INTRODUCCIÓN
La
insuficiencia cardíaca (IC) es un síndrome
clínico que constituye la vía final común a
muchas de las enfermedades que afectan al corazón. Se inicia
por alteraciones en el funcionamiento del corazón y en la
regulación neurohormonal, y ocasiona disminución de
la capacidad funcional, retención de líquidos y
reducción de la supervivencia1. Es una enfermedad
de gravedad progresiva y letal si se deja a su libre
evolución. Una vez instaurada la lesión
cardíaca, se pone en marcha una serie de mecanismos
compensadores que inicialmente tratan de mantener el gasto
cardíaco pero, de igual forma y a más largo plazo,
aceleran el deterioro del músculo cardíaco y provocan
signos y síntomas de congestión circulatoria y bajo
gasto. En los últimos años, la IC se ha convertido en
uno de los problemas más importantes de salud pública
en los países desarrollados, tanto por el incremento
progresivo en su incidencia como por las grandes repercusiones de
tipo personal, social y económico que supondrá en un
futuro cercano. La prevalencia de la IC en los países
desarrollados se sitúa en torno al 1-2% de la
población adulta2 y aumenta con la edad,
estimándose así que un 6-10% de los pacientes mayores
de 65 años tiene IC3. En España, la IC es
la causa principal de hospitalización en pacientes de
más de 65 años4. Cuando se analiza a los
pacientes que requieren ingreso hospitalario por IC se observa en
alguna serie5 que la edad media está en torno a
75 años y que en alrededor del 30% coexisten otras
enfermedades, como diabetes o enfermedad pulmonar obstructiva
crónica (EPOC). Además de una elevada morbilidad, la
IC tiene un mal pronóstico, con una cifra elevada de
fallecimientos, tanto por muerte súbita como por
progresión de la IC. La reducción de la supervivencia
se correlaciona directamente con el grado de deterioro de la
función cardíaca. Así, una vez establecido el
diagnóstico de IC, la supervivencia a los 5 años es
menor del 60%, pero en situación de IC grave refractaria, la
supervivencia anual es inferior al 25%6.
En
los últimos años, las evidencias científicas
han demostrado que es posible retrasar la evolución de la
enfermedad mediante enfoques terapéuticos basados en la
fisiopatología de la IC7. Diversas sociedades
científicas de ámbito nacional e internacional han
elaborado guías de consenso3,8,9 con el fin de
mantener la mayor uniformidad y el rigor científico en el
manejo diagnóstico y terapéutico de los pacientes con
este síndrome (tabla 1).

DEFINICIÓN DE INSUFICIENCIA CARDÍACA AVANZADA O
REFRACTARIA
La
IC avanzada o refractaria se puede definir como la persistencia de
síntomas que limitan la vida diaria (clase funcional III o
IV de la New York Heart Association [NYHA]) a pesar de un
tratamiento previo óptimo con los fármacos de
eficacia probada en la IC, esto es, inhibidores de la enzima de
conversión de la angiotensina (IECA), antagonistas de los
receptores de la angiotensina II (ARA-II), diuréticos,
digoxina y bloqueadores beta10. Corresponde al estadio D
de la IC, según la última clasificación
propuesta por la ACC/AHA3, y se trata de pacientes con
cardiopatía estructural avanzada y signos severos de IC en
reposo que serían candidatos --en ausencia de
contraindicaciones-- a otras alternativas terapéuticas
especializadas, como el trasplante cardíaco (TC), la
cirugía de restauración ventricular, la asistencia
mecánica circulatoria o la administración de
fármacos inotrópicos intravenosos. Dentro de la IC
avanzada, y en el último escalón, se encuentra la IC
terminal, que es la situación en la que hay una mala
respuesta a todo tipo de tratamiento (por definición, ya no
está indicado el TC), con un deterioro importante de la
calidad de vida --tanto física como emocional--,
hospitalizaciones frecuentes y una esperanza de vida inferior a 6
meses.
Evaluación del paciente con insuficiencia cardíaca
refractaria
La
evaluación del paciente con IC refractaria tiene como
objetivos: a) la búsqueda de factores potencialmente
tratables y reversibles; b) una correcta
caracterización de los síntomas, y c) la
definición del perfil hemodinámico con vistas a guiar
el tratamiento.
Búsqueda de factores potencialmente
tratables
Son
causas habituales de descompensación la anemia, la
tromboembolia pulmonar o las infecciones. Las infecciones virales
comunes con frecuencia causan la persistencia de los
síntomas de descompensación de IC durante varias
semanas tras la resolución del cuadro viral. La
disfunción tiroidea es una causa de descompensación y
se debe descartarla, especialmente en pacientes en tratamiento con
amiodarona. El consumo excesivo de alcohol puede causar una
miocardiopatía y/o agravar la situación de IC, si
bien la ingesta de alcohol en pequeñas cantidades se ha
asociado con una menor incidencia de IC en algún estudio
epidemiológico11. El 25-50% de los pacientes con
IC refractaria está en fibrilación auricular. Una
respuesta ventricular rápida puede ser tanto causa como
consecuencia de la descompensación de la IC, por lo que
habrá que tener en cuenta ambos aspectos. Una vez
estabilizada la situación clínica, todavía es
motivo de debate la decisión de si es preferible restaurar
el ritmo sinusal que mantener un control estricto de la frecuencia
cardíaca. Si bien la digoxina es eficaz para el control de
la frecuencia cardíaca en reposo, el control de ésta
durante el ejercicio generalmente requiere la utilización de
bloqueadores beta o amiodarona. La obesidad aumenta el riesgo de
desarrollar IC12,13 y de descompensar la
situación de IC previa. Además, hay una forma de
miocardiopatía asociada a la obesidad que puede revertirse
tras una pérdida de peso de suficiente cuantía. De
ahí la importancia de que el paciente evite el
sobrepeso10. La presencia de cardiopatía
isquémica subyacente es un factor etiológico
potencialmente tratable. El 50-70% de los pacientes con IC avanzada
tiene alguna enfermedad coronaria10, aunque en estos
casos, la búsqueda de una isquemia reversible no siempre es
fácil. Según los datos de estudios controlados y/o de
registros, la revascularización está indicada cuando
la fracción de eyección del ventrículo
izquierdo se sitúa entre el 35 y el 50% o cuando es inferior
al 35% pero con síntomas de isquemia14. Aunque
con frecuencia se realizan estudios no invasivos para comprobar si
hay regiones isquémicas susceptibles de
revascularización, no hay una clara evidencia proveniente de
estudios controlados que apoye la utilidad una intervención
en ausencia de angina15,16.
Las
técnicas de cirugía ventricular han suscitado gran
interés. En pacientes con miocardiopatía dilatada no
isquémica, la realización de una
ventriculectomía izquierda (cirugía de Batista) junto
con una cirugía de la válvula mitral fue una
técnica muy popular hace unos años y con una base
teórica razonable, en cuanto a que el remodelado estructural
del corazón permitiría reducir el estrés de la
pared ventricular. Sin embargo, en la actualidad está en
desuso debido a los malos resultados clínicos obtenidos,
sobre todo en estudios realizados en la Cleveland
Clinic17. De hecho, en las últimas guías
de la AHA/ACC3, la cirugía de Batista figura como
una indicación de tipo III. Sin embargo, en pacientes con
cardiopatía isquémica y grandes regiones
discinéticas, la realización de una
aneurismectomía y una plastia con parche circular
endoventricular (procedimiento de Dor) parece ser una
técnica muy prometedora, ya que detiene y/o evita el
remodelado ventricular y puede retrasar y/o evitar la
realización de TC. Aunque esta técnica se utiliza
desde 198418, su aplicación se encuentra limitada
todavía a centros muy seleccionados. No obstante, hay ya
numerosas series19,20, algunas con más de 1.000
casos realizados18 y con buenos resultados.
Caracterización de los
síntomas
Es
importante identificar correctamente los síntomas del
paciente para conocer los que producen una mayor limitación
en su vida diaria. A la hora de valorar la limitación
funcional, en ocasiones la clasificación de la NYHA es poco
precisa (p. ej., a veces es difícil de discernir entre los
grados II y III), por lo que puede ser de utilidad revisar de forma
regular las modificaciones en la capacidad del paciente para la
realización de sus actividades habituales, como vestirse,
caminar una manzana, subir escaleras, empujar el carro de la
compra, etc. Los síntomas de la IC avanzada o refractaria
son consecuencia de 2 mecanismos fisiopatológicos, la
congestión y el bajo gasto, y en cada paciente puede
predominar uno u otro. Los síntomas de la IC en
relación con la congestión pulmonar o
sistémica se deben a la elevación de las presiones de
llenado izquierdas o derechas, respectivamente. La
congestión izquierda produce disnea de esfuerzo, ortopnea,
tos con el decúbito o disnea con mínimos esfuerzos o
en reposo. La congestión derecha ocasiona edema, ascitis,
anorexia, saciedad fácil, desnutrición e incomodidad
cuando el paciente intenta agacharse o flexionar la columna. Los
síntomas atribuibles al bajo gasto cardíaco son a
veces más inespecíficos, como astenia, ausencia de
energía, fatigabilidad fácil y depresión y/o
irritabilidad relacionada con la imposibilidad de realizar la
actividad habitual. Además, y como consecuencia de una baja
perfusión cerebral, puede haber alteración del
sueño nocturno, somnolencia diurna o dificultad de
concentración.
Definición del perfil
hemodinámico
El
abordaje terapéutico de la situación de IC
será diferente según predominen los síntomas
de congestión o de bajo gasto10,21. La forma de
establecer con precisión la severidad de la
congestión (pulmonar o sistémica) y el gasto
cardíaco exige la determinación directa de las
presiones de llenado y del gasto cardíaco mediante un
cateterismo derecho22,23. Sin embargo, se ha propuesto
otra forma práctica, sencilla y rápida de realizar
esta valoración de forma no invasiva mediante una
evaluación clínica a pie de cama que puede realizarse
en unos minutos (2-minute bedside assessment). Dicho examen
permite diferenciar 4 categorías de perfiles
hemodinámicos, teniendo en cuenta la presencia o no de
congestión y bajo gasto, definidos por parámetros
clínicos (fig. 1). En la gran mayoría de los casos,
esta valoración clínica tiene utilidad como valor
pronóstico24 y parece ser suficiente para guiar
el tratamiento10, manteniendo como objetivos generales:
una presión venosa normal, la desaparición del edema
y la ortopnea, una presión sistólica por encima de 80
mmHg, una función renal estable y la capacidad de caminar en
llano sin fatiga. El estudio hemodinámico, es decir, el
cateterismo derecho, quedaría reservado para casos
especiales, para la valoración de la hipertensión
pulmonar o cuando otra enfermedad, como por ejemplo una sepsis,
complica la evolución de la IC y dificulta la
caracterización precisa de la situación.

Fig.
1.
Se puede
clasificar a la mayoría de los pacientes, mediante una
valoración clínica a pie de cama, en 4 tipos de
perfiles hemodinámicos que son de gran ayuda para guiar el
tratamiento y establecer el pronóstico. Modificada de Nohria
et al10. GC: gasto cardíaco; PAD: presión
arterial diastólica; PAS: presión arterial
sistólica.
TRATAMIENTO
FARMACOLÓGICO DE LA INSUFICIENCIA CARDÍACA
AVANZADA
El
primer objetivo de la terapia de la IC es aliviar los
síntomas, seguido de evitar la progresión de la
enfermedad y prolongar la supervivencia. A medida que progresa la
enfermedad, las probabilidades de conseguir con éxito estos
dos últimos objetivos va disminuyendo progresivamente, hasta
que en los estadios más avanzados sólo es posible
alcanzar el control sintomático. Se asume que los pacientes
en situación de IC refractaria han recibido ya previamente
tratamiento con diuréticos, IECA, digoxina, espironolactona
y bloqueadores beta.
En
el pasado, la IC fue interpretada como una alteración de
bajo gasto cardíaco y el tratamiento se dirigía a
intentar mejorarlo con fármacos inotrópicos; sin
embargo, se comprobó que éste era un tratamiento
deletéreo, ya que se acompañaba de un aumento de la
mortalidad25-27. Posteriormente, el tratamiento se
basó en intentar reducir las presiones de llenado, tanto si
se acompañaban de hipoperfusión tisular como si
no22, y se comprobó que esto mejoraba el
funcionamiento cardíaco. En la actualidad, los beneficios de
la reducción de la congestión son indiscutibles y van
más allá del alivio sintomático. Con la
reducción de las presiones de llenado disminuye la severidad
de la insuficiencia mitral y el consumo miocárdico de
oxígeno, y mejora la perfusión miocárdica,
contribuyendo así a reducir la isquemia en pacientes en los
que la IC se debe a una enfermedad coronaria. Además, con la
reducción de las presiones de llenado disminuye la
activación neurohumoral28. En los estadios
finales de la IC, la causa más frecuente que dificulta el
manejo es el denominado síndrome cardiorrenal. Algunos
pacientes, sobre todo los que tienen una disfunción renal
previa, presentan un deterioro de la función renal a medida
que la diuresis alivia la congestión. Esto es
particularmente frecuente en casos de sobrecarga de volumen
crónica, insuficiencia de ventrículo derecho y
requerimientos basales de dosis elevadas de diuréticos.
Inicialmente se atribuía a una situación de
insuficiencia renal prerrenal, pero esta explicación es en
la actualidad insuficiente, ya que se sabe que en ocasiones se
produce con presiones de llenado que exceden los niveles
óptimos de gasto cardíaco. Son muchos los factores
que se han propuesto, como la interacción de hormonas
vasodilatadoras y vasoconstrictoras y mecanismos desencadenantes no
bien conocidos. Esto a menudo dificulta la decisión entre
tratar la función renal o mejorar los síntomas. Los
síntomas pueden mejoran a expensas de un empeoramiento de la
función renal pero, por otra parte, el incremento progresivo
de las cifras de urea y creatinina se correlaciona con una mayor
probabilidad de hospitalizaciones y muerte. La solución no
es sencilla y requiere un mejor conocimiento del mecanismo que
produce este síndrome.
TRATAMIENTO
SEGÚN LOS DIFERENTES PERFILES
HEMODINÁMICOS
Mediante la historia clínica y la exploración
física se puede clasificar de forma rápida a los
pacientes con IC en uno de cuatro perfiles hemodinámicos
(fig. 2):

Fig. 2.
Registro
Español de Trasplante Cardíaco. Supervivencia
actuarial. Tomada de Almenar Bonet45.
- A: caliente y seco.
- B: caliente y húmedo.
- C: frío y húmedo.
- L: frío y seco.
Perfil A:
seco y caliente
Son
los pacientes sin evidencia de elevación de presiones de
llenado ni bajo gasto. El tratamiento estará encaminado para
mantener un estado de volumen adecuado y prevenir la
progresión de la enfermedad. En pacientes con
síntomas de reposo que presentan este perfil cabe
preguntarse sí los síntomas se deben realmente a una
IC.
Perfil B:
húmedo y caliente
Son
los pacientes que presentan congestión sin bajo gasto. El
objetivo primario es aumentar el tratamiento diurético. Con
frecuencia pueden ser tratados con diuréticos orales de
forma ambulatoria, sobre todo si la descompensación es de
reciente comienzo. En ausencia de mejoría se requiere
hospitalización para tratamiento con diuréticos de
asa por vía intravenosa (en bolo o infusión continua)
y en ocasiones es necesario recurrir a diuréticos potentes
como la metolazona; la administración de este fármaco
requiere una vigilancia estrecha de las cifras de
potasio29. El alivio de la congestión puede
aumentarse con vasodilatadores, como la nitroglicerina intravenosa
o el nesiritide.
El
nesiritide es una forma recombinante del péptido
natriurético tipo B endógeno que ha sido
recientemente aprobada por la Food and Drug Administration (FDA)
para el tratamiento de la IC descompensada y que parece ser eficaz
para reducir con rapidez los síntomas de
congestión30,31. Se une a receptores en los
vasos, el riñón, la glándula adrenal y el
cerebro, y revierte la resistencia al BNP endógeno presente
en pacientes con IC avanzada. Actúa como vasodilatador
arterial y venoso, aumenta la natriuresis y suprime la
activación de los sistemas renina-angiotensina-aldosterona y
adrenérgico. Se ha observado que puede potenciar el efecto
de los diuréticos en algunos pacientes. El mayor riesgo es
la hipotensión, que es un poco más prolongada que con
la nitroglicerina, ya que la vida media del nesiritide es de unas
18 h.
Aunque el tratamiento diurético es imprescindible para
aliviar la congestión, tiene efectos adversos que limitan su
uso, como hipotensión, las alteraciones
electrolíticas (hipomagnesemia, hipopotasemia, hiponatremia)
y/o el empeoramiento de la función renal. En este sentido,
podrían ser de utilidad otros fármacos, como los
antagonistas de la hormona antidiurética arginina
vasopresina (AVP), que en la actualidad están en estudio. La
hormona AVP, con una potente acción vasoconstrictora y
moduladora del transporte de agua libre en el riñón,
tiene un importante papel en la regulación normal de la
fisiología cardiovascular. Los valores de AVP están
elevados en la IC y su aumento se asocia con progresión de
la enfermedad. Se conoce al menos 2 tipos de receptores para la
AVP: los V1A, causantes del efecto de
vasoconstricción y mitogénesis en la célula
vascular lisa, y los V2, que ocasionan la
reducción de la excreción de agua libre y modifican
la reabsorción de sodio y urea en el riñón. Un
tercer grupo de receptores, los V3 (V1B),
participan en la regulación del eje
hipotalámico-pituitario-adrenal, pero con escaso papel en la
IC. El tolvaptán es un antagonista selectivo del receptor
V2 de la AVP32 y, por su capacidad
«acurética», es decir, de eliminar agua libre,
se cree que puede ser de utilidad en el manejo de la
congestión en la IC. El estudio ACTIV in CHF (Acute and
Chronic Therapeutic Impact of a Vasopressin Antagonist in
Congestive Heart Failure), un ensayo clínico aleatorizado de
tolvaptán frente a placebo, ha mostrado que ese
fármaco, añadido al tratamiento estándar en
pacientes con descompensación aguda de IC, parece ser
útil en la reducción de la congestión, sin
modificar la frecuencia cardíaca, la presión arteria,
la concentración de potasio o la función
renal33. La utilidad a largo plazo de este
fármaco se conocerá mejor con los datos del estudio
EVEREST (Efficacy of vasopressin antagonism in heart failure:
outcome study with tolvaptan), estudio en fase III, actualmente en
marcha, en el que se compara la eficacia de tolvaptán frente
a placebo en adultos con IC descompensada. Algunos autores han
expresado su preocupación por la posibilidad teórica
de que este fármaco dada su acción antagonista
selectiva de los receptores V2 incremente la
interacción de la AVP sobre los receptores V1A no
bloqueados, originando así vasoconstricción, aumento
de la poscarga y un empeoramiento de la función ventricular.
En este sentido, se especula si un antagonista dual de receptores
V1A y V2 como el conivaptán
podría mejorar los resultados34. Sin embargo,
serán necesarios todavía más estudios para
conocer mejor la utilidad de estos fármacos.
En
estos pacientes con un perfil B no es necesario el tratamiento
inotrópico. Si estaban recibiendo de forma crónica
ambulatoria tratamiento con bloqueadores beta, no hay por
qué suspenderlo. Sin embargo, si la descompensación
coincide con un aumento de la dosis del bloqueador beta, lo
aconsejable es reducir la dosis de éste hasta la que
recibía con anterioridad a la
inestabilización.
Perfil C:
húmedo y frío
Son
los pacientes que presentan congestión y bajo gasto. En
estos pacientes, que están fríos y húmedos, es
necesario «primero calentar y luego secar», es decir,
mejorar la perfusión para después aliviar la
congestión. Se deberán suspender los bloqueadores
beta y los IECA hasta que se consiga estabilizar al paciente. Es
necesario optimizar el gasto cardíaco mediante tratamiento
inotrópico, y cuando éste mejore, será el
momento de «secar» al paciente utilizando
diuréticos. Hay controversia en cuanto al beneficio relativo
del efecto inotrópico y vasodilatador de diversos
fármacos, como la dopamina a dosis bajas, la dobutamina o la
milrinona. El nesiritide también puede ser de utilidad en
este grupo de pacientes. En un estudio aleatorizado de 261
pacientes con IC descompensada de forma aguda, se comparó
nesiritide a dobutamina y, con un seguimiento a corto plazo,
aquél fue más eficaz que ésta en reducir la
mortalidad y los costes35. Otro fármaco
recientemente introducido en clínica es el levosimendan, que
sensibiliza la proteína C al calcio de una forma dependiente
de la concentración de éste, por lo que no afecta a
la diástole, y con efectos inotrópicos y
vasodilatadores que mejoran el gasto cardíaco sin aumentar
el consumo miocárdico de oxígeno. En un estudio
aleatorizado de 203 pacientes con IC y bajo gasto severo, el
levosimendan mostró ser más eficaz que la dobutamina
en mejorar los parámetros
hemodinámicos36.
Cuando la hipotensión impide la retirada de los
fármacos inotrópicos intravenosos, es necesaria la
supresión de los IECA. En algunos pacientes, para la
retirada de los inotrópicos intravenosos puede ser de
utilidad la hidralazina sola o en combinación con
nitratos.
Aunque los beneficios del tratamiento inotrópico a veces no
justifican los riesgos de arritmias (a veces fatales), en ocasiones
es el único tratamiento que permite mantener con vida a
pacientes con inestabilidad hemodinámica severa. Al mismo
tiempo, cuando la situación hemodinámica es
inicialmente un poco confusa, una infusión intravenosa puede
proporcionar estabilidad hemodinámica en espera de dilucidar
con más exactitud el perfil hemodinámico. El
tratamiento inotrópico también es útil cuando,
en pacientes con descompensación crónica, hay un
empeoramiento de la función renal, con elevación de
las cifras de urea y creatinina, y no se consigue suficiente
diuresis a pesar de la combinación de diuréticos de
asa a altas dosis y tiacidas. En general, se podría
puntualizar que la utilización de inotrópicos en la
IC deberá ser considerada como una terapia temporal, de
«puente» hasta conseguir diuresis, hasta la
resolución de enfermedades concomitantes transitorias, como
una neumonía, o hasta el trasplante. Con el fin de resolver
la congestión sin empeorar el gasto cardíaco,
recientemente se han descrito nuevas estrategias que ponen en
duda conceptos hasta ahora considerados como dogma en el manejo de
la IC avanzada, como la utilización de suero salino
hipertónico en combinación con diuréticos a
altas dosis y una dieta con una reducción moderada de sodio
(no tan restrictiva en sodio como lo que clásicamente se
aconseja en la IC) para conseguir una diuresis
eficaz37,38. Aunque se trata de estudios con un reducido
número de pacientes, la estrategia parece ser beneficiosa,
sin que se conozca con exactitud cuál de los componentes (el
suero hipertónico o la dieta moderadamente
hiposódica) influye más en los resultados.
Perfil L:
frío y seco
Son
los pacientes con bajo gasto y sin congestión. Muchos de los
enfermos clasificados con este perfil tienen congestión,
aunque sea inapreciable clínicamente. Los pacientes con bajo
gasto y sin evidencia clínica de elevación de las
presiones de llenado pueden estar, de forma sorprendente,
clínicamente estables durante mucho tiempo y en general no
presentan sintomatología urgente. En los casos en los que
las presiones de llenado están por debajo de lo normal, se
debe poner el volumen, y cuando haya una vasodilatación
excesiva, se deberá suspender y/o reducir el tratamiento
vasodilatador. Si no está presente ninguna de estas dos
condiciones, el manejo de estos pacientes es mucho más
limitado. Los inotrópicos intravenosos pueden favorecer la
dependencia y la taquifilaxia. Una introducción gradual de
bloqueadores beta, si son bien tolerados, puede ser
beneficiosa39, especialmente si la frecuencia
cardíaca se encuentra elevada. Sin embargo, no hay ensayos
clínicos con este grupo de pacientes.
MANEJO DEL
PACIENTE CON INSUFICIENCIA CARDÍACA EN SITUACIÓN
TERMINAL
La
situación terminal es la circunstancia en la que una
enfermedad incurable (bien por ausencia de respuesta al
tratamiento, bien porque no hay un tratamiento curativo), amenaza
la vida del paciente en un plazo corto, en general inferior a 6
meses, y produce síntomas progresivos que afectan gravemente
a su capacidad funcional y al estado emocional del enfermo y su
familia. Aunque muchos de los aspectos relacionados con el manejo
de las situaciones terminales son comunes a cualquier enfermedad
crónica progresiva en su fase final, en el caso de la IC hay
aspectos particulares que merece la pena comentar.
La
llegada a la fase terminal de la IC, como en el caso de otras
enfermedades crónicas, está mal delimitada, lo que
dificulta la elección del momento de tomar decisiones tan
trascendentales como la de suministrar tan solo cuidados puramente
paliativos.
Los
factores pronósticos que pueden orientar a la hora de
predecir el tiempo de supervivencia del paciente con IC avanzada
son:
- Clínicos: cardiopatía isquémica como
etiología, hipotensión arterial mantenida, clases III
y IV de la NYHA, ausencia de factores desencadenantes susceptibles
de tratamiento y la presencia de otras enfermedades concomitantes
que limiten la supervivencia.
- Hemodinámicos: fracción de eyección del
ventrículo izquierdo inferior al 20%, bajo gasto
cardíaco, hipotensión arterial, taquicardia sinusal e
insuficiencia renal.
- Bioquímicos: valores elevados de noradrenalina y de
péptidos natriuréticos e hiponatremia.
- Electrofisiológicos: presencia de arritmias
potencialmente graves.
De
todos estos factores, los que parecen ser mejores predictores de la
evolución son la fracción de eyección, la
clase funcional, la hiponatremia y el tipo de
cardiopatía.
En
la práctica, un paciente con IC avanzada descompensada en
muchas ocasiones puede ser estabilizado de sus reagudizaciones y, a
veces, puede estar estable durante períodos de
duración impredecible, pero que pueden ser prolongados. Ante
las exacerbaciones continuas de la enfermedad, es necesario
comprobar que haya un buen cumplimiento dietético y
farmacológico, realizar los ajustes necesarios en el
tratamiento, valorar la necesidad de oxigenoterapia domiciliaria o
de hospitalización y mantener adecuadamente informados a la
familia y al paciente sobre la situación real.
El
perfil habitual es un paciente en clase funcional IV de la NYHA,
con mala respuesta al tratamiento convencional, en el que no
está indicado el TC, con deterioro importante de la calidad
de vida, gran malestar y continuas hospitalizaciones en los meses
previos. La disnea (80%) y el dolor (40%) son los síntomas
más frecuentes en estos pacientes, junto con la inquietud,
la anorexia y las molestias digestivas. Varios estudios han
mostrado que el malestar y el estrés de estos pacientes
incluso pueden llegar a ser peores que en los pacientes con
cáncer.
Es
deseable proporcionar educación sanitaria al paciente y a su
familia en cuanto a las expectativas de la enfermedad y las
posibles opciones finales de tratamiento. Y esto debería
hacerse antes de que el paciente esté demasiado enfermo para
participar en la toma de decisiones. En estas discusiones sobre las
preferencias de tratamiento se deberá tener en cuenta
posibles circunstancias (que requieren un manejo diferente) que con
frecuencia ocurren en el contexto de la IC terminal, como una
exacerbación reversible de la situación de IC, una
parada cardíaca, un evento súbito grave (p. ej., un
accidente cerebrovascular) o el empeoramiento de una enfermedad no
cardíaca concomitante (p. ej., insuficiencia renal). Una
correcta revisión de estas posibles enfermedades con la
familia les ayudará a entender las diferencias (y, por
tanto, el grado de pertinencia) entre los posibles tratamientos.
Así, por ejemplo, estaría justificada una
intervención rápida para corregir una
situación reversible, pero probablemente no lo
estaría tanto mantener de forma indefinida un soporte vital
encaminado a prolongar la vida sin una expectativa razonable de
retorno a una buena capacidad funcional.
Con
respecto a la actitud a tomar ante una parada cardíaca, hay
estudios que sugieren que, a diferencia de lo que sucede con otras
enfermedades crónicas, la mayoría de los pacientes
hospitalizados por IC avanzada prefieren que se les realicen
maniobras de reanimación. En un estudio40 de 936
pacientes hospitalizados por IC avanzada, en el que se analizaron
las preferencias de los pacientes ante una parada cardíaca,
así como la estabilidad de estas decisiones, tan sólo
el 23% manifestaba deseos de no ser reanimados en el caso de que
ese evento sucediese. Las circunstancias que se asociaban a esa
decisión eran la edad avanzada, la percepción por el
paciente de mal pronóstico, la peor clase funcional y el
ingreso prolongado. Además, cuando se repitió la
pregunta a 600 de ellos a los 2 meses de la primera respuesta, se
apreció que un 19% había cambiado sus preferencias,
que eran, respectivamente, del 14% en los que inicialmente deseaban
la reanimación y del 40% de los que no la deseaban. Este
mayoritario deseo de ser reanimados contrasta con las preferencias
de los pacientes en situación terminal por otras
enfermedades crónicas41, quizá porque los
pacientes con IC con frecuencia tienen la oportunidad de haber
experimentado períodos largos de estabilidad clínica
en los cuales gozan de una buena calidad de vida, tras haber
sufrido hospitalizaciones en cuidados intensivos por agravamientos
severos. En el estudio antes citado, las decisiones tomadas por el
paciente rara vez podían ser modificadas tras su
discusión con el equipo médico.
Sin
embargo, cuando las limitaciones condicionadas por la IC, sola o en
combinación con otras enfermedades concomitantes, se
convierten en intolerables para el paciente, es frecuente que
éste no desee la reanimación. En esta
situación es importante conocer los deseos del paciente
sobre cómo encaminar el manejo clínico, desde la no
reanimación hasta, por ejemplo, la no
hospitalización. En caso de que el paciente sea portador de
un desfibrilador automático implantable, probablemente
estaría indicada su desactivación con el fin de
proporcionar al paciente la posibilidad de una muerte súbita
en vez de que el fallecimiento sea consecuencia de la
progresión de la IC congestiva. En cualquier caso, es muy
aconsejable que el manejo del paciente, tanto ambulatorio en
unidades de hospitalización a domicilio como en
hospitalización convencional, sea llevado o coordinado por
el mismo equipo con el fin de que tanto el paciente como la familia
perciban una uniformidad de criterios sobre el plan de
cuidados.
Muchos de estos pacientes con síntomas como disnea, dolor o
inquietud fallecen, de forma innecesaria, en los hospitales de
agudos, que están dirigidos a suministrar medidas más
curativas que paliativas, como las encaminadas a aliviar los
síntomas y mejorar la calidad de vida en esta última
etapa de la enfermedad42.
Los
servicios de hospitalización a domicilio son de gran ayuda
para la atención del paciente con IC terminal. En un
principio fueron diseñados específicamente para el
alivio de pacientes oncológicos en situación
terminal, pero en la actualidad sus funciones se amplían a
otro tipo de enfermedades que requieren alivio de otros
síntomas diferentes del dolor como en el caso de la IC, la
disnea. Los pacientes con IC terminal presentan con frecuencia
disnea relacionada con la congestión, y para aliviar los
síntomas pueden ser más eficaces los
diuréticos intravenosos y, en algunos casos, la
infusión intravenosa de agentes inotrópicos positivos
que el simple el uso de analgésicos potentes. Además,
es muy frecuente que estos pacientes refieran dolor, sin una
localización clara, como una de sus molestias más
preocupantes. En los últimos días, a menudo el manejo
requerirá la utilización de ansiolíticos y
narcóticos.
En
esta fase terminal se mantendrá el tratamiento propio de la
IC terminal y, además, deberá añadirse, como
tratamiento paliativo:
- Morfina a dosis de 3-5 mg/4 h por vía
subcutánea o morfina oral de liberación rápida
a dosis de 10-20 mg/4 h. La dosis se aumentará hasta obtener
la respuesta deseada y, una vez alcanzada ésta, se
podrá pautar morfina de liberación retardada. La
morfina es un fármaco muy útil por su efecto
vasodilatador, así como ansiolítico y reductor del
trabajo respiratorio. También es muy eficaz para el dolor
secundario a la isquemia miocárdica.
- Diazepam, comenzando con dosis 5-10 mg/8-12 h, según
la respuesta del paciente. El diacepam disminuye el grado de
ansiedad, la cual, por otra parte, perpetúa la
disnea.
- Oxigenoterapia, que se prescribe con frecuencia como una
ayuda más para sobrellevar la disnea, pues ejerce su
beneficio por un efecto fundamentalmente
psicológico.
TRASPLANTE
CARDÍACO
Los
avances en el tratamiento médico de la IC, así como
en el trasplante, han mostrado que el beneficio del TC se obtiene
sobre todo en la población de pacientes con alto riesgo de
muerte por IC avanzada terminal43,44. Las limitaciones
al TC son, por una parte, el insuficiente número de donantes
y, por otra, la presencia de contraindicaciones al TC. En la
actualidad, con el avance en muchos aspectos del TC no se suele
hablar de contraindicaciones absolutas ni relativas, sino de
condiciones que aumentan el riesgo de morbimortalidad post-TC, como
la edad avanzada, las enfermedades concomitantes (p. ej., diabetes
con afección visceral, insuficiencia renal o
hepática, EPOC, antecedentes de neoplasias o enfermedades
con mal pronóstico a corto plazo) y condiciones
psicosociales que conlleven una mala adhesión al
tratamiento. Estas dos limitaciones hacen que el TC sea
«epidemiológicamente» irrelevante, si se tiene
en cuenta que el número de TC realizados en nuestro
país es de unos 300/año45 (aun con la tasa
de donantes por millón de habitantes mayor del mundo) frente
a la incidencia creciente de IC, que se estima en bastantes miles
de casos al año.
De
acuerdo con la últimas guías de la
ACC/AHA3 (tabla 2), las indicaciones absolutas para TC
en pacientes con IC incluyen las siguientes situaciones: a)
shock cardiogénico refractario; b) dependencia de
inotrópicos intravenosos, y c) síntomas
persistentes en clase IV de la NYHA con un consumo de
oxígeno inferior a 10 ml/kg/min. El beneficio esperado para
este grupo de pacientes es una supervivencia del 50% al año
sin TC, frente a una supervivencia en torno al 80% a un año
y al 50% a los 10 años con TC45,46. La mayor
parte de los pacientes que se encuentran en tratamiento oral
ambulatorio tiene una indicación relativa para el TC, es
decir, el TC está indicado aunque el margen de beneficio no
sea tan grande como en el grupo anterior. Este grupo de pacientes
se puede identificar como el que presenta una limitación
funcional estimada por un consumo de oxígeno entre 11 y 14
ml/kg/min y los pacientes en los que, una vez comprobada su
correcta adhesión al tratamiento, es difícil
conseguir un equilibrio entre la ausencia de congestión y de
bajo gasto. Lo que ya no supone una indicación para TC es la
presencia de una fracción de eyección baja o el
antecedente de haber estado en clase funcional IV de la NYHA, en
ausencia de otras indicaciones. El beneficio del TC en pacientes
con IC estable --a la luz de los avances en el tratamiento
médico de la IC-- no está tan claro; en este
sentido, algunos autores incluso proponen que este aspecto
debería ser mejor estudiado mediante un ensayo
clínico aleatorizado47.

Los
resultados del TC han mejorado de manera espectacular en los
últimos 20 años, como resultado fundamentalmente de
la mejoría en la técnica quirúrgica, los
avances del tratamiento inmunodepresor y el manejo de las
infecciones. Según los datos del Registro de la
ISHLT46 y los del Registro Español de Trasplante
Cardíaco (RETC)45, la supervivencia al año
se sitúa en torno al 80% y a los 10 años, cerca del
50-60% (figs. 2 y 3). La morbimortalidad tras el TC está
relacionada sobre todo con la cirugía, el rechazo (en sus
diferentes presentaciones agudas y crónicas) y la toxicidad
de la inmunodepresión, en especial las infecciones y las
neoplasias. Según el RETC, las causas de muerte más
frecuentes en el primer año son el fracaso primario del
injerto y el fallo multiorgánico, seguidas del rechazo y la
infección. A largo plazo, las causas individuales de muerte
más frecuentes son la enfermedad vascular del injerto y las
neoplasias (fig. 4).

Fig. 3.
Registro
Español de Trasplante Cardíaco. Supervivencia por
períodos.
MP: mortalidad precoz.
Tomada de Almenar Bonet45.

Fig.
4.
Registro
Español de Trasplante Cardíaco. Causas de mortalidad
por períodos.
FPI: fracaso primario del injerto; FMO: fracaso
multiorgánico; EVI: enfermedad vascular del injerto; MS:
muerte súbita. Tomada de Almenar
Bonet45.
La
imnunodepresión basal utiliza por lo general una triple
terapia, consistente en un inhibidor de la calcineurina (ICN)
-ciclosporina A (CsA) o tacrolimus--, un
antiproliferativo --micofenolato mofetil (MMF) o
azatioprina-- y esteroides. El tratamiento de inducción
puede ser de utilidad en el postoperatorio inmediato, sobre todo
porque permite retrasar el tratamiento con ICN y previene la
nefrotoxicidad asociada a estos fármacos. Los anticuerpos
antilinfocitarios utilizados en el pasado como tratamiento de
inducción, bien monoclonales anti-CD3 (OKT3) o policlonales
(p. ej., ATG), están en la actualidad siendo sustituidos por
los nuevos anticuerpos monoclonales contra el receptor de la
interleucina 2, ya que parecen ofrecer una menor toxicidad y una
eficacia similar48,49. Como tratamiento de los episodios
de rechazo agudo, se utilizan altas dosis de corticoides, por
vía intravenosa (de 250 mg a 1 g/dia, 3 dosis) o vía
oral, en pauta descendente. Si no se controla el rechazo, se
utilizan anticuerpos antilinfocitarios (OKT3, ATG) y
modificación de la imunodepresión basal. En
situaciones de rechazo humoral, son útiles sesiones de
plasmaféresis.
Los
ICN actúan específicamente sobre el sistema
inmunitario sin afectar a otras células con
proliferación rápida. Su principal mecanismo de
acción se efectúa a través de la unión
a proteínas específicas, formando complejos que
bloquean la acción de la calcineurina --clave en la
activación de la célula T-- y, así,
bloquean la señal de transducción que causa la
activación de las células T y B. La CsA fue el primer
ICN y el más ampliamente utilizado en el TC, y en la
actualidad, en algunos países como España, es el
único ICN con indicación aprobada en la
inmunodepresión primaria. La formulación oleosa
inicial de la CsA tenía una farmacocinética bastante
impredecible, que fue mejorada a principios de los años
noventa con la nueva formulación en microemulsión,
Neoral®. En algunos estudios, la formulación
Neoral mostró, en comparación con la estándar,
una reducción de los episodios de rechazo y de la incidencia
de infecciones50, y hoy día es la
formulación de CsA de elección. Varios estudios
prospectivos han confirmado que la CsA en la formulación
estándar y el tacrolimus, en regímenes asociados a
azatioprina y esteroides, tienen una eficacia similar para la
prevención del rechazo agudo y en la supervivencia, con
seguimientos hasta de 5 años51. La eficacia de la
CsA Neoral frente a tacrolimus en regímenes asociados a MMF
y esteroides se conocerá mejor con los resultados del
estudio PANEUHTX (Paneuropean Heart Transplantation), estudio
multicéntrico europeo actualmente en marcha. Todos estos
estudios utilizaron como medida de la exposición a la CsA,
la determinación tradicional de los valores valle de CsA
(C0). Sin embargo, ahora se sabe que la
concentración de la CsA a las 2 h de la
administración de la dosis (C2) parece ser un
mejor predictor de la exposición a la CsA, aunque
está por demostrar si la eficacia a corto o largo plazo de
la CsA en la prevención del rechazo o en la mejoría
en la supervivencia es mejor mediante el control con C2.
Aunque se dispone de algunos trabajos preliminares sobre control
con C2 en el TC a largo plazo52,53, no hay un
consenso sobre el nivel de C2 a alcanzar. El estudio
MOTOWN (Monitoring of Sandimmun Neoral Two hOurs absortion With
simulect in heart transplantatioN), actualmente en curso,
añadirá información a este respecto. Una
limitación del control con C2 es la necesidad de
un cambio en la logística de los hospitales, ya que es
esencial que la determinación se efectúe a las 2 h
(± 15 min) tras la dosis, lo que a veces es difícil
de cumplir en la práctica clínica diaria. Dado que
hay similar eficacia entre la CsA y el tacrolimus, serán los
efectos secundarios de ambos los determinantes a la hora de elegir
uno de ellos. El efecto adverso más importante es la
nefrotoxicidad y sucede con una frecuencia similar entre ambos ICN.
Según los datos de la bibliografía, puede haber 2
factores de riesgo cardiovascular, hipertensión e
hiperlipidemia, que tienen incidencia menor con el tacrolimus; por
otro lado, la diabetes tiene una menor incidencia con la CsA. Esto
puede ayudar a decidir cuál de los ICN puede ser más
apropiado según el perfil de cada paciente.
La
azatioprina, un inhibidor de la biosíntesis de las purinas,
fue inicialmente el antiproliferativo de elección, y su
hemotoxicidad su mayor efecto secundario. El MMF, con una
acción similar (inhibidor de la síntesis de
novo de las purinas) pero más selectivo para los
linfocitos, demostró en un ensayo
clínico54 a doble ciego frente a azatioprina y en
asociación a CsA y prednisona una reducción en la
mortalidad a un año y en la severidad de los rechazos. Este
beneficio en la supervivencia se observó también a
los 3 años gracias a los datos de los
registros55. Por ello, en la actualidad es el
fármaco de elección como
antiproliferativo.
La
enfermedad vascular del injerto (EVI) o rechazo crónico es
una de las causas más frecuentes de muerte a largo plazo. Se
manifiesta por una obliteración difusa, concéntrica y
progresiva de los vasos del injerto (fig. 5) de etiología
multifactorial en la que intervienen mecanismos
inmunológicos y no inmunológicos. Los tratamientos
convencionales de revascularización coronaria
(quirúrgicos y/o percutáneos) únicamente son
paliativos y la inmunodepresión clásica ha mostrado
ser ineficaz, tanto para prevenir como para tratar esta
complicación. Los nuevos fármacos antiproliferativos,
inhibidores de la mTOR (mammalian Target Of Rapamicine), everolimus
y sirolimus, parecen ser prometedores para la prevención de
la EVI. En un ensayo clínico internacional se ha demostrado
que el everolimus asociado a CsA y a esteroides disminuye la
progresión de la EVI respecto a la azatioprina,
además de reducir la tasa de rechazo agudo56. Sin
embargo, en ese estudio, el everolimus se asoció con un
empeoramiento de la función renal atribuible a un aumento de
la exposición de CsA. Es posible que la utilización
de dosis bajas de CsA permita atenuar este efecto secundario,
aunque serán necesarios más estudios para conocer la
dosis y el nivel óptimo de CsA que debe de
utilizarse.

Fig.
5.
Enfermedad
vascular del injerto. Microfotografía de una coronaria
epicárdica en la que se observa la oclusión del lumen
secundaria a una proliferación de la íntima
(tricrómico de Masson, x2,5).
TRATAMIENTO
INOTRÓPICO
El
incremento de la fuerza contráctil del corazón es un
importante mecanismo para aumentar el gasto cardíaco en la
IC avanzada. Sin embargo, la experiencia con inotrópicos
orales fue negativa ya que, aunque los parámetros
hemodinámicos mejoraban a corto plazo, los datos
clínicos mostraron que el uso oral prolongado de
inotrópicos positivos aumentaba la
mortalidad26,27.
La
disminución del gasto cardíaco en reposo reduce el
flujo sanguíneo a los órganos vitales, en especial al
riñón. En esta situación, unicamente los
fármacos inotrópicos positivos, tanto los
clásicos (dobutamina, dopamina, milrinona, adrenalina,
noradrenalina) como los recientemente introducidos, los
sensibilizadores al calcio, como el levosimendan36, en
combinación o no con vasodilatadores (nitroglicerina,
nitroprusiato), son capaces de aumentar el volumen
sistólico.
La
decisión de utilizar un tratamiento inotrópico y la
selección del agente inotrópico deberían
reflejar los diferentes objetivos de terapia para cada paciente
determinado:
- Soporte crítico hasta el tratamiento definitivo
(shock cardiogénico).
- Soporte hasta la resolución de otras condiciones que
hayan descompensado al paciente, cardíacas (p. ej.,
recuperación tras una taquicardia ventricular sostenida o un
infarto) o no cardíacas (p. ej., neumonía o
hemorragia digestiva).
- Resolución de una situación de
congestión con empeoramiento de la función
renal.
- Puente al TC y/o asistencia mecánica
circulatoria.
- Puente al final de la vida.
Los
pacientes con IC refractaria suelen ser hospitalizados por
deterioro clínico que, por lo general, consiste en
congestión y/o bajo gasto. En presencia de bajo gasto y una
vez que se descarta la hipovolemia, es decir, el perfil
hemodinámico «frío y húmedo», se
hace imprescindible el tratamiento inotrópico para mejorar
la contractilidad, facilitar la diuresis y estabilizar
clínicamente al paciente57.
Los
pacientes en los que fracasa el intento de retirada del tratamiento
inotrópico pueden requerir la colocación de un
catéter central permanente para permitir el uso prolongado
de inotrópicos (generalmente, dobutamina o milrinona). Este
tratamiento es frecuente en pacientes en espera de TC, pero
también puede ser considerado en los que no son candidatos a
trasplante y en los que se encuentran en situación terminal,
así como en los que están en situación de
dependencia de inotrópicos y, por tanto, no podrían
ser dados de alta del hospital. Esta decisión de administrar
tratamiento inotrópico en el domicilio no debería
ofrecerse hasta que todas las demás alternativas posibles se
hayan intentado, ya que la infusión de inotrópicos en
el domicilio supone un incremento del trabajo de la familia y del
consumo de recursos sanitarios y, en definitiva --lo que es
más alarmante--, aumenta el riesgo de muerte de
probable causa arrítmica. Sin embargo, el soporte
inotrópico continuo puede conseguir una mejoría
sintomática y evita la hospitalización. Éste
es uno de los objetivos de un plan global para permitir al paciente
que fallezca con bienestar y en su
domicilio57.
Esta utilización de inotrópicos a domicilio es
totalmente diferente de las infusiones intermitentes de
inotrópicos intravenosos en pacientes en los que previamente
se había podido retirar con éxito el tratamiento
inotrópico, ya que los resultados de los estudios realizados
no apoyan esta terapia. El OPTIME-CHF58 (Outcomes of a
prospective trial of intravenous milrinone for exacerbations of
chronic heart failure) es un ensayo aleatorizado en el que se
comparó milrinona intravenosa frente a placebo en 951
pacientes hospitalizados por descompensación de IC. En estos
pacientes, el tratamiento inotrópico estaba indicado, pero
no era imprescindible59. De hecho, se excluyó a
los pacientes con insuficiencia renal, hipotensión arterial
persistente (presión arterial sistólica inferior a 80
mmHg) y fibrilación auricular con una frecuencia ventricular
superior a 100 lat/min. El objetivo primario era determinar si la
milrinona podía reducir los días de
hospitalización por causa cardiovascular en los 60
días posteriores al ingreso. No hubo diferencias entre la
hospitalización y el grupo con milrinona presentó una
mayor incidencia de arritmias y de mortalidad, tanto
intrahospitalaria como en los 60 días siguientes. Por tanto,
las infusiones intermitentes de inotrópicos intravenosos en
pacientes estables no parecen ser una terapia
eficaz60.
La
situación de shock cardiogénico requiere el
tratamiento inmediato con inotrópicos hasta que se determine
la causa del shock y se establezca el tratamiento definitivo. La
estimulación aguda de la contractilidad aumenta el gasto
cardíaco y la presión sanguínea. El agente de
elección inicial suele ser dopamina a dosis medias-altas
(5-25 μg/kg/min), seguido de dobutamina y milrinona, ya que
estos dos, por su efecto vasodilatador periférico, suelen
ser menos útiles. En situación de
vasodilatación severa son de utilidad agonistas alfa y beta
como la adrenalina y, si la vasodilatación persiste,
noradrenalina. Entre las limitaciones del tratamiento
inotrópico debe tenerse en cuenta que puede desencadenar
arritmias auriculares y ventriculares y que el aumento de la
contractilidad y la frecuencia cardíaca puede incrementar la
demanda de oxígeno, aunque en ocasiones esto se compensa con
la reducción de los volúmenes ventriculares y el
estrés de la pared. La utilización de adrenalina y
noradrenalina se limita a situaciones de inminente riesgo vital,
debido al elevado riesgo de arritmias, isquemia miocárdica y
compromiso de la circulación periférica. La siguiente
estrategia es la instauración de soporte mecánico
circulatorio en los candidatos apropiados.
ASISTENCIA
VENTRICULAR
Los
dispositivos de asistencia mecánica circulatoria (AMC)
fueron inicialmente utilizados como soporte temporal de los
pacientes con IC severa en situación crítica. Estos
pacientes eran los que se encontraban en la lista de TC, en
situación de shock cardiogénico y en espera de un
donante disponible («puente al trasplante») o en
situaciones de una disfunción cardíaca grave pero
reversible, como una miocarditis aguda o poscirugía
cardíaca («puente a la recuperación»).
Posteriormente, y tras haber conseguido supervivencias largas con
estos dispositivos con la indicación anterior, se
consideró que un segundo objetivo de la AMC era el soporte
definitivo de los pacientes con IC terminal. El soporte definitivo
tendría como ventajas, frente al TC, que eliminaría
la limitación impuesta por el insuficiente número de
donantes, obviaría la necesidad de inmunodepresión
crónica y permitiría decidir el momento de
implantación de acuerdo con la situación
clínica del paciente.
El
ensayo clínico que fue el punto de referencia clave para
valorar la utilidad de los dispositivos de asistencia ventricular
como tratamiento de la IC refractaria es el estudio REMATCH (The
Randomized Evaluation of Mechanical Assistance for the Treatment of
Congestive Heart Failure)6. Se trata de un estudio
multicéntrico, aleatorizado, prospectivo y realizado en
Estados Unidos para determinar si la asistencia ventricular
izquierda (LVAD) con el dispositivo Thoratec HeartMate (Thoratec,
Pleasanton, CA) era superior al tratamiento médico
óptimo en pacientes con IC avanzada terminal y no elegibles
para TC por la presencia de contraindicaciones (fig. 6). Se
incluyó a 129 pacientes, el objetivo primario era la
supervivencia global y el seguimiento de 2 años. El criterio
de inclusión era: IC en grado IV de la NYHA al menos durante
90 días a pesar de tratamiento con IECA, diuréticos y
digoxina. Todos los datos objetivos referentes a los criterios de
selección de estos pacientes indican que este ensayo
clínico incluyó a los pacientes con un grado de IC
más avanzada, con mucho, que cualquier otro ensayo
clínico de IC terminal, tanto médico como
quirúrgico, realizado hasta el momento (el 75% de mortalidad
a un año en el grupo control). El grupo con el dispositivo
de asistencia ventricular izquierda mostró un beneficio
estadísticamente significativo en la supervivencia a un
año (el 52 frente al 25%; p = 0,002) y a 2 años (el
23 frente al 8%; p = 0,09). La utilización del LVAD supuso
una reducción del 48% del riesgo de muerte en
comparación con el tratamiento médico, con una
supervivencia media de 408 días en el grupo con LVAD frente
a 150 días en grupo de tratamiento médico. Las
determinaciones objetivas de parámetros físicos y
emocionales fueron también significativamente superiores en
los pacientes con el LVAD, lo que muestra que este dispositivo era
capaz de mejorar tanto la cantidad como la calidad de vida. La
calidad de vida fue mejor en los pacientes con LVAD según
algunos índices, pero no así en otros, como el
valorado por el MLWHFQ (Minnesota Living With Heart Failure
Questionnaire).

Fig.
6.
Dispositivo de
asistencia ventricular izquierda utilizado en el estudio REMATCH.
La cánula de entrada está insertada en el ápex
del ventrículo izquierdo y la de salida se anastomosa a la
aorta ascendente. La sangre retorna de los pulmones al lado
izquierdo del corazón, sale por la cánula y, a
través de una válvula de entrada, pasa al
ventrículo izquierdo protésico, que está
alojado en la pared abdominal o en la cavidad peritoneal. Entonces
la sangre es bombeada activamente a través de una
válvula de salida a la aorta ascendente. Un cable
percutáneo conecta con la batería y el control
electrónico.
Sin
embargo, en este ensayo hay varios aspectos menos positivos que
deben comentarse61,62. La supervivencia global, aun con
el LVAD, fue escasa a los 2 años (23%). Los pacientes con
LVAD sufrieron 2,35 veces más efectos adversos que los
pacientes con tratamiento médico, relacionados sobre todo
con complicaciones infecciosas, hemorrágicas,
neurológicas y/o mal funcionamiento del aparato (un 35% de
fallo del dispvo a los 2 años). Un subanálisis
demostró que el beneficio en la supervivencia afectaba
únicamente a los paci que se encontraban en el momento de la
aleatorización en clase funcional IV de la NYHA con
tratamiento inotrópico. En estos pacientes, la mortalidad a
un año con LVAD disminuía del 76 al 51%44.
En los pacientes que se encontraban hemodinámicamente
estables con tratamiento oral, no había beneficio en la
supervivencia.
En
la actualidad está en marcha un estudio iniciado en marzo de
2000 sobre la factibilidad de LVAD como tratamiento definitivo
denominado INTrEPID (Investigation of Non-Transplant Eligible
Patients who are Inotrope Dependent), en el que se utiliza como
LVAD el WorldHeart's Novacor. Los pacientes incluibles son aquellos
con IC terminal no elegibles para TC y que están en
tratamiento con inotrópicos intravenosos. Este estudio
investiga la eficacia del LVAD de Novacor como soporte a largo
plazo de estos pacientes, mientras compara la tasa de supervivencia
y calidad de vida con la de pacientes en tratamiento
farmacológico. Ambos dispositivos (Thoratec-HeartMate y
Novacor) se implantan al lado del corazón para asistir al
ventrículo izquierdo y utilizan una batería externa
para suministrar la energía al LVAD. La diferencia
más significativa entre los 2 dispositivos es que los
pacientes que llevan el HeartMate no necesitan
anticoagulación.
A
pesar de los comentarios anteriores, es indiscutible que el estudio
REMATCH proporcionó información muy valiosa. Incluso
con dispositivos de primera generación, pacientes con un
promedio de edad de 68 años y todas las complicaciones
relacionadas con el dispositivo, los pacientes con LVAD mostraron
una mejoría, al menos a corto-medio plazo, con respecto a
los pacientes en tratamiento médico únicamente. Sin
duda, con una mejor selección de pacientes y progresos en la
tecnología de estos dispositivos mecánicos, la
supervivencia global de esta cohorte de pacientes con un
altísimo riesgo de muerte podrá ser mejorada. En
noviembre de 2002, la FDA estadounidense aprobó el
dispositivo HeartMate como tratamiento definitivo para pacientes no
elegibles para TC. Con el fin de perfeccionar la
implementación de los dispositivos mecánicos de
asistencia circulatoria como terapia definitiva, se han elaborado
documentos de consenso con los requerimientos que deberían
tener los centros en los que se utilicen estas terapias tan
complejas63.
CONCLUSIONES
El
tratamiento de la IC avanzada está cambiando
rápidamente, aunque muchas de las decisiones están
basadas más en opiniones de consenso que en ensayos
clínicos controlados. El beneficio conseguido con los IECA,
los bloqueadores beta, la resincronización y los
desfibriladores implantables en la prolongación de la
supervivencia y en la calidad de vida de los pacientes con IC
leve-moderada ha creado, por otra parte, una nueva población
de pacientes con IC terminal en la que predominan la insuficiencia
renal y el fracaso del ventrículo derecho. Los dispositivos
de asistencia mecánica ofrecen una clara ventaja frente al
tratamiento farmacológico, pero están aún muy
lejos de mejorar las expectativas a largo plazo. El TC sigue siendo
la única terapia que cambia de modo radical la
evolución natural de estos pacientes, con una supervivencia
al año en torno al 80% y a los 10 años, del 50%, pero
es una posibilidad sólo para un reducidísimo
número de pacientes.
El
tratamiento farmacológico permite que la IC avanzada en
situación terminal se mueva en un amplio escenario de
comportamientos. Se caracteriza por una gran variedad de estadios
clínicos, con intervalos de estabilidad/inestabilidad de
duración difícilmente predecible y con la
incertidumbre sobre el modo de muerte (súbita o
progresión del bajo gasto y congestión), que excede
al de cualquier otra enfermedad terminal. Es necesario
individualizar el tratamiento en cada paciente, propiciando que
éste conozca su enfermedad y que, en situaciones terminales,
el médico pueda identificar las preferencias del paciente en
cuanto a cantidad y calidad de vida, y que esto le ayude en la toma
de decisiones.
Correspondencia: Dra. M.G. Crespo Leiro.
Servicio de Cardiología. Área del Corazón.
Hospital Juan Canalejo.
Xubias, 84. 15006 A Coruña. España.
Correo electrónico:
MCreLei@canalejo.org
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