Editoriales.
Volumen 59, Número 12, Diciembre 2006
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Equidad y variabilidad del uso de las tecnologías médicas
Fernando Antoñanzas Villara; Mariola Pinillos Garcíaa
a Departamento de Economía y Empresa. Universidad de La Rioja. Logroño. España.
Rev Esp Cardiol. 2006;59:1217-20.
Este
artículo hace especial referencia al publicado en este mismo
número de Revista Española de Cardiología,
titulado «Variabilidad entre comunidades autónomas en
el uso de tres tecnologías cardiovasculares», firmado
por Fitch-Warner, García de Yébenes, Lázaro y
De Mercado, y Belaza-Santurde1. Los autores destacan en
su artículo un hallazgo estadístico: la dependencia
lineal de la utilización de 3 tecnologías
terapéuticas cardiovasculares (intervenciones coronarias
percutáneas, desfibriladores automáticos implantables
y terapia de resincronización cardiaca) con la riqueza de la
región en la que se encuentran implantadas. Más
aún, destacan que esta relación lineal es muy
débil con la carga de la enfermedad, es decir, con variables
de carácter epidemiológico. A partir de ahí,
en su texto señalan que las diferencias de acceso quedan
explicadas por desigualdades socioeconómicas y no por la
necesidad sanitaria o por la carga de la enfermedad. De este modo,
recuerdan el principio de la equidad como «igualdad de acceso
para necesidad igual» y señalan que, en el caso de las
tecnologías analizadas, hay inequidad (aunque, seguidamente,
advierten que hay que tomar con cautela su afirmación por la
manera en que se han definido los indicadores de acceso y de
necesidad).
Esta clase de
investigación corresponde a una línea de trabajo que
ha tenido otras concreciones en el campo de la cardiología,
tanto en el contexto nacional como internacional. Éste es el
caso de estudios relacionados con ciertas tecnologías, como
las angioplastias2, las
coronariografías3 o los
desfibriladores4, y de estudios de análisis que
valoran la variación en la práctica médica del
tratamiento del infarto agudo de miocardio5,6 o de la
insuficiencia cardiaca7. También se han acometido
estudios de equidad en el acceso a otros programas o
tecnologías en otros ámbitos como, por ejemplo, la
detección precoz del cáncer de mama y el acceso a la
mamografía8,9. Los resultados obtenidos en estos
trabajos sirven para que las autoridades sanitarias y los gestores
clínicos en general tomen conciencia de las situaciones
halladas y de sus posibles causas, de manera que las
políticas sanitarias se reorienten, si fuese preciso, con
más tino hacia la corrección de las desigualdades y
variaciones en la práctica médica no
justificadas.
Tras esta breve
introducción, los elementos más impactantes del texto
referido, al menos para los economistas que suscribimos, nos
suscitan algunos comentarios y reflexiones acerca de la equidad y
las variaciones de la práctica médica que,
seguidamente, pasamos a exponer.
1. La
equidad es un concepto un tanto escurridizo, del que casi todo el
mundo opina, como puede ocurrir con el de la calidad, y que, sin
embargo, es complejo de definir y de contrastar
empíricamente para afirmar con rotundidad si hay, o no,
equidad. Por ello, hay que ponerse de acuerdo sobre lo que se
entiende por equidad, de la misma forma que para medir la calidad
es preciso establecer el estándar o patrón con el que
comparar si algo es o no de calidad. En este sentido, desde la
década de los años setenta del siglo pasado, hay
acuñados en la literatura de la economía de la salud
unos criterios de valoración de la equidad, crecientes tanto
por su precisión como por su dificultad de
aplicación10 para el conocimiento de la equidad,
que vale la pena recordar por las orientaciones que pueden
señalar a la hora de interpretar los hallazgos del citado
texto: a) equidad en el gasto sanitario per cápita;
bajo este criterio se podría considerar la existencia de
equidad si tras la medición del gasto sanitario, éste
resultase similar en los entornos geográficos donde se
hubiese medido. Esta medida es sencilla de aplicar, pero no acaba
de ser muy fiable, ya que bastaría que en una región
pagasen más al personal sanitario para que se considerase
que no había «equidad» entre las comparadas
(aunque no se hubiese detectado diferencias en la prestación
sanitaria recibida por los ciudadanos). De esta suerte, se
fijó otro criterio, el segundo, b) que medía y
analizaba la equidad a través del número de recursos
sanitarios per cápita (p. ej., médicos por cada mil
habitantes, angiógrafos por cada mil habitantes, etc.), ya
que lo realmente interesante para la equidad era no tanto el coste
o lo que cobraban los recursos asistenciales, sino la cantidad de
ellos disponible para la población. Este criterio ya es
más complicado de medir, sobre todo porque las unidades no
son homogéneas y hay miles de recursos asistenciales sobre
los que ponerse de acuerdo para efectuar la comparación,
pudiendo una región superar a la otra en ciertos recursos y
viceversa, por lo que sería difícil establecer si
había o no equidad entre ambas. Así se pasó a
otro criterio, c) en el que la equidad se relaciona con el
acceso a los recursos asistenciales, con independencia de su
cuantía: hay equidad si se puede acceder en igualdad de
condiciones (p. ej., bajo una cobertura pública universal,
el acceso a los servicios sanitarios es gratuito).
Fácilmente, podemos pensar en que «todo el mundo es
bienvenido» en teoría, o según la Ley, pero
luego hay listas de espera..., los recursos no llegan para
todos..., o hay distancias de más de 2 h por carretera para
que algunos pacientes accedan a los recursos asistenciales. Como
vemos, el asunto se va complicando a la hora de medir la equidad y
de concluir si la hay o no. Por estas razones, para algunos
autores, la equidad de acceso no es relevante, sino que lo
realmente interesante es comprobar si se produce una igualdad en la
utilización de los recursos asistenciales ante una necesidad
sanitaria similar. d) Este concepto (al que aluden los
autores del citado texto) nos deja más satisfechos, de
nuevo, en teoría, porque en la realidad su medición
se complica, ya que hay factores como las variaciones
epidemiológicas o de carga de la enfermedad, las variaciones
en la práctica médica con todas sus peculiaridades y
matices, la movilidad de los pacientes ante un evento sanitario, o
la propia definición del contexto sanitario donde se va a
medir la equidad país, región sanitaria,
comunidad autónoma, provincia, comarca, etc. que
dificultan su cálculo preciso.
2. En su
aplicación a la salud, la equidad es un principio
constitucional en numerosos países occidentales, pero
está modulado por la eficiencia y por la repercusión
presupuestaria relacionadas con su aplicación. Con
frecuencia, hay una correlación negativa entre equidad y
eficiencia, en el sentido de correcto aprovechamiento de los
recursos asistenciales. Por ejemplo, en La Rioja, desde donde
escribimos estas líneas, tiene lugar el mayor gasto per
cápita sanitario del país (según la tabla 1
mostrada en el artículo de Fitch-Warner et al1);
sin embargo, no hay ninguna de las tecnologías analizadas en
citado artículo, porque el coste de mantenimiento de una
unidad de hemodinámica es elevado para el bajo número
de potenciales pacientes, que suelen ser trasladados a las regiones
vecinas. Avanzando un poco en el asunto de la eficiencia y de la
equidad, es preciso matizar que la utilización de las
tecnologías señaladas no sólo depende de la
existencia de los centros y de los hemodinamistas, sino de su grado
de ocupación. De esta suerte, podría suceder que el
volumen de potenciales servicios que estos centros pudiesen prestar
a la población en cada una de las comunidades
autónomas analizadas fuese suficiente para la carga de la
enfermedad anual en cada una de ellas, pero que la
utilización real de dichos servicios fuese inferior a la
aconsejable según las guías y recomendaciones de los
expertos y, por ello, los datos de utilización fuesen tan
divergentes como los hallados por los autores. El estudio de
López-Palop et al11 puede suponer una
sólida base para posteriores investigaciones en la
línea señalada. En él se analiza el registro
de actividad de los centros de hemodinámica y se resalta el
aumento de actividad detectado en los últimos años,
para lo cual se aporta información no sólo sobre el
uso de las tecnologías, sino también, indirectamente,
sobre la capacidad potencial de su empleo con una terminada
dotación de recursos asistenciales. Entonces, quizá
las razones de una infrautilización no deberían
relacionarse únicamente con la menor riqueza o renta de las
comunidades autónomas, sino con otras como puede ser la
práctica médica, ya que a pesar de la existencia de
guías como las del intervencionismo coronario
percutáneo12, ésta puede diferir entre
centros y profesionales. Esta situación de
infrautilización de tecnologías ya ha sido analizada
para otros tratamientos cardiológicos, como es el caso de la
resonancia magnética en pacientes con
cardiopatía13, y se han encontrado diversas
causas. Esto es, puede haber una dependencia lineal como la hallada
por Fitch-Warner et al1, aunque sea en un grado
débil (recuérdese la R2 de la
regresión entre el número de procedimientos
terapéuticos cardiovasculares y el producto interior bruto
per cápita, en torno al 25%) pero, además, esa
utilización diferente de los procedimientos señalados
puede explicarse por otras variables de muy difícil
definición y medición, como la de la cultura
médica. En este sentido, Marion et al14 ofrecen
una detallada descripción de los factores que influyen en la
variación de la práctica médica (inexactitud
de los datos, factores sociodemográficos, factores de oferta
como los recursos disponibles y su financiación, y factores
del proveedor directo, como la incertidumbre de los médicos
respecto a las tecnologías o la propia ignorancia de alguna
de las terapias), las relaciones entre dichos factores y las
confusiones a las que pueden llevar cuando se analizan los datos
estadísticos agregados.
Más
aún, la organización de los propios servicios
sanitarios en su forma de prestar la atención a los
pacientes es otra variable que puede repercutir de forma diferente
en los datos finales de uso o utilización de los recursos.
Esto es, la ubicación del centro de hemodinámica, la
densidad de población de las comunidades autónomas,
los horarios de trabajo, la gestión clínica de los
pacientes, entre otros factores, pueden llevar a que una
determinada comunidad autónoma sea más eficiente que
otra en la provisión de los cuidados a los pacientes; si
dicha región tuviese el PIB per cápita alto, desde el
prisma de la equidad utilizado en el análisis del modelo de
dependencia lineal, figuraría como una observación
estadística que respaldaría esa relación de
«más riqueza, más uso de la
tecnología», cuando en realidad, lo que había
eran varias asociaciones estadísticas
concatenadas.
Estos elementos
de eficiencia en la gestión de los pacientes tienen
consecuencias importantes en los resultados. Los propios autores
reconocen que la medición de los traslados de pacientes es
imperfecta por la ausencia de datos, y estos desplazamientos pueden
ser importantes entre comunidades autónomas por el citado
motivo de la revascularización en pacientes inestables,
máxime cuando las distancias hasta los centros en la propia
región sean grandes. De nuevo, la equidad quedaría
enfrentada con la eficiencia e incluso con la eficacia en la
gestión clínica de los pacientes. Los compartimentos
administrativos más bien aislados de las comunidades
autónomas para ciertas afecciones no son lo más
aconsejable para la atención sanitaria, dado que generan
costes innecesarios por salvaguardar la equidad intercomunitaria
(aunque no la de acceso medida por las isocronas o
tiempos/distancias, que es la que más afecta a los
ciudadanos). Así pues, a la hora de efectuar análisis
para tecnologías destinadas a problemas sanitarios de baja
incidencia, un análisis de la equidad más preciso
sería abordar el asunto desde la perspectiva de las
distancias a los centros como una forma de estudiar la equidad de
acceso/utilización; claro está que los datos
habituales no suelen citar este matiz.
3.
Finalmente, efectuaremos algunas reflexiones acerca de las
consecuencias de política sanitaria y destacaremos que
pueden ser muy diferentes según el propio criterio de
equidad utilizado y los factores que lo identifican. El referido
texto1 estudia la utilización de ciertas
tecnologías; por tanto, si se constata que es diferente
entre regiones y que obedece a la distinta renta per cápita,
una política sanitaria tendente a fomentar la equidad
interregional debería ampliar la dotación de los
recursos asistenciales referidos, o bien llegar a una
redistribución de los disponibles. Esto no siempre es viable
por las dificultades presupuestarias que la aplicación de
ciertas tecnologías conlleva y porque «la
redistribución entre comunidades autónomas de
recursos asistenciales es una política poco
practicada». Además, en el complejo proceso de la
adopción de tecnologías médicas, aunque se
persiga la equidad, ésta puede entenderse también
bajo otra perspectiva como medio de orientar la gestión: es
la denominada equidad de la necesidad marginal atendida entre las
unidades de comparación, en nuestro caso, las comunidades
autónomas. Dicho concepto parte de que hay una
hipotética ordenación entre todas las necesidades
sanitarias, por ejemplo, el tratamiento de la apendicitis, de la
hepatitis B, etc., y unos recursos asistenciales limitados; de este
modo, se irían ordenando las enfermedades y se
interrumpiría su tratamiento o se aplicarían
tecnologías menos costosas cuando los recursos no
llegasen. Si se supone que la ordenación ha de ser
común para todas las regiones, la equidad habría de
garantizar que la última de esas necesidades satisfecha de
la misma forma o con la misma tecnología fuera la misma en
todas. En el caso que nos ocupa de las tecnologías para el
tratamiento cardiaco, no tenemos constancia de cuál es su
posición en la hipotética ordenación, por lo
que podría ocurrir que en algunas comunidades
autónomas hubiese otras necesidades antepuestas a las
citadas en el orden de preferencias establecido. De esta forma, la
disposición de los recursos asistenciales sería la
correcta para una región, ya que en su orden prefijado
iría atendiendo con los medios disponibles las necesidades
establecidas hasta un determinado punto de corte, pero no en
comparación con el punto de corte de otras. Es decir, la
equidad, entendida como igualdad, ha de partir de que la
ordenación de todas las tecnologías
«casualmente» sea la misma en todas las unidades de
investigación, en el caso del referido texto: las
comunidades autónomas. Pero si presuponemos, como la
realidad parece mostrarnos, que las comunidades autónomas
tienen autonomía en su gestión, las ordenaciones no
tienen por qué ser idénticas y, entonces, el propio
concepto de equidad dejaría de tener sentido para aplicarlo
a la gestión interna de las que pudiesen quedar más
alejadas de ese promedio o estándar en que se fijase la
teórica equidad. Es decir, que cada región
aplicaría el presupuesto sanitario conforme un criterio de
decisión colectivo respetuoso con la ordenación
establecida e incluso con los principios de equidad y eficiencia
regionales; aunque vistos desde un contexto más amplio, como
el del Estado, el resultado final podría calificarse como de
poco equitativo. ¡Otro bello ejemplo de cómo cambia la
realidad según sea el color del cristal por el que se
mira!
En definitiva,
el diagnóstico de la situación es previo a la
aplicación de las políticas. El texto de Fitch-Warner
et al1 resalta un hallazgo estadístico en la
utilización de terapias cardiovasculares entre comunidades
autónomas. Según su esquema de análisis, la
falta de equidad de acceso encontrada en sus palabras, aunque
en realidad es más bien una desigual utilización de
recursos habría de superar la falta de riqueza, con la
que se asocia linealmente, para conseguir el número adecuado
el equitativo de centros de hemodinámica dotados
de sus correspondientes equipos humanos y materiales. Sin embargo,
antes de la orientación de una política tendente a
reducir las variaciones de la práctica médica o de
aumentar la equidad en el empleo de ciertas tecnologías,
habría que intentar efectuar un análisis más
pormenorizado si los datos lo permiten que valorase la
lista de posibles causas, tal como proponen Marion et
al14.
En este
contexto, si el análisis de la equidad hubiese incluido, por
ejemplo, la carga de trabajo soportada por cada centro en
relación con su carga potencial de actividad y ésta
con la de enfermedad de la comunidad autónoma de referencia,
o de la población potencialmente atendida, los resultados
podrían haber diferido. Entonces, la política
derivable de tal estudio quizá debería ser la de
informar a los cardiólogos de la existencia de los servicios
disponibles en tales unidades de hemodinámica, la de
reforzar la aplicación de las guías de
práctica médica ante un estado de salud determinado,
la de establecer criterios para la selección de los
pacientes potenciales receptores de la revascularización
mediante las técnicas citadas (recuérdense en este
punto las diferencias encontradas en el tratamiento de los
pacientes afectados por un infarto agudo de miocardio o de
insuficiencia cardiaca, cuando hay protocolos actualizados de
actuación al respecto desde hace años5,6),
la de promover ganancias de eficiencia como una manera de lograr
una mayor equidad (en el sentido de que con los mismos recursos
asistenciales se consiguiera una actividad mayor en los centros
mediante la reorganización de los servicios o la
implantación de incentivos) e incluso la de aplicar los
instrumentos de la evaluación económica para la
formulación de tales políticas, como ha sugerido
recientemente Borrás Pérez15 en este mismo
contexto. Todo ello, contando con que las comunidades
autónomas considerasen la atención mediante los
procedimientos citados como una prioridad en la hipotética
ordenación de las necesidades sanitarias antes descrita, ya
que, de lo contrario, su relación entre equidad y eficiencia
sería la adecuada para ellas, aunque no coincidiese con los
estándares de otros analistas.
Véase artículo
en págs. 1232-43
Correspondencia: Dr. F. Antoñanzas Villar.
Departamento de Economía y Empresa. Universidad de La
Rioja.
La Cigüeña, 60. 26004 Logroño.
España.
Correo electrónico:
fernando.antonanzas@dee.unirioja.es
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