y sus metabolitos se eliminan por
la orina y, en menor proporción, por la bilis. La gliquidona
se elimina preferentemente por vía biliar, lo que permite
utilizarla en caso de insuficiencia renal moderada (creatinina <
2 mg/dl).

Efectos
indeseables. Las SU son generalmente fármacos bien
tolerados. La hipoglucemia es el efecto adverso más
frecuente y guarda relación directa con la potencia y
duración de la acción del fármaco
administrado24. Así, es más frecuente con
la clorpropamida o glibenclamida que con la tolbutamida. La
hipoglucemia por SU es menos frecuente que con la insulina, pero a
menudo es más prolongada y puede requerir tratamiento con
infusión de glucosa intravenosa durante varios días.
Son factores de riesgo para la hipoglucemia por SU la insuficiencia
renal y hepática, la disminución de la ingesta y el
uso de fármacos que potencian su acción24
(p. ej., aspirina, inhibidores de la MAO, pirazolonas, fibratos).
Todos estos factores se combinan en muchas ocasiones en los
diabéticos de edad avanzada y, además, en estos
pacientes los síntomas típicos de la hipoglucemia
pueden estar ausentes y manifestarse sólo con
sintomatología psiquátrica o neurológica. Los
otros efectos indeseables son muy poco frecuentes (< 5%),
generalmente bien tolerados y reversibles25 (tabla
4).

Indicaciones, selección del fármaco y
contraindicaciones
Las SU se
consideran fármacos de primera elección para el
tratamiento de la diabetes mellitus tipo 2 cuando no existe
sobrepeso asociado, siempre que no se alcancen los objetivos
terapéuticos mediante un programa individualizado de dieta y
ejercicio. Las SU de segunda generación son las más
utilizadas y no existe ninguna que supere claramente a las
demás, por lo que quizás es más importante
emplear el preparado con el que el médico esté
más familiarizado. La tolbutamida y el glimepiride se han
recomendado en los ancianos por el menor riesgo de hipoglucemias
graves. Se aconseja empezar el tratamiento con pequeñas
dosis para evitar la hipoglucemia (generalmente medio comprimido) y
aumentar a intervalos semanales hasta que se haya obtenido un buen
control metabólico o se haya alcanzado la dosis
máxima recomendada. Cuando se obtiene una respuesta adecuada
debería revisarse la posibilidad de reducir las dosis y, en
caso de precisar dosis bajas, es probable que se consiga
también un buen control sólo con dieta. Si no se
obtiene un buen control glucémico con la dosis máxima
de la SU utilizada, puede intentarse un tratamiento combinado con
metformina, o bien pasar a tratamiento
insulínico.
Las SU
están contraindicadas en pacientes alérgicos a las
sulfonamidas y, por supuesto, en los diabéticos tipo 1 y en
la diabetes pancreatopriva (p. ej., tras pancreatitis o
pancreatectomía), ya que sólo son eficaces cuando
existe cierta capacidad de secreción de insulina. Tampoco
deben prescribirse durante el embarazo y la lactancia debido a su
capacidad de atravesar la barrera placentaria y de secretarse por
la leche materna. No es recomendable su uso en situaciones que
supongan un estrés importante ya que, en estos casos, las SU
no serán capaces de cubrir las necesidades de insulina
requeridas. Así, en situaciones tales como el infarto agudo
de miocardio (IAM), traumatismos graves o procesos infecciosos de
cierta importancia, es preferible pasar a tratamiento
insulínico y valorar el paso de nuevo a tratamiento con SU
una vez superado el período de estrés. Tampoco deben
utilizarse en el caso de una intervención quirúrgica
mayor, pues, además de constituir una situación de
estrés, existe la necesidad del ayuno y, por tanto,
deberá pasarse a tratamiento insulínico y
perfusión intravenosa de glucosa.
La presencia de
hepatopatía es una contraindicación relativa. La
mayoría de las SU son metabolizadas por el hígado en
compuestos con escasa o nula actividad. Por tanto, cuando existe un
deterioro de la función hepática, disminuye la
inactivación de las SU, se prolonga su vida media y aumenta
la acción hipoglucemiante. La hipoalbuminemia será un
factor agravante ya que existirá mayor cantidad libre de SU.
Si además el paciente consume alcohol, el riesgo de
hipoglucemia será muy importante.
La insuficiencia
renal resulta en una disminución de la eliminación de
las SU y sus metabolitos, prolonga su acción y aumenta el
riesgo de hipoglucemias. Por consiguiente, no se recomienda su uso
en los pacientes con esta enfermedad. Tal como se ha mencionado
antes, la gliquidona, de preponderante eliminación biliar,
podría ser una alternativa en caso de insuficiencia renal
moderada siempre que se cumplan de forma estricta los objetivos
terapéuticos; en caso contrario, debería pasarse de
inmediato a tratamiento
insulínico24-26.
Otros fármacos secretagogos: repaglinida y
nateglinida
La repaglinida y
la nateglinida son nuevos secretagogos que se caracterizan por
tener una acción selectiva sobre la primera fase de la
insulinosecreción. Desde el punto de vista clínico,
esto representa una acción más corta pero más
intensa que la de las SU, lo que se traduce en una menor
elevación de la glucosa posprandial y en una menor
acción hipoglucemiante tardía; es decir, se evita el
estímulo de la célula beta durante los
períodos de ayuno27,28. Esto es especialmente
importante para evitar las hipoglucemias nocturnas. Estos
secretagogos de acción rápida, al igual que las SU,
estarán indicados en la diabetes mellitus tipo 2 cuando no
se cumplan los objetivos terapéuticos tras la dieta y
ejercicio.
Repaglinida. La repaglinida (Novonorm®) es un
derivado del ácido carbamoilmetilbenzoico (familia de las
meglitinidas) cuyo mecanismo de acción es muy parecido al de
las SU, pero difiere en el punto específico de unión
al receptor de las SU29 (fig. 2). Su acción
liberadora de insulina comienza dentro de los primeros 30 min de su
administración y su efecto desaparece en aproximadamente 4
h. Por tanto, debe tomarse unos 15-30 min antes de la ingesta y es
fundamental coordinar su administración con el horario de
las comidas. Este ajuste reduce la probabilidad de hipoglucemia
cuando las comidas no se ingieren o se retrasan, un hecho que
contrasta con el tratamiento convencional con SU30. La
dosis es de 0,5-4 mg antes de cada comida y puede ajustarse
según el tipo de ingesta efectuada. En general, es un
fármaco bien tolerado y su eficacia clínica en
monoterapia es similar al de las SU, y también se ha
demostrado muy eficaz en combinación con la
metformina31,32. Se metaboliza por el hígado y el
90% se excreta por la bilis en forma de metabolitos inactivos. No
se ha descrito toxicidad hepática, pero puede elevar las
transaminasas de forma transitoria. Por tanto, la dosis
debería reducirse en los pacientes con enfermedad
hepática clínicamente significativa. No está
contraindicada en caso de insuficiencia renal leve o moderada, pero
en caso de insuficiencia renal grave (aclaramiento de creatinina
20-40 ml/min) se recomienda reducir la
posología29,33.
Nateglinida. La nateglinida (Starlix®) es un
derivado de la D-fenilalanina que produce una estimulación
directa de la célula beta. Su acción se fundamenta en
que, aunque en la primera fase de la insulinosecreción se
pierde la respuesta a la glucosa, se mantiene la respuesta a
ciertos aminoácidos como la fenilalanina. Posee una
farmacocinética muy similar a la repaglinida, pero con un
inicio de acción y desaparición aún más
rápidos, lo que hace que el pico de secreción de
insulina sea más temprano e intenso, pero desaparece antes.
Por consiguiente, el tiempo de espera preprandial es menor, al
igual que las posibles crisis hipoglucémicas
tardías28. Aunque la experiencia es limitada, se
ha demostrado que es eficaz a dosis entre 60-180 mg, antes de cada
comida, y se obtiene una mejor eficacia dosis-respuesta con 120
mg34,35.
Biguanidas
Los antecedentes
históricos de las biguanidas se remontan a la Edad Media,
cuando la leguminosa Galega officinalis, cuyo principio
activo era la galegina o guanidina, se empleó para el
tratamiento de la diabetes mellitus36. Sin embargo, no
fue hasta 1918 cuando se redescubrió su utilidad como
tratamiento hipoglucemiante37. Se identificaron tres
derivados de la guanidina: monoguanidinas (galegina), diguanidinas
(sintalina) y biguanidas, formadas por la unión de dos
moléculas de guanidina y la eliminación de un radical
amino. La sintalina se introdujo en Alemania en 1926 pero tuvo que
abandonarse por sus efectos tóxicos. Entre 1957 y 1960 se
introdujeron en el mercado las biguanidas (fenformina, buformina y
metformina) y alcanzaron una gran popularidad38. Sin
embargo, en 1976 estos fármacos fueron retirados en EE.UU. y
en algunos países europeos (Alemania, países
escandinavos) por su asociación a la acidosis
láctica39-41. No obstante, tan sólo se
habían comunicado casos de acidosis láctica con el
uso de la fenformina y, por tanto, en la mayoría de los
países europeos y en Canadá continuaron
prescribiéndose de forma regular la metformina y la
buformina. Cabe mencionar que la incidencia de acidosis
láctica con el uso de metformina es de tres casos por
100.000 habitantes/año, cifra similar a la tasa de
fallecimientos por hipoglucemia atribuidos a la
glibenclamida42-44. Dada su eficacia y seguridad, la
metformina (Dianben®) es actualmente la única
biguanida recomendable para el uso terapéutico. Desde 1995
la metformina está de nuevo disponible en el mercado de
EE.UU. y, de hecho, en la actualidad es uno de los fármacos
más empleados en el tratamiento de la diabetes tipo
242,45.
Mecanismo de
acción. Las biguanidas, a diferencia de las SU, no
estimulan la secreción de insulina por las células
beta pancreáticas. Por tanto, de forma estricta no pueden
considerarse agentes hipoglucemiantes ya que sólo disminuyen
la glucemia en los pacientes diabéticos. Su principal
mecanismo de acción reside en reducir la producción
hepática de glucosa al disminuir tanto la
gluconeogénesis como la
glucogenólisis42,46,47. También aumentan
la captación de glucosa por parte del músculo
esquelético. Así, se ha demostrado que la metformina
favorece la acción de la insulina en el tejido muscular a
múltiples niveles: aumenta el número de receptores y
la afinidad de la insulina por su receptor, facilita el transporte
de glucosa a través de un aumento de la expresión o
actividad del GLUT-4 y estimula el metabolismo no oxidativo de la
glucosa, lo que se traduce en un aumento de los depósitos de
glucógeno. Está claro que la metformina mejora la
sensibilidad a la insulina y es una fármaco de primera
elección cuando la resistencia a la insulina es el mecanismo
predominante en la etiopatogenia de la diabetes.
Además de
reducir los niveles de glucemia, las biguanidas ejercen otros
efectos que resultan especialmente beneficiosos para los pacientes
diabéticos. Así, se ha demostrado que reducen las
concentraciones de triglicéridos en un 20-25% y el cLDL en
un 5-10%; mientras que los niveles de cHDL no varían o se
elevan discretamente42,46,48. Otros efectos comunicados
son la mejoría de diversas variables hemorreológicas
(disminución de la agregabilidad plaquetaria, aumento de la
deformidad eritrocitaria, descenso de la viscosidad
sanguínea) y un aumento la actividad
fibrinolítica42. Por último, se ha
demostrado que el tratamiento con metformina se acompaña de
pérdida de peso, especialmente si se compara con los
pacientes tratados con SU o insulina49.
Farmacología clínica. Las biguanidas se absorben
rápidamente en el intestino delgado y sólo la
fenformina se une a las proteínas plasmáticas y
sufre, en parte, metabolización hepática. La
buformina y la metformina no se unen a las proteínas
plasmáticas y se eliminan por vía renal sin sufrir
ninguna modificación. El pico plasmático de la
metformina se produce a las 2-3 h de la ingesta, su vida media
plasmática oscila entre 2 y 6 h y a las 12 h se habrá
eliminado por orina el 90%. Puede administrarse dos o tres veces al
día23,42.
Efectos
indeseables y contraindicaciones. El efecto adverso más
frecuente de las biguanidas son las alteraciones
gastrointestinales, que ocurren hasta en un 30% de los casos. Estos
efectos incluyen anorexia, náuseas, vómitos, malestar
abdominal y sabor metálico, pero sin duda el más
frecuente es la diarrea23,48,50. Los síntomas
generalmente se manifiestan al iniciar el tratamiento y son
transitorios. Se ha comunicado un trastorno en la absorción
de la vitamina B12 en los pacientes tratados durante
períodos prolongados; no obstante, su repercusión
clínica es escasa48. La acidosis láctica
es el efecto adverso más temido de las biguanidas ya que es
letal en el 30-50% de los casos38,42. Sin embargo, con
el uso de la metformina este efecto es muy raro, y para que se
produzca es necesario que exista una sobredosificación del
fármaco y/o la coexistencia de una disminución en su
eliminación, o bien situaciones que supongan un aumento en
la producción de ácido láctico. Así, es
mejor no recomendar metformina en caso de insuficiencia renal
(creatinina > 1,4 mg/dl), hepatopatía avanzada,
insuficiencia respiratoria y/o cardíaca graves, alcoholismo
y situaciones que supongan un estrés importante (IAM,
traumatismos graves o procesos infecciosos de cierta importancia).
También se considera prudente retirar su
administración de forma transitoria en caso de
inyección de un contraste radiológico por el riesgo
de insuficiencia renal aguda. Aunque no existen estudios que
demuestren capacidad teratógena ni que atraviese la
placenta, no se recomienda su uso durante el embarazo ni en la
lactancia. La edad no es un factor limitante siempre que se
constate un aclaramiento de creatinina > 70
ml/min42,48.
Selección del fármaco e indicaciones. Tal como se
ha mencionado, la única biguanida recomendable para uso
clínico es la metformina. Es el fármaco de primera
elección en los diabéticos tipo 2 con sobrepeso, ya
que en estos casos generalmente predomina la insulinorresistencia
sobre el déficit de
insulinosecreción6,51,52. Evidentemente,
sólo se indicará si no se consiguen los objetivos
terapéuticos tras efectuar dieta y un programa de ejercicio
adecuados. Se recomienda iniciar el tratamiento con dosis bajas
(500-850 mg) en una toma, coincidiendo con las comidas, e
incrementarla de forma gradual a intervalos de 2 semanas hasta
conseguir los objetivos o alcanzar una dosis máxima de 2.550
mg/día (3 comprimidos/día). De esta forma se
minimizan los efectos secundarios, en especial la diarrea y otros
problemas digestivos, que son la principal causa de abandonos del
tratamiento. Aun así, un 5% de los pacientes no la
toleran48,50.
La eficacia
terapéutica de la metformina está fuera de toda duda
y es comparable a la de las SU42,53. La metformina
ofrece una serie de ventajas respecto a las SU como son la ausencia
de hipoglucemias, la mejoría del perfil lipídico, la
reducción de los niveles de insulinemia y, además, no
se asocia a ganancia de peso. En el estudio UKDPS, la metformina
fue la única medicación que se asoció a una
reducción en la mortalidad en los pacientes
diabéticos y que, además de disminuir las
complicaciones microangiopáticas, también fue capaz
de reducir significativamente el riesgo de IAM y de accidente
cerebrovascular54. Si tras alcanzar la dosis
máxima no se consiguen los objetivos terapéuticos,
puede asociarse a SU o a secretagogos de acción
rápida (repaglinida o nateglinida). Aunque esta
asociación ha demostrado ser muy
eficaz42,53,55,56, debido al carácter progresivo
de la diabetes, con el paso del tiempo irá empeorando la
capacidad de secreción de la célula beta y muchos
pacientes requerirán insulina. En estos casos, y siempre que
exista cierta capacidad de secreción de insulina, es
preferible mantener la terapia combinada con fármacos orales
y añadir insulina en una dosis nocturna administrada antes
de dormir (bedtime). Otra opción sería
suspender el tratamiento con secretagogos y seguir el tratamiento
con metformina e insulina57.
Tiazolidinadionas
Se trata de un
grupo de fármacos de reciente aparición que
fundamentan su acción en aumentar la sensibilidad a la
insulina. En 1982 se descubrió el primer fármaco de
este grupo, la ciglitazona, pero no se introdujo en el mercado por
sus elevada toxicidad. A partir de mediados de los años
noventa se desarrollaron derivados con un mejor perfil de
seguridad: la troglitazona, la pioglitazona y la
rosiglitazona58. Sin embargo, la troglitazona se ha
retirado por su hepatotoxicidad59, y en nuestro
país la pioglitazona (Actos®) aún no
está disponible en el mercado, aunque su
comercialización es inminente. Por tanto, la rosiglitazona
(Avandia®) es la única tiazolidinadiona (TZD)
que podemos prescribir en la actualidad y, de momento, su uso
sólo está autorizado en terapia combinada.
Mecanismo de
acción, indicaciones y eficacia clínica. El
mecanismo de acción se fundamenta en su unión a unos
receptores nucleares específicos denominados
PPAR-γ
(peroxisome
proliferator-activated receptor gamma), cuyo estímulo
regula la transcripción de genes específicos que
conducirán a un aumento del número y la afinidad de
los receptores insulínicos y especialmente de los
transportadores de glucosa GLUT-4. De este modo se incrementa la
captación periférica de glucosa mediada por la
insulina tanto en el músculo como en el tejido adiposo. La
estimulación de los PPAR-γ también produce una
transformación de preadipocitos en adipocitos con menor
capacidad de respuesta a la acción del factor de necrosis
tumoral alfa (TNF-α
). De ello se deriva una menor
lipólisis y una disminución de los ácidos
grasos libres circulantes, con la consiguiente mejoría a la
resistencia insulínica60-63.
Al actuar como
agentes sensibilizadores a la insulina o, lo que es lo mismo, como
reductores de la resistencia insulínica64-66, su
efectividad clínica está en clara relación con
la presencia de una reserva insulínica conservada. No
reducen los niveles de glucosa en los sujetos sanos o en los
diabéticos con clara insulinopenia, a menos que se
administren en asociación con insulina67. Por
tanto, al igual que la metformina, su indicación fundamental
será en los pacientes con diabetes mellitus tipo 2 en los
que predomina la resistencia insulínica.
La dosis
recomendada de pioglitazona es 30 mg/día, mientras que la de
rosiglitazona es sólo de 4-8 mg/día, ya que presenta
mayor afinidad por los receptores PPAR-γ63. Como
hemos mencionado, de momento la rosiglitazona es la única
TZD que puede prescribirse en nuestro país. Su máxima
concentración se alcanza a la hora de su ingesta, la vida
media plasmática es de 3,7 h y se metaboliza en el
hígado63. Sin embargo, hay que tener en cuenta
que, dado que su mecanismo de acción es a través de
la activación de la transcripción génica, sus
efectos metabólicos no se alcanzan en su plenitud hasta
transcurridas 3-6 semanas después de iniciar el
tratamiento58. Su farmacocinética
prácticamente no se altera con la insuficiencia
renal68 ni con la edad69. Puede administrarse
en una o dos tomas diarias sin tener importancia si se administra
antes o después de las comidas70.
Su acción
hipoglucemiante es dependiente de la dosis y, en teoría,
pueden utilizarse en monoterapia o combinados con secretagogos,
metformina o insulina. Sin embargo, la Comisión Europea de
Evaluación de Medicamentos, de momento, sólo ha
aprobado su utilización clínica en combinación
con metformina en pacientes obesos; o bien con SU en caso de que la
metformina esté contraindicada o no se haya
tolerado71. De hecho, la eficacia de las TZD es superior
cuando se usan en combinación con SU o metformina que cuando
se emplean en monoterapia. Recordemos que las TZD, la metformina y
las SU actúan a través de mecanismos diferentes.
Así, las TZD estimulan la captación de glucosa por
los tejidos insulinosensibles, mientras que el principal mecanismo
de acción de la metformina radica en la inhibición de
la producción hepática de glucosa, y el de las SU se
fundamenta en el aumento de los niveles de insulina
endógena. Por tanto, es lógico que tanto la
combinación de TZD con metformina como con SU se haya
demostrado muy eficaz47,72-74. También se ha
empleado en asociación con insulinoterapia en pacientes con
diabetes mellitus tipo 2 que requerían altas dosis de
insulina, consiguiendo mejorar el control metabólico y
reducir de forma apreciable las necesidades de
insulina75.
Además de
reducir de forma significativa la glucemia basal, la glucemia
posprandial, la insulinemia y la HbA1c, modifican el
perfil lipídico. Así, reducen el valor medio de los
ácidos grasos libres y los triglicéridos en un 15-20%
y producen un ligero ascenso (5-15%) tanto del cLDL como del
cHDL58. También se sabe que las TZD pueden
ejercer acciones potencialmente beneficiosas sobre el desarrollo o
progresión de la arteriosclerosis que están siendo
motivo de estudio76,77.
Efectos
secundarios y contraindicaciones. El efecto tóxico
más grave de las TZD ha sido la hepatoxicidad. Así,
con la troglitazona se observó aumento de las transaminasas
en alrededor del 2% de los pacientes, y en casos esporádicos
se ha documentado la existencia de lesión hepatocelular
grave que determinó el fallecimiento de los pacientes, por
lo que fue retirada del mercado59,78. No se ha descrito
hepatoxicidad grave con la pioglitazona y la rosiglitazona, aunque
sí se han comunicado algunos casos aislados de lesión
hepática no fatales79,80. Por tanto, de momento
parece prudente no indicarlas en pacientes con enfermedad
hepática establecida y, cuando se decide su
administración en los pacientes sin hepatopatía,
sería recomendable efectuar una estrecha
monitorización de las enzimas hepáticas.
También se han descrito ligeros descensos en los niveles de
hemoglobina y de hematocrito que no parecen obedecer a alteraciones
en la eritropoyesis y que podrían atribuirse a un aumento
del volumen plasmático63. En este sentido, se ha
demostrado que la troglitazona produce retención
hídrica, que se traduce en hemodilución y edema
debido a un efecto vasodilatador, y además también se
han comunicado alteraciones en la estructura y función
cardíaca; sin embargo, estos efectos no se han observado con
la rosiglitazona81,82. En cualquier caso, hasta que se
tenga más experiencia con el uso de las TZD parece mejor
evitar su administración ante un paciente con anemia y/o
cardiopatía establecida. De momento, los estudios efectuados
en humanos no han incluido a mujeres gestantes o en período
de lactancia, ni a pacientes menores de 18 años; por tanto,
aún no pueden utilizarse en estos casos. En cambio, ya que
su metabolismo es hepático, pueden indicarse en caso de
insuficiencia renal leve o moderada. La hipoglucemia es muy poco
frecuente y con la rosiglitazona en monoterapia se ha comunicado en
menos del 1% de los casos83. Por último, debido a
la mejoría en la utilización de la glucosa en el
tejido adiposo, son fármacos lipogénicos y, en
consecuencia, el aumento de peso es otro efecto indeseable que debe
considerarse.
Inhibidores de las alfa-glucosidasas
Los inhibidores
de las alfa-glucosidasas (acarbosa - Glucobay®,
Glumida® - y miglitol
Diastabol®, Plumarol®) inhiben
de forma competitiva y reversible las alfa-glucosidasas
intestinales retrasando y, en parte, impidiendo la absorción
de los hidratos de carbono. En consecuencia, su acción
principal consiste en disminuir la hiperglucemia posprandial. Su
efectividad a la hora de reducir la HbA1c es menor que
la que se consigue con los anteriores fármacos comentados, y
estarían especialmente indicados en aquellos pacientes con
glucemias basales aceptables pero con hiperglucemia
posprandial57. Para minimizar los efectos secundarios se
recomienda iniciar el tratamiento con 25-50 mg (medio o un
comprimido), que se ingerirán sin masticar antes de las
comidas. La dosis puede aumentarse semanalmente hasta alcanzar los
300 mg/día, que es la dosis habitual, y su efecto
máximo se observa a los 3 meses84. Sus efectos
secundarios más importantes y que ocasionan mayor
número de abandonos son la flatulencia (30%) y la diarrea.
Están contraindicadas en las enfermedades intestinales
crónicas, el embarazo, la lactancia, la cirrosis
hepática y la insuficiencia renal.
Tratamiento combinado con fármacos orales
Hasta en un 30%
de los casos se produce una respuesta insuficiente a cualquiera de
los fármacos anteriormente mencionados antes de los 3 meses
de haber iniciado el tratamiento; se conoce como fallo
primario7,57. Es más frecuente en los
diabéticos con importante hiperglucemia basal y sus
principales causas son la falta de cumplimiento dietético
y/o la escasa reserva insulínica motivada por una
alteración severa de la capacidad insulinosecretora de las
células beta pancreáticas. En otras ocasiones los
pacientes dejan de responder después de llevar por lo menos
6 meses de buen control metabólico; es el llamado fallo
terapéutico secundario. Así, cada año dejan de
responder favorablemente entre un 5 y un 10%. Esto refleja el
deterioro progresivo de la capacidad de secreción de
insulina por la célula beta y forma parte de la
evolución natural de la diabetes mellitus tipo 2. Es
importante distinguir entre fallo secundario verdadero y una
pérdida transitoria de efectividad de los fármacos
orales por una enfermedad intercurrente ya que, en este caso, puede
volver a obtenerse un buen control con terapia oral tras un
tratamiento temporal con insulina.
Ante el fracaso
primario o secundario existe la opción de la terapia
combinada, ya sea con otros fármacos orales o con insulina,
cuyo fundamento es aprovechar el efecto sinérgico o
complementario que presentan en sus mecanismos de acción.
Además de mejorar el control glucémico, el
tratamiento combinado permite reducir las dosis de los
fármacos empleados en monoterapia, lo que puede minimizar
los efectos secundarios. La elección del segundo
fármaco oral debe realizarse tras analizar las principales
causas que condicionan el mal control metabólico y siempre
considerando las características individuales del paciente.
En las tablas 5 y 6 se resumen las bases fisiopatológicas
que justifican la terapia combinada y la eficacia clínica
obtenida en los estudios más
representativos6,7,31,53,55,57,72-74,85-97.


TRATAMIENTO DE LA DIABETES MELLITUS TIPO 1
La
administración de insulina constituye el tratamiento
fundamental de la diabetes mellitus tipo 1. Aunque hace más
de 75 años que se dispone de insulina, en las últimas
dos décadas se han realizado cambios importantes debido al
uso generalizado de los reflectómetros para monitorizar la
glucemia capilar por los propios pacientes. El autocontrol de la
glucemia, que incluye la automodificación de las dosis de
insulina en función de unos algoritmos elaborados por el
endocrinólogo, permite una mayor flexibilidad en los
hábitos de los pacientes y, sin duda, mejora su calidad de
vida. Tal como se ha mencionado, el objetivo de este
artículo se centra en el manejo terapéutico del
paciente con diabetes mellitus tipo 2, por lo que no
profundizaremos en aspectos específicos del tratamiento del
diabético tipo 1. Así pues, lo que exponemos a
continuación sobre el tratamiento insulínico es
aplicable tanto a los pacientes con diabetes tipo 1 como tipo
2.
Tipos de insulina y vías de
administración
En la
actualidad, en nuestro país las únicas insulinas que
se utilizan son las insulinas humanas biosintéticas, que se
obtienen mediante técnicas de recombinación
genética a partir de cultivos de bacterias (Escherichia
coli) o levaduras. La insulina se administra por vía
subcutánea mediante jeringuillas, «plumas» con
cartuchos recargables, «plumas» desechables o bombas de
infusión. Sin embargo, en situación de
descompensación metabólica grave, se
administrará por vía intramuscular o intravenosa.
Según el perfil de su acción, los diversos tipos de
insulina pueden clasificarse en tres grandes grupos que se
especifican en la tabla 7.

En los
últimos años han empezado a utilizarse los
análogos insulínicos de acción rápida
(insulina lispro), que se obtienen al cambiar un aminoácido
en la secuencia de la insulina98. Estos análogos
tienen idéntica potencia hipoglucémica que la
insulina regular, pero al absorberse de forma más
rápida presentan un pico insulinémico más
precoz (1 h), más elevado y de menor duración (4 h)
que el observado con la insulina regular, por lo que pueden
administrarse inmediatamente antes de la ingesta. Debido a su corta
duración producen menos hipoglucemias tardías pero,
por el mismo motivo, en muchas ocasiones será necesario
añadir una dosis adicional de insulina de acción
intermedia. También existen en el mercado insulinas
premezcladas con porcentajes fijos de insulina de acción
rápida e intermedia, que son especialmente útiles y
cómodas para los pacientes diabéticos tipo 2 pero, en
general, no se adaptan a las necesidades cambiantes de insulina de
los pacientes con diabetes tipo 1. Además de las insulinas
que actualmente ya están disponibles, en un futuro
próximo está prevista la comercialización de
nuevos análogos por vía subcutánea, tanto de
acción rápida (aspart, Novorapid®,
glulisina) como de acción lenta (glargina,
Lantus®), así como de insulina de
acción rápida inhalada.
Pautas de insulinoterapia
Desde un punto
de vista global, la insulinoterapia puede dividirse en convencional
e intensiva. La insulinoterapia convencional comprende el uso de
una o dos inyecciones de insulina (en ocasiones más),
autoanálisis glucémico esporádico y escasa
modificación de la pauta de insulina por el paciente en
función de la glucemia, o de variaciones en la dieta o en la
actividad física.
La
insulinoterapia intensiva comprende un régimen
dietético y ejercicio físico programado e
individualizado, múltiples dosis de insulina (3-4
inyecciones/día), autocontrol glucémico frecuente
(4-7 autoanálisis/día) y, especialmente, la
modificación de las dosis de insulina en relación con
cambios glucémicos, dietéticos y en la actividad
física. Este tratamiento intensivo requiere una elevada
motivación por parte del paciente, un buen nivel de
educación diabetológica y la posibilidad de contacto
frecuente con el equipo asistencial. Este tipo de tratamiento
estaría indicado especialmente en los pacientes con diabetes
tipo 1 sin complicaciones muy avanzadas de la diabetes y durante la
gestación. Algunos ejemplos de pautas de
multiinyección de insulina se esquematizan en la tabla 8. El
estricto control glucémico se asocia a una mayor frecuencia
de hipoglucemias pero, a pesar de ello, y al mayor esfuerzo
dedicado para el control metabólico, la calidad de vida
parece ser igual o incluso superior en los pacientes con
tratamiento intensivo que en los sujetos sometidos a tratamiento
convencional.

La dosis media
de insulina a emplear es muy variable (0,2-1 U/kg/día) ya
que dependerá tanto de la secreción endógena
de insulina (prácticamente nula en pacientes con diabetes
tipo 1 y variable en pacientes tipo 2) como de la presencia de
insulinorresistencia. Se recomienda iniciar el tratamiento con
dosis bajas (0,3-0,5 U/kg/día) en una o dos
inyecciones/día de insulina de acción intermedia e ir
aumentando la dosis total y/o modificar el tipo de insulina
utilizada en función del perfil glucémico obtenido.
En los pacientes diabéticos tipo 1 se recomienda emplear
desde el inicio una pauta de 3-4 inyecciones/día combinando
insulina de acción rápida e intermedia. En los
pacientes ingresados que no se conocían diabéticos o
en los diabéticos conocidos pero con un control
glucémico muy deficiente, muchas veces motivado por
circunstancias que aumentan sus requerimientos insulínicos
(p. ej., IAM, cirugía, infecciones, corticoterapia,
estrés emocional, etc.), una buena aproximación
terapéutica es la administración de insulina regular
por vía subcutánea en función de los valores
de glucemia cada 6 h, junto a una comida que contenga 50 g de
hidratos de carbono. En función de la cantidad de insulina
requerida cada 6 h podrán estimarse las unidades/día
que precisa el paciente y, según la dosis total,
podrá administrarse en monodosis, o bien dividirla en varias
inyecciones de insulina (intermedia o asociada a
rápida).
TRATAMIENTO EN SITUACIONES ESPECIALES
Tratamiento en el infarto agudo de miocardio o en la angina
inestable
Como
consecuencia de la respuesta metabólica al estrés,
con aumento de las hormonas contrarreguladoras (p. ej., cortisol,
catecolaminas) que se produce inmediatamente después de un
IAM, es frecuente que ocurra una descompensación
hiperglucémica en pacientes diabéticos conocidos, o
incluso que se establezca por primera vez el diagnóstico de
diabetes. La hiperglucemia de estrés que acompaña al
IAM se asocia a un incremento de la mortalidad intrahospitalaria
tanto en sujetos diabéticos como en no
diabéticos99. La actitud terapéutica debe
encaminarse a conseguir unos valores de glucemia de 100-150 mg/dl
(5,5-8,3 mmol/l), y debe evitarse la hipoglucemia ya que los
riesgos cardiovasculares de la misma en el período
inmediatamente posterior al IAM son considerables. Las descargas de
catecolaminas provocadas por la hipoglucemia insulínica
tienen un potencial arritmógeno que puede resultar fatal
durante la fase de aumento de irritabilidad miocárdica que
acompaña al infarto.
En un estudio
prospectivo (DIGAMI Study Group) se ha demostrado que el control
enérgico de la glucemia mediante perfusión de
glucosa, insulina y ClK (GIK) en el período inmediatamente
posterior al IAM proporciona una mejora significativa de la
supervivencia a largo plazo100,101. No obstante, se han
comunicado resultados similares en pacientes no
diabéticos102, por lo que este efecto beneficioso
de la perfusión de GIK no puede atribuirse a la
mejoría del control glucémico. Los mecanismos
fisiopatológicos por los que la infusión de GIK
mejora la supervivencia tras un IAM no se conocen con exactitud.
Sin embargo, cabe destacar que los ácidos grasos libres, que
son el sustrato de elección para el miocardio sano, son
tóxicos para el miocardio isquémico, ya que pueden
lesionar la membrana de las células cardíacas,
producir sobrecarga de calcio y arritmias103.
Además, en estudios de experimentación animal se ha
demostrado que los ácidos grasos libres aumentan la demanda
de oxígeno del miocardio isquémico y reducen la
contractilidad miocárdica104. La
administración de insulina reduciría los niveles de
ácidos grasos libres circulantes y facilitaría la
captación miocárdica de glucosa. Además,
disminuiría la degradación proteica del miocardio y
la coagulabilidad al reducir la producción de tromboxano A2
y la actividad PAI-I105,106. Evidentemente, todo ello
sería beneficioso para el miocardio y podría
justificar la mejor evolución de los pacientes que reciben
tratamiento con infusión intravenosa de GIK, pero faltan
estudios que confirmen los mecanismos implicados en este efecto
cardioprotector.
Tratamiento durante la cirugía
La pauta de
tratamiento a aplicar durante el período perioperatorio
dependerá del tipo de diabetes, grado de control
glucémico previo, tratamiento que recibe el paciente y tipo
de cirugía107. Los pacientes con tratamiento
insulínico previo deberán recibir siempre glucosa e
insulina de acción rápida. Sin embargo, en los no
tratados con insulina no suele ser necesario el tratamiento con
ésta para la cirugía menor o procesos
diagnósticos no invasivos, aunque sí puede requerirse
en la cirugía mayor. En la cirugía mayor, cuando se
precisa tratamiento insulínico, la pauta más
recomendable es la administración de insulina intravenosa
continua, que permite un ajuste más preciso y rápido
de la glucemia. Sin embargo, esta pauta requiere la
determinación de glucemia capilar horaria para ir regulando
la velocidad de perfusión de glucosa e insulina. Otra
alternativa, que podría estar indicada en los pacientes con
un control metabólico aceptable antes de la cirugía,
y especialmente cuando no se puede garantizar una
monitorización estricta, es la administración
subcutánea de insulina cada 4-6 h en combinación con
la infusión de suero glucosado. En cualquier caso, hay que
tener en cuenta que no debe perseguirse la normoglucemia, y unas
glucemias entre 125 y 200 mg/dl serían las recomendadas en
el perioperatorio. En las tablas 9 y 10 se presentan ejemplos de
protocolo de actuación en cirugía mayor y
menor.


Recientemente se
ha demostrado que la terapia intensiva con insulina
(perfusión de GIK para mantener glucemias entre 80-110
mg/dl) reduce significativamente la morbimortalidad de pacientes
quirúrgicos críticos108. Sin embargo, los
mecanismos implicados en este efecto beneficioso del tratamiento
con GIK, que es independiente de la existencia de historia previa
de diabetes, están aún por dilucidar.
Correspondencia: Dr. Rafael Simó.
Sección de Endocrinología. Hospital General Vall
d'Hebron.
P.o Vall d'Hebron, 119-129. 08035 Barcelona.
Correo electrónico:
rsimo@hg.vhebron.es
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