Puesta al día: Prevención cardiovascular (III).
Volumen 61, Número 05, Mayo 2008
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Ejercicio, piedra angular de la prevención cardiovascular
Araceli Boraita Péreza
a Servicio de Cardiología. Centro de Medicina del Deporte. Consejo Superior de Deporte. Madrid. España.
Rev Esp Cardiol. 2008;61:514-28.
La falta de actividad física es un problema de salud pública que se reconoce como un factor independiente de riesgo de enfermedad coronaria. El riesgo relativo de la inactividad es similar al de la hipertensión arterial, la hipercolesterolemia y el tabaquismo, por lo que el sedentarismo se asocia a un aumento simultáneo de las enfermedades cardiovasculares. La práctica regular de ejercicio físico a una intensidad ligera-moderada induce una serie de adaptaciones que producen los beneficios para la salud. Diferentes estudios han mostrado una relación inversa entre ejercicio habitual y riesgo de enfermedad coronaria, eventos cardiacos y muerte. El ejercicio mejora el perfil lipídico y el control de la glucemia, reduce o previene la hipertensión arterial, la obesidad y el estrés, mejora la forma física y aumenta la longevidad. Sin embargo, la mayoría de las evidencias de sus beneficios se extraen de estudios observacionales, y aunque el
consumo máximo de oxígeno y el tiempo de ejercicio durante la prueba de esfuerzo son potentes predictores de mortalidad, no hay acuerdo en la cantidad y la intensidad de la actividad física necesaria en prevención primaria y secundaria. Por otro lado, aunque durante la realización de un ejercicio extenuante aumenta temporalmente el riesgo de infarto agudo de miocardio, el balance entre los riesgos y los beneficios es claramente favorable a éstos, aunque hay un umbral mínimo de gasto energético semanal necesario para disminuir el riesgo cardiovascular.
Palabras clave: Ejercicio. Beneficios y riesgos. Prevención cardiovascular.
INTRODUCCIÓN
La
relación entre el ejercicio y sus beneficios para la salud
es sabida, sin embargo la pérdida de actividad física
sigue siendo un problema de salud pública. La
disminución del trabajo físico ha causado peor forma
física, y este cambio de hábitos a un estilo de vida
más sedentario resulta perjudicial para el individuo y
potencialmente costoso para la sociedad, ya que se ha
acompañado de un aumento simultáneo del número
de enfermedades cardiovasculares. Los humanos, como los animales,
disminuyen la actividad física a medida que se hacen
mayores, y en la sociedad moderna el nivel de actividad
física voluntaria declina tan pronto se alcanza la madurez.
Si se tiene en cuenta la importancia del ejercicio para mantener la
salud cardiovascular y muscular, no es sorprendente que los adultos
inactivos tengan un deterioro en su capacidad funcional y en la
tolerancia a los esfuerzos físicos.
Por
otro lado, disponemos de la suficiente información en la
literatura médica que demuestra los efectos beneficiosos de
la actividad física en la salud y la longevidad1.
El ejercicio, cuando forma parte de las actividades laborales y
recreativas, tiene un efecto beneficioso en la prevención de
la cardiopatía isquémica, la disminución de la
mortalidad global y la mejora de la calidad de vida, lo que ha
supuesto que el ejercicio físico tenga un importante papel
en la prevención de numerosas afecciones y sea de gran
utilidad para retrasar los efectos negativos del envejecimiento en
el aparato cardiovascular.
EJERCICIO FÍSICO
Y DEPORTE
Actividad física y ejercicio no son términos
intercambiables, aunque con cierta frecuencia se usen de manera
indistinta e incluso se utilice como sinónimos ejercicio
físico y deporte. Actividad física es cualquier
movimiento corporal producido por los músculos
esqueléticos que tiene como resultado un gasto de
energía. Ejercicio físico es un concepto diferente,
ya que es un tipo de actividad física planificada,
estructurada y repetitiva que tiene como finalidad el mantenimiento
o la mejora de uno o más componentes de la forma
física. Por aptitud física o forma física se
entiende la capacidad de desempeñar una actividad
física de intensidad ligera-moderada sin fatiga excesiva. El
concepto de aptitud física incluye diferentes variables de
aptitud cardiovascular, respiratoria, de composición
corporal, fortaleza y elasticidad muscular y
flexibilidad1. El deporte comprende el juego organizado
que lleva consigo la realización de esfuerzo físico
que se atiene a una estructura establecida y está organizado
dentro de un contexto de reglas formales y explícitas
respecto a conductas y procedimientos. El deporte es una actividad
física e intelectual que tiene un componente competitivo y
de espectáculo e implica un entrenamiento
físico.
Los
deportes son muy diferentes entre sí, como también
los factores que limitan cada especialidad2. Atendiendo
a sus características bioenergéticas los deportes se
clasifican en: a) aeróbicos, en los que predominan
los ejercicios de larga duración e intensidad
ligera-moderada, en los que el aporte de O2 es
fundamental para obtener energía (p. ej., prueba de
maratón); b) anaeróbicos alácticos,
ejercicios de muy corta duración y muy alta intensidad en
los que el aporte energético proviene del adenosintrifosfato
(ATP) y la fosfocreatina (p. ej., el atletismo con pruebas de 50 y
60 m); c) anaeróbicos lácticos, ejercicios de
corta duración y alta intensidad (p. ej., el atletismo en
400 m), y d) mixtos, es decir,
aeróbicos-anaeróbicos (p. ej., fútbol,
baloncesto y vóleibol). Por lo tanto, comparar los efectos
de deportes diferentes puede resultar realmente difícil, ya
que los cambios metabólicos varían según la
vía energética utilizada de forma predominante, que a
su vez puede ser distinta según se trate de un entrenamiento
o de una competición3.
TIPOS DE EJERCICIO
FÍSICO
El
fenómeno contráctil es un proceso que requiere
energía, y el ATP es la única fuente inmediata de
energía para la contracción muscular. El
músculo esquelético utiliza tres fuentes de
energía para su contracción: el sistema
anaeróbico aláctico (involucrado en actividades de
duración < 15-30 s y elevada intensidad), el
anaeróbico láctico o glucolisis anaeróbica
(ejercicios de máxima intensidad y una duración de
30-90 s) y el sistema aeróbico u oxidativo (fuente
energética de forma predominante alrededor de los 2 min de
ejercicio).
El
organismo obtiene la energía a partir de la
utilización de los sustratos energéticos (hidratos de
carbono y grasas principalmente) con o sin la participación
del oxígeno (vías metabólicas
energéticas aeróbica y anaeróbica
respectivamente). La vía aeróbica es la más
rentable para el organismo (mayor producción de ATP por
unidad de sustrato) y con productos finales que no producen fatiga,
y es la vía metabólica más importante en
ejercicios de larga duración. Su limitación puede
encontrarse en cualquier punto del sistema de transporte de
oxígeno desde la atmósfera hasta su
utilización en las mitocondrias periféricas. Hay que
tener en cuenta que hay un solapamiento de estos tres sistemas
energéticos, por lo que la vía energética
utilizada predominantemente en una actividad física depende
de su intensidad y su duración. Factores determinantes en la
utilización de los sustratos energéticos son la
intensidad del ejercicio (a mayor intensidad, mayor
contribución de los hidratos de carbono a la
producción de energía), la duración (a mayor
duración, mayor contribución de las grasas), la
cantidad de hidratos de carbono previa al ejercicio y el estado
físico. En la figura 1 se pone de manifiesto cómo a
partir de cierta intensidad de ejercicio la participación
del metabolismo anaeróbico láctico es más
importante en la producción de energía, a pesar de
que el metabolismo aeróbico sigue contribuyendo al aporte
energético. Hay que notar que cuando se realiza un ejercicio
intenso, por encima del umbral anaeróbico, la máxima
concentración de lactato en sangre se obtiene una vez cesa
el ejercicio, debido a que se tarda un tiempo en aclarar la gran
concentración del ácido láctico acumulado en
el músculo.
Fig. 1.
Concentración de lactato en
sangre de un atleta de medio fondo de alto nivel español
durante un test de campo según protocolo incremental en la
pista de atletismo, con velocidad inicial de 13 km/h, incrementos
de 1,5 km/h cada 4 min y velocidad final de 22 km/h. La
lactacidemia fue similar a los valores de reposo hasta 17,5 km/h,
por tratarse de un deportista altamente entrenado. A partir de ese
momento se incrementa la concentración de lactato en sangre
y llega a 12,8 mmol/l en el esfuerzo máximo y alcanza su
valor máximo en el minuto 3 de la recuperación (14,1
mmol/l). Cortesía del Dr. Manuel Rabadán (Centro de
Medicina del Deporte. Consejo Superior de Deporte.
Madrid).
La
intensidad de un ejercicio puede expresarse en términos
relativos a la capacidad funcional de cada persona, como porcentaje
del consumo máximo de oxígeno
(VO2máx) o en equivalentes metabólicos
(MET). El VO2máx indica la capacidad de trabajo
físico de un individuo y refleja de forma general el sistema
de transporte de oxígeno desde la atmósfera hasta su
utilización en el músculo. La intensidad de ejercicio
en la que hay una mayor eficiencia respiratoria, y en la que el
aporte de energía es suministrado predominantemente por el
metabolismo aeróbico, se corresponde con el umbral
aeróbico. La intensidad de esfuerzo a partir de la cual se
incrementa de una manera importante el metabolismo
anaeróbico y no es compensado o asimilado por el organismo,
de forma que aparece la fatiga, se corresponde con el umbral
anaeróbico. En personas entrenadas éste aparece al
realizar esfuerzos físicos más intensos, lo que
significa que la persona entrenada es capaz de realizar ejercicio
de mayor intensidad sin fatigarse4. La figura 2 muestra
que un ejercicio intenso de alrededor de 1 min de duración
exige la participación del metabolismo anaeróbico
láctico. En él se puede observar que, cuando se
repite un ejercicio intenso sin tiempo suficiente de
recuperación, se produce una acumulación de lactato
en el torrente sanguíneo por falta de tiempo para aclarar la
gran concentración del ácido láctico acumulado
en el músculo. La figura 3 muestra que con un ejercicio
físico en situación de estabilidad metabólica,
en el umbral anaeróbico o por debajo de él, los
valores de lactato en sangre se mantienen constantes, incluso a
pesar de haber realizado previamente un esfuerzo físico
intenso anaeróbico láctico.
Fig. 2.
Concentración de lactato en
sangre de un atleta de velocidad de 400 metros de alto nivel
español durante un test de campo. El atleta realizó 3
bloques de series de 400 m con 10 min de recuperación entre
bloques y 4 min de recuperación entre series. Los valores de
lactato se tomaron en el minuto 3 de la recuperación de cada
serie. Entre bloques se determinó el lactato también
en los minutos 5 y 7 de la recuperación. Este gráfico
muestra que el ejercicio de alta intensidad de alrededor de 1 min
de duración exige la participación del metabolismo
anaeróbico láctico. Cortesía del Dr. Manuel
Rabadán (Centro de Medicina del Deporte. Consejo Superior de
Deporte. Madrid).
Fig. 3.
Concentración de lactato en
sangre de un atleta de fondo de alto nivel español durante
un test de campo para la confirmación del umbral
anaeróbico. Las determinaciones de lactacidemia se
realizaron a los 30 s de la serie de 600 m y de las dos series de
3.000 m, así como a los 30 s y en los minutos 3, 5, 7, 10 y
20 de la recuperación de la serie de 4.000 m. Se puede
observar, a diferencia de las figs. 1 y 2, que a esta intensidad de
ejercicio por debajo del umbral anaeróbico los valores de
lactato en sangre disminuyen al cesar el ejercicio. Cortesía
del Dr. Manuel Rabadán (Centro de Medicina del Deporte.
Consejo Superior de Deporte. Madrid).
El
ejercicio físico según el tipo de contracción
muscular se clasifica en dinámico o isotónico y
estático o isométrico. Ejercicio dinámico es
aquel en el que hay contracción y relajación
sucesivas de las fibras musculares; por ejemplo, correr o nadar.
Por sus características, suelen ser ejercicios prolongados
que se realizan con consumo de oxígeno, por lo que
también suelen ser denominados
«aeróbicos». Por ejercicio estático o
isométrico se entiende aquel en el que se genera
tensión en las fibras musculares sin cambios importantes en
la longitud muscular (como ejemplo más
característico, mantener la posición tras
levantamiento de pesas). En general son ejercicios intensos y no
suelen ser muy prolongados, en los que la utilización del
oxígeno es escasa, por lo que este tipo de ejercicios son de
predominio «anaeróbico». En realidad, en la
mayoría de los ejercicios el tipo de actividad muscular es
mixta y su clasificación se hace en función del tipo
de contracción predominante.
Las
actividades físicas pueden ser realizadas a distinta
intensidad, por lo que el coste energético cambia en
función de la intensidad y la duración. Una forma
física moderada permite realizar actividades que supongan un
gasto energético de unas 150 kcal/día, lo que
requiere realizar actividades de una intensidad entre 3 y 6 MET.
Actividades de esta intensidad son, por ejemplo, caminar
rapidamente (4,8-6,4 km/h), practicar ciclismo a 13 km/h, nadar con
esfuerzo moderado, jugar al golf, cortar el césped o
realizar la limpieza doméstica5. La tabla 1
muestra ejemplos de actividades físicas de la vida cotidiana
que suponen un gasto de unas 150 kcal/día o 1.000
kcal/semana para un varón adulto de unos 70 kg de peso. Al
tratarse de actividades que pueden ser realizadas a distinta
intensidad, la duración es inversa a la intensidad del
esfuerzo realizado. La tabla 2 muestra el tiempo necesario de
práctica de diferentes deportes para consumir 150 kcal
dependiendo del peso del individuo, el tipo de actividad y su
intensidad.
BENEFICIOS DEL
EJERCICIO
La
actividad física de tipo aeróbico, es decir de larga
duración, intensidad ligera-moderada (individualizada para
cada persona) y realizada con asiduidad, produce una serie de
adaptaciones de distinta índole (osteomusculares,
metabólicas, respiratorias y cardiovasculares) que producen
los beneficios para la salud. El entrenamiento propio de los
deportes con predominio del ejercicio dinámico y de
resistencia induce adaptaciones morfológicas y funcionales
cardiovasculares: disminución de la frecuencia cardiaca,
aumento del volumen de las cavidades y del grosor de los espesores
parietales, incremento del volumen sistólico y aumento de la
densidad capilar miocárdica (número de capilares por
miofibrilla) y de su capacidad de dilatación6.
Los estudios realizados en deportistas de diferentes especialidades
respaldan el concepto de un único tipo de hipertrofia, y han
hallado un mayor incremento de la masa ventricular izquierda en los
deportes de resistencia que en los de
potencia7,8.
Diversos estudios, realizados tanto en animales como en humanos,
han descrito adaptaciones en las arterias coronarias en
relación con la hipertrofia fisiológica. Se han
encontrado adaptaciones estructurales y metabólicas, aumento
en la densidad capilar proporcional al engrosamiento de la pared
del miocardio,aumento del calibre de los vasos coronarios,
especialmente de su capacidad de vasodilatación, y aumento
de la permeabilidad capilar6,9,10. Todas ellas van
dirigidas a mantener una adecuada perfusión
miocárdica durante la práctica del ejercicio
físico para facilitar el riego sanguíneo del
músculo cardiaco. En pacientes con enfermedad coronaria, el
entrenamiento físico mejora la función endotelial de
los vasos coronarios epicárdicos y los vasos de
resistencia11. Cortas sesiones repetitivas de ejercicio
intenso mejoran la vasodilatación dependiente del endotelio
en 4 semanas, y por otro lado el ejercicio aeróbico regular
previene la pérdida de la vasodilatación relacionada
con la edad y la normaliza en varones de mediana edad o ancianos
previamente sedentarios12. El ejercicio puede favorecer
la producción de citocinas protectoras contra la
aterosclerosis13. En pacientes con cardiopatía
isquémica, el entrenamiento mejora la función
autonómica cardiaca, que se refleja en una sensibilidad
aumentada de los barorreceptores y la variabilidad de la frecuencia
cardiaca14.
La
función autoinmunitaria también es modulada por el
ejercicio, con una relación en forma de J. El ejercicio
moderado mejora la función normal de las células
citolíticas, los linfocitos T y B circulantes y los
monocitos y macrófagos, con lo que puede disminuir la
incidencia de infecciones y de algunos cánceres. Por el
contrario, una sesión de ejercicio de alta intensidad
resulta en un marcado descenso en la función inmunitaria
celular, especialmente si se tiene una mala forma
física15-17.
En
lo que respecta a la mortalidad, la mayoría de los datos
provienen de estudios observacionales18. En uno de los
pocos estudios aleatorizados de 2 años de caminar en 229
mujeres posmenopáusicas, a los 10 años de seguimiento
no se encontraron evidencias de reducción de la mortalidad
en el grupo de intervención19. Otros estudios
observacionales, sin embargo, indican que entre quienes practican
ejercicio regularmente la mortalidad por todas las causas
está reducida20-24. En un estudio retrospectivo
de 12 años de seguimiento, realizado en 10.269 alumnos de
Harvard, los varones con actividad deportiva de intensidad moderada
tenían un 23% menos riesgo de muerte que los menos activos.
La mejoría en la supervivencia con el ejercicio fue
equivalente y aditiva a las otras medidas de estilo de vida, tales
como el abandono del hábito tabáquico y el control de
la cifras de presión arterial y el peso25. Aunque
moderados niveles de actividad física muestran beneficios
para la salud, cantidades mayores de actividad parecen mostrar
mayor protección26. Aumentos progresivos de la
actividad física han mostrado una reducción en la
mortalidad total. Los varones y las mujeres mayores de 50
años que realizan ejercicio físico intenso (carrera
continua u otras actividades aeróbicas) tienen menos
mortalidad por todas las causas que los controles con ejercicio
menos intenso. Datos procedentes del estudio de Framingham muestran
que una actividad física moderada y alta, comparada con la
de baja intensidad, incrementa la esperanza de vida de los varones
en 1,3 y 3,7 años, y se observan similares resultados en las
mujeres, en las que aumenta en 1,5 y 3,7 años27.
Sin embargo, otro estudio realizado en una población de 302
voluntarios activos (edad, 70-82 años) respalda la idea de
que el gasto energético diario medido por estudio
metabólico con agua marcada con radioisótopos se
correlaciona mejor con el beneficio en la mortalidad que el nivel
de intensidad de la actividad física
realizada28.
En
relación con su acción sobre el aparato
cardiovascular, diferentes estudios han mostrado una
relación inversa entre ejercicio habitual y el riesgo de
enfermedad coronaria, eventos cardiacos y
muerte25,29-35. El ejercicio tiene efectos beneficiosos
en el perfil lipídico (reducción de las
lipoproteínas de baja densidad y los triglicéridos,
aumento de las lipoproteínas de alta densidad), la
composición corporal, la capacidad aeróbica y la
hemostasia, con lo que disminuye el riesgo de trombosis. El
ejercicio mejora el control de la glucemia y la sensibilidad a la
insulina y previene el desarrollo de diabetes mellitus tipo 2 en
pacientes de alto riesgo36.
Los
beneficios del ejercicio son múltiples, y diferentes
estudios han puesto de manifiesto que reduce o previene la
obesidad37-40, retrasa la ganancia de peso
después de dejar de fumar41, disminuye la
colelitiasis42 e incluso tiene un modesto efecto
protector contra el cáncer43-47. En personas
ancianas mejora su estado funcional y su autonomía, previene
o retrasa el deterioro cognitivo y disminuye la incidencia de
enfermedad de Alzheimer48-51. Los efectos del ejercicio
van más allá de los beneficios cardiovasculares y se
resumen en la tabla 3.

RIESGOS DEL
EJERCICIO
El
ejercicio físico, además de las lesiones
osteomusculares, presenta otros efectos adversos, unos
cardiovasculares como pueden ser las arritmias, la muerte
súbita o el infarto de miocardio, y otros musculares como la
rabdomiolisis52. Se produce un aumento transitorio del
riesgo de muerte súbita durante la realización de un
ejercicio intenso, incluso para los varones sanos; sin embargo, el
riesgo absoluto durante un episodio aislado de ejercicio es muy
bajo, 1/1.510.000 episodios de ejercicio en el Physicians' Health
Study53. En ese estudio, durante 12 años de
seguimiento ocurrieron 122 muertes súbitas de 21.481
médicos varones que estaban inicialmente libres de
enfermedad cardiovascular. El riesgo relativo de muerte
súbita cardiaca durante un ejercicio intenso o en los 30 min
siguientes fue de 16,9 (IC del 95%, 10,5-27; p < 0,001); sin
embargo, el ejercicio habitual intenso atenuaba dicho riesgo. Lo
mismo sucede en las mujeres, como se observa en el Nurses Health
Study54, en el que durante el seguimiento de 69.693
mujeres entre 1986 y 2004 ocurrieron 288 muertes súbitas
durante un ejercicio intenso, lo que supuso un riesgo relativo de
2,38 (IC del 95%, 1,23-4,6; p > 0,01). En ellas el riesgo total
fue extremadamente bajo, de 1 muerte cada 36,5 millones de horas de
ejercicio, e igual que para los varones, el ejercicio regular
moderado o intenso tiene un efecto protector (riesgo relativo =
0,41 en mujeres que realizaban ejercicio 4 h por semana o
más, comparadas con las sedentarias).
Los
mecanismos postulados en la muerte súbita durante el
ejercicio incluyen las arritmias, especialmente taquicardia o
fibrilación ventricular, y la isquemia coronaria aguda
secundaria a rotura de la placa y la trombosis coronaria. El
espasmo coronario también ha sido descrito como mecanismo
causal en arterias coronarias enfermas. Sin embargo, el ejercicio
regular moderado o intenso tiene un efecto atenuante del riesgo de
arritmias auriculares y ventriculares durante una sesión de
ejercicio intenso, en parte por la mejora del aporte de
O2 miocárdico y la reducción del tono
simpático.
Por
otro lado, durante la realización de una actividad
física extenuante aumenta temporalmente el riesgo de un
infarto agudo de miocardio (IAM), especialmente para quienes no
realizan ejercicio de manera regular52,55,56. En un
estudio de 1.194 varones con diagnóstico de IAM, el
ejercicio intenso (actividad ≥
6 MET) intervino en el 7,1% de
los casos al inicio del infarto. El riesgo relativo (RR) durante un
ejercicio intenso o en la hora siguiente fue 2,1, más alto
en los pacientes que hacían menos de 4 h semanales de
ejercicio regular que en quienes hacían más de 4 h a
la semana (RR = 6,9 y RR = 1,3 respectivamente; p <
0,01)55. En otro trabajo, el RR durante el ejercicio fue
10 veces mayor que el riesgo en otras
circunstancias56.
Finalmente, aunque con el ejercicio intenso se han descrito
múltiples efectos perjudiciales (crisis de
broncoconstricción, hipertermia o hipotermia,
deshidratación, urticaria e incluso anafilaxia), los efectos
beneficiosos del ejercicio regular para la salud superan con creces
este riesgo.
LA FALTA DE EJERCICIO
COMO UN PROBLEMA DE SALUD
Se
considera que la actividad física inadecuada es un factor
independiente de riesgo de enfermedad coronaria. Aproximadamente el
12% de la mortalidad total en Estados Unidos está
relacionada con la falta de actividad física regular y la
inactividad está asociada con un incremento de al menos el
doble del riesgo de un evento coronario, con un RR similar al de la
hipertensión arterial (HTA), la hipercolesterolemia o el
tabaquismo57. Se estima en unas 200.000
muertes/año por cardiopatía isquémica,
cáncer o diabetes mellitus tipo 2 relacionadas con el
sedentarismo20,58-60.
Por
el contrario, la actividad física regular y la buena forma
física cardiovascular disminuyen la mortalidad total. En el
estudio prospectivo realizado por Blair et al29 para
valorar la relación entre los cambios en la forma
física y el riesgo en la mortalidad, los autores realizaron
un seguimiento de 9.777 varones durante una media de 5,1
años. Todos tuvieron dos controles de salud, con un
intervalo medio de 4,9 años, que incluía una prueba
de esfuerzo máxima para determinar los cambios o la
pérdida de la forma física. En el seguimiento hubo
223 fallecimientos por todas las causas y 87 de origen
cardiovascular. La mayor mortalidad ajustada por la edad para todas
las causas se observó en los sujetos con mala forma
física en los dos controles (122/10.000
varones-años). Por el contrario, la más baja tasa de
mortalidad se encontró en los varones con buena forma
física en ambos reconocimientos (39,6/10.000
varones-años). Entre los individuos que mejoraron su forma
entre los controles, la tasa de muerte ajustada para la edad fue
67,7/10.000 varones-años. Esto supone una reducción
en el riesgo de mortalidad del 44% (IC del 95%, 25%-59%) respecto a
los que permanecieron inactivos en ambos controles. La
mejoría en la forma física se asoció con menor
mortalidad ajustada por la edad, el estado de salud y otros
factores de riesgo de mortalidad prematura. Por cada minuto de
aumento de tiempo de ejercicio en cinta sinfín entre ambas
pruebas de esfuerzo, hubo un descenso del 7,9% en el riesgo de
mortalidad (p = 0,001). En consecuencia, este estudio muestra que
los varones que mantienen o mejoran su buena forma física
tienen menos probabilidad de morir por cualquier causa y por
enfermedad cardiovascular que los varones en mala forma
física.
A
pesar de que la población mundial se está
concienciando de esta relación y cada vez hay más
personas embarcadas en programas de ejercicio, en un país
superdesarrollado como Estados Unidos todavía un 25% de los
adultos no realizan actividad física de tiempo libre y
sólo el 15% sigue las recomendaciones de 30 min de ejercicio
moderado 5 días por semana61. Las encuestas de
población siguen indicando que los niveles de actividad
física son bajos en Estados Unidos, por lo que un reciente
estudio ha descrito la prevalencia de baja forma física en
la población de edad entre 12 y 49 años y su
relación con los factores de riesgo de cardiopatía
isquémica. Se analizó una cohorte del National Health
and Nutrition Examination Survey 1999-2002, que incluía a
3.110 adolescentes de 12-19 años de edad y 2.205 adultos de
20-49 años, libres de enfermedad cardiovascular, a los que
se realizó una prueba de esfuerzo en cinta sinfín
hasta alcanzar al menos un 75-90% de su frecuencia cardiaca
máxima teórica. Se identificó baja forma
física en el 33,6% de los adolescentes (aproximadamente 7,5
millones de adolescentes estadounidenses) y en el 13,9% de los
adultos (aproximadamente 8,5 millones de adultos); la prevalencia
fue similar en adolescentes, mujeres y varones (el 34,4 y el 32,9%
respectivamente; p = 0,40), pero fue más alta en las mujeres
adultas que en los varones (el 16,2 y el 11,8%; p = 0,03). En todos
los grupos de edad y sexo, el índice de masa corporal y el
perímetro de la cintura se relacionaron inversamente con la
forma física. El colesterol total y la presión
arterial sistólica fueron más altos y las
concentraciones de colesterol de las HDL fueron menores en el grupo
de mala forma física respecto al de buena forma
física62.
Por
otro lado, el aumento de la obesidad infantil en los países
industrializados se atribuye a la falta de actividad física,
que se está haciendo cada vez más patente en la
infancia. Llama la atención que el estilo de vida sedentario
puede comenzar en la primera infancia, como se refleja en el
estudio realizado por Reilly et al63 en niños
escoceses entre 3 y 5 años. En estos niños el
comportamiento era sedentario el 79% del tiempo a los 3 años
y el 76% a los 5 años, y el tiempo medio utilizado en
actividades físicas representaba sólo el 2% de las
horas monitorizadas a los 3 años y el 4% a los 5
años. En nuestro país, diferentes estudios apoyan la
importancia del sedentarismo en relación con la obesidad
infantil y juvenil y con el riesgo
cardiovascular64,65.
EL EJERCICIO EN LA
PREVENCIÓN PRIMARIA Y SECUNDARIA
La
evidencia de los trabajos clínicos para establecer los
beneficios del ejercicio en prevención primaria y secundaria
es inadecuada debido a múltiples factores. Los estudios
aleatorizados no tienen una buena adherencia porque, por un lado,
desde un punto de vista ético o práctico, es
difícil asignar al grupo control a los individuos activos
que realizan ejercicio de manera habitual y, por otro,
después de varios años de seguimiento el nivel de
ejercicio puede llegar a ser similar en ambos grupos.
Además, dichos estudios suelen tener pocos pacientes, por lo
que muestran un beneficio poco significativo. Por ello no todos los
trabajos llegan a las mismas conclusiones sobre el efecto del
ejercicio en la disminución del riesgo cardiovascular.
Oja66, en su revisión de 19 estudios
observacionales y 15 estudios aleatorizados de prevención
primaria en población inactiva y sana, que incluían a
varones y mujeres de mediana edad y ancianos, no encuentra una
clara correlación. Por un lado, los resultados de los
estudios transversales y longitudinales indican una gradual
relación dosis-respuesta entre la cantidad de actividad
física y todas las causas de mortalidad, accidentes
cardiovasculares y diferentes factores de riesgo coronario, con
beneficios similares en varones y mujeres. Por el otro, los
estudios aleatorizados mostraron una clara y gradual respuesta
entre cantidad de ejercicio y consumo de oxígeno, pero no
entre aquélla y los factores de riesgo. En consecuencia, la
mayoría de los beneficios del ejercicio se extraen de
estudios observacionales en los que los pacientes que hacen
ejercicio regular presentan significativamente menos
cardiopatía isquémica y un riesgo reducido de parada
cardiaca primaria67.
Existen numerosos estudios que demuestran una relación
inversa entre actividad física y energía consumida,
ejercicio físico y forma física, y el riesgo de
cardiopatía isquémica y muerte, tanto en varones como
en mujeres, de diferentes grupos étnicos y de distintos
países22,25,26,29,30,33,68-75. El beneficio del
ejercicio en relación con el riesgo de infarto de miocardio
se ha demostrado en el estudio INTERHEART68 con
pacientes de 52 países. La actividad física regular
se asoció con una odds ratio (OR) para el primer
infarto de 0,86 con un riesgo atribuible poblacional del 12%. Este
efecto beneficioso se observó en varones y mujeres, en
jóvenes y ancianos y en todos los países. Sin
embargo, no hay acuerdo en la cantidad y la intensidad de la
actividad física necesaria en prevención primaria.
Las actividades físicas de moderada intensidad incorporadas
en el estilo de vida parecen tener beneficios comparables a los
derivados de un programa de ejercicio estructurado. Se han
planteado distintos trabajos para comprobar la influencia del
ejercicio en la salud cardiovascular de diferentes colectivos, y
entre ellos cabe destacar el realizado por Sesso et al69
en la población del Harvard Alumni Health Study. En ese
trabajo se siguió durante 16 años (1977-1993) a
12.516 varones con una media de edad de 57,7 ± 9
años, con el objeto de determinar el efecto de la actividad
física en el riesgo cardiovascular. La actividad
física semanal se midió sobre la base de los
kilojulios o las kilocalorías (4,2 kJ = 1 kcal) consumidos
semanalmente subiendo escalones, metros caminados y actividades
recreativas o deportivas realizadas en el último año.
La media de actividad física fue de 8.362 ± 8.215
kJ/semana y el 74,1% de ellos realizaban actividades recreativas o
deportivas. La mayoría de la energía fue gastada en
actividades moderadas (4-6 MET) o intensas (≥
6 MET) con una
contribución del 37,4 y el 56,1% del total de energía
semanal consumida. Durante el seguimiento ocurrieron 2.135 casos de
enfermedad coronaria, de los cuales 576 correspondieron a infarto
de miocardio, 512 a angina de pecho, 207 a revascularización
coronaria y 840 a muerte cardiaca. En el modelo ajustado por la
edad hubo asociación en forma de L entre los niveles de
actividad física y el riesgo de coronariopatía, con
una reducción del 23% del riesgo para una actividad
física de 4.200 kJ/semana, y no se observó una
reducción adicional del riesgo en actividades por encima de
8.400 kJ/semana. Además, se halló que la
asociación con los factores de riesgo cardiovascular no
modificaba la relación inversa entre actividad física
y riesgo cardiovascular. Los varones de edad < 60 años
con una actividad ≥
4.200 kJ/semana mostraban
menos riesgo coronario que los inactivos. Este gasto
energético se consigue realizando todos los días de
la semana actividades como caminar deprisa, nadar o montar en
bicicleta por recreo o realizando reparaciones domésticas o
trabajos de jardinería durante 30 min al día. Ese
estudio también indica que las actividades intensas
están asociadas con reducción del riesgo de
enfermedades cardiovasculares, mientras que las actividades
moderadas o ligeras no presentan una clara reducción del
riesgo. Además, un estilo de vida físicamente activo
puede aminorar el riesgo de factores de riesgo concomitantes. En
particular, los varones de 60 o más años que
gastan ≥
4.200 kJ/semana sólo presentan pequeños incrementos
del riesgo cardiovascular en presencia de factores de riesgo
coronario. Según los resultados de este estudio, el total de
actividad física semanal (> 4.200 kJ/semana) muestra la
mayor reducción del riesgo cardiovascular. Las actividades
moderadas o ligeras, que pueden ser medidas con menos
precisión, presentan una disminución no significativa
del 10% del riesgo cardiovascular.
Por
ello, en otros trabajos como el de Lee et al72 se
utiliza la percepción individual de la intensidad de la
actividad física como criterio de valoración.
Ésta también parece afectar al riesgo, de tal manera
que los que tienen la sensación de realizar un ejercicio
moderado o intenso tienen menor riesgo cardiovascular que quienes
lo sienten como ligero o menos intenso.
Si
tenemos en cuenta la población de mujeres, hay que hacer
referencia al trabajo de Stampfer et al76, que siguieron
durante 14 años a 84.129 mujeres libres de enfermedad
cardiovascular, cáncer y diabetes. Se registraron 1.128
accidentes coronarios (296 muertes y 832 IAM no fatales). Las
mujeres de bajo riesgo (no fumadoras, con un índice de masa
corporal (IMC) < 25, que practican ejercicio moderado o intenso
más de 30 min/día, ingieren > 10 g de
alcohol/día y llevan una dieta cardiosaludable) tuvieron un
RR de enfermedad coronaria de 0,17. Teniendo en cuenta estos datos,
si toda la población fuera de bajo riesgo, se podría
haber evitado el 82% de los eventos coronarios.
En
otro estudio realizado en 70.000 mujeres posmenopáusicas,
tanto caminar como el ejercicio intenso se asociaban con una
reducción del riesgo de eventos cardiovasculares
independientemente de la edad, la raza o el
IMC73.
Sin
embargo, la forma física y la capacidad cardiorrespiratoria
tienen una fuerte y gradual asociación inversa con la
mortalidad total, tanto cardiovascular como no cardiovascular. El
consumo máximo de oxígeno y el tiempo de ejercicio
durante la prueba de esfuerzo son potentes predictores de
mortalidad. En el seguimiento de 1.294 finlandeses sin enfermedad
cardiovascular, pulmonar o cáncer durante más de 10
años, el RR de muerte mostró una relación con
el consumo máximo de oxígeno. Después de
ajustar para la edad, los años de seguimiento, el
hábito tabáquico y el consumo de alcohol, el RR en el
grupo de mala forma física (VO2máx <
27,6 ml/kg/min) fue de 2,76 para las muertes de cualquier tipo y
3,09 para las de origen cardiovascular, respecto al de varones con
buena forma física (VO2máx > 37,1
ml/kg/min). Con respecto al tiempo de prueba de esfuerzo, en el
grupo de menos de 8 min los RR fueron 3,94 y 4,54, respectivamente,
respecto a los que habían hecho más de 11
min70. La peor forma cardiorrespiratoria conlleva un
riesgo comparable en importancia al de las cifras de presión
sistólica elevadas, el tabaquismo, la obesidad y la
diabetes.
En
cuanto al tipo y la intensidad del ejercicio necesario para obtener
beneficios cardiovasculares, se evaluaron en una cohorte de 44.452
varones de entre 40 y 75 años, pertenecientes al Health
Professionals' Follow-up Study74. Durante 475.755
pacientes-años de seguimiento, hubo 1.700 nuevos casos de
cardiopatía isquémica. La actividad física
total, la carrera, las pesas y el remo se correlacionaron con una
reducción significativa del riesgo cardiovascular. Los
varones que corrían al menos 1 h/semana tuvieron una
reducción del 42% del riesgo. Los que entrenaban con pesas
al menos 30 min/semana y los que remaban al menos 1 h/semana
tuvieron una reducción del riesgo del 23 y el 18%
respectivamente. Los RR correspondientes a intensidades moderada
(4-6 MET) y alta (6-12 MET) fueron 0,94 y 0,83 respecto a la baja
intensidad (< 4 MET). Caminar 30 min/día a paso ligero se
asoció con una reducción del riesgo del
18%.
No
está claro cuál debe ser la duración de la
sesión de ejercicio para disminuir el riesgo cardiovascular;
aunque el tiempo no parece influir, sí influye la cantidad
de energía gastada en cada sesión, de tal forma que
consumir gran cantidad de energía reduce el riesgo ajustado
por la edad71. La capacidad funcional del individuo,
después de ajustarla para la edad, medida en MET durante una
prueba de esfuerzo máxima, se comporta como un potente
predictor de mortalidad en varones con y sin enfermedad
cardiovascular. Por cada MET que se incrementa la capacidad de
ejercicio, se mejora un 12% la supervivencia75.
Similares datos se hallaron en el análisis de 3.043
individuos (1.431 varones y 1.612 mujeres) del estudio de
Framingham que realizaron una prueba de esfuerzo en cinta
sinfín para determinar su utilidad para predecir enfermedad
coronaria. Los pacientes fueron seguidos 18,2 años y las
variables utilizadas para evaluar el riesgo fueron la
depresión del segmento ST, la incapacidad de alcanzar el 85%
de la frecuencia cardiaca máxima teórica y la
capacidad de ejercicio. Esta última variable presentó
el menor riesgo de cardiopatía, de tal manera que, por cada
MET que se incrementaba la capacidad de ejercicio, el riesgo se
disminuía en un 13%77. Resultados similares
obtuvieron otros trabajos realizados en mujeres
asintomáticas, en cuyo seguimiento el riesgo de
complicaciones cardiovasculares estaba en relación inversa
con la forma física expresada como tiempo de ejercicio
durante la prueba de esfuerzo78,79.
En
relación con los efectos del ejercicio en los factores de
riesgo cardiovascular, la mala forma física parece asociarse
con el desarrollo de diabetes, hipertensión y
síndrome metabólico tanto en sujetos jóvenes
como de mediana edad. En el estudio CARDIA80 se
siguió a 5.000 varones y mujeres de 18-30 años de
edad durante 15 años. Durante el seguimiento las incidencias
de nuevos casos de diabetes, hipertensión y síndrome
metabólico fueron del 0,3, el 1,3 y el 1% por año
respectivamente. Los individuos con baja forma física
(inferior al percentil 20) presentaron 3-6 veces más
probabilidad de desarrollar estos factores de riesgo que los que
presentaban buena forma física (mayor que el percentil 60).
En otro estudio realizado en una población de 9.007 varones
(edad, 44 ± 9 años; IMC, 25 ± 3) y 1.491
mujeres (edad, 44 ± 9 años; IMC, 22 ± 2), se
analizó prospectivamente la relación entre forma
física y síndrome metabólico. En el
seguimiento (media, 5,7 años) el síndrome
metabólico se desarrolló en el 15% de los varones y
el 3,8% de las mujeres, con probabilidad significativamente
más baja en los terciles de media y alta forma física
en los varones (tasas de riesgo, 0,74 y 0,47 respectivamente) y en
el tercil de alta forma física en las mujeres (tasa de
riesgo, 0,37)81.
Finalmente, en cuanto a la prevención secundaria, diferentes
estudios señalan que el ejercicio beneficia a los pacientes
que tienen cardiopatía isquémica73,82-85.
La actividad física recreativa ligera o moderada de al menos
4 h/semana o caminar más de 40 min/día disminuyen la
incidencia tanto de muerte por cualquier causa como la de origen
cardiovascular en pacientes con enfermedad coronaria82.
En un metaanálisis realizado en 2005 por Clark et
al83 se revisaron 63 estudios aleatorizados con el fin
de valorar la eficacia de diferentes programas de
rehabilitación cardiaca, con y sin ejercicio, en pacientes
con cardiopatía isquémica documentada (la
mayoría postinfarto). Esos autores observaron que el
ejercicio aislado produce una significativa reducción de la
mortalidad por todas la causas (el 6,2 frente al 9%; tasa de
riesgo, 0,72; IC del 95%, 0,51-0,95).
Las
observaciones descritas han llevado a la mayoría de las
sociedades médicas y cardiológicas a promover el
ejercicio como parte del cambio hacia un estilo de vida
cardiosaludable86,87, con lo que se reconoce que una
actividad física adecuada constituye un valioso complemento
terapéutico para el control y el tratamiento de la
enfermedad coronaria y los factores de riesgo
cardiovascular.
DIFERENTES
RECOMENDACIONES Y PAUTAS DE ACTIVIDAD FÍSICA
Ejercicio en la hipertensión arterial
En
los pacientes hipertensos, el VO2máx alcanzado
durante una prueba de esfuerzo tiene significación
pronóstica. Cifras bajas de VO2máx se
asocian de forma significativa e independiente con mayores
incidencia de eventos cardiovasculares y mortalidad total en
pacientes con HTA, por lo que el efecto beneficioso del ejercicio
va más allá de la simple disminución de las
cifras de presión arterial.
Los
programas de ejercicio con actividades de alto componente
dinámico previenen el desarrollo de HTA o bajan la
presión sanguínea en adultos con presión
arterial normal o HTA. Sin embargo, el efecto de la actividad
física en la presión arterial es más acentuado
en los pacientes hipertensos, y se reduce una media de 6-7 mmHg en
la presión arterial sistólica y la diastólica,
frente a 3 mmHg en los normotensos88. No se ha podido
demostrar que la edad, el peso y la raza influyan en el efecto
hipotensor del entrenamiento, y aunque no está clara la
influencia del sexo, la respuesta hipotensora parece ser
ligeramente menor en las mujeres.
En
cuanto a las características del programa de entrenamiento,
parece que todos los tipos de ejercicio, incluidos los ciclos con
pesas, disminuyen los valores de presión arterial en
hipertensos. Hasta el momento no parece que haya acuerdo sobre la
intensidad de ejercicio más adecuada, aunque los de
intensidad moderada producen disminuciones similares o incluso
superiores a las producidas por los de gran intensidad. En lo que
respecta al tipo de ejercicio, la mayor parte de los autores se
ponen de acuerdo sobre la efectividad de programas que incluyan
actividades aeróbicas como andar, trotar o correr, nadar,
montar en bicicleta o bailar a una intensidad moderada (un 40-60%
del máximo consumo de O2 o un 60-75% de la
frecuencia cardiaca máxima), con una duración por
sesión de 30-45 min y al menos 4-5 días por
semana88,89. Se pueden realizar circuitos de pesas, una
serie de 8-10 repeticiones por ejercicio, de intensidad entre el 40
y el 50% de una repetición máxima individual (1 RM),
de tal manera que no se sobrepasen valores de 150 mmHg de
presión arterial sistólica y 100 mmHg de
presión arterial diastólica. Los programas de
entrenamiento mixtos que incluyan tanto ejercicios de resistencia
como de fuerza, además de asegurar el efecto
antihipertensivo deseado, favorecen que el entrenamiento resulte
más ameno y disminuyen los abandonos. La tabla 4 muestra las
características de un programa de ejercicio para pacientes
con HTA.
Ejercicio en la hipercolesterolemia
La
respuesta de los lípidos al ejercicio aeróbico en
varones no entrenados parece ser independiente de los valores
previos de colesterol y puede deberse, en parte, al aumento de la
actividad de la lipoproteinlipasa. Inmediatamente después de
una sesión de ejercicio aeróbico a una intensidad
equivalente al 70% de su consumo máximo de oxígeno,
se produce una reducción del colesterol total y el de las
LDL, que vuelven a concentraciones basales a las 24 h90.
La reducción de la concentración sérica de
triglicéridos y el incremento de las fracciones HDL-C y
HDL3-C, al igual que el aumento de actividad de la
lipoproteinlipasa, se mantienen elevadas durante más tiempo
(al menos 48 h). Apenas existen estudios que demuestren el
comportamiento de los valores lipídicos durante un programa
de entrenamiento y los efectos pueden variar en relación con
la naturaleza de la dislipemia. Las altas cifras de colesterol,
triglicéridos y razón colesterol total/colesterol HDL
se correlacionan con mayores reducciones tras el ejercicio,
mientras que las bajas concentraciones de colesterol HDL se asocian
con menores incrementos en respuesta al ejercicio.
En
relación con la edad, para obtener mejoras en la lipemia los
ancianos requieren programas de ejercicio más prolongados
que los de los jóvenes. Con respecto al sexo, los
triglicéridos no difieren en su respuesta al ejercicio en
ambos sexos, pero el colesterol HDL presenta una respuesta
más atenuada en mujeres. Es un hecho que los deportistas
presentan concentraciones de HDL más altas y de LDL
inferiores a las observadas en individuos con un estilo de vida
sedentaria91; sin embargo, la intensidad a la que se
debe realizar un programa de ejercicio para obtener beneficio en el
perfil lipídico es un parámetro todavía sin
establecer. Se ha observado que, tras un período de
entrenamiento aeróbico de 12 semanas a intensidad
moderada-elevada, se producen cambios positivos en el perfil
lipídico, aunque no se ha podido determinar el límite
a partir del cual se obtienen los beneficios92. Por otro
lado, parece que tienen más importancia la frecuencia, la
duración de la sesión de ejercicio y el tiempo
empleado desde el inicio en el programa de entrenamiento a la hora
de obtener beneficios en el perfil lipídico. En general, se
recomiendan sesiones a menor intensidad y más prolongadas
para asegurar un gasto calórico suficiente. En poblaciones
jóvenes, períodos de 6-12 meses son suficientes para
lograr incrementos en el colesterol HDL, pero en los adultos de 50
años o más deben ser más prolongados, de al
menos 2 años, para lograr las adaptaciones del metabolismo
lipídico, aunque desde el inicio de un programa de ejercicio
regular muestren una mejoría del estado físico y
pequeñas modificaciones en las cifras de colesterol HDL. La
tabla 5 muestra las características de un programa de
entrenamiento para mejorar el perfil lipídico.
Ejercicio y diabetes mellitus tipo 2
Con
la edad se incrementa la prevalencia de la diabetes mellitus tipo 2
asociada con la pérdida de la masa muscular, y se estima que
al menos el 25% de su incidencia es atribuible a un estilo de vida
sedentario. Diferentes estudios han mostrado disminución de
la incidencia de diabetes mellitus tipo 2 en individuos
físicamente activos, y el estudio finlandés de
prevención de la diabetes ha estimado una reducción
del riesgo en un 58% cuando se compara a los individuos activos con
los sedentarios93.
Los
efectos del ejercicio aeróbico en el control de la glucemia
son dispares y parece que sólo ciertos subgrupos se
benefician, como los pacientes con diabetes mellitus tipo 2
tratados con dieta y con buen control de la glucemia. Los pacientes
con diabetes mellitus tipo 2 obtienen beneficios a los 12 meses con
ejercicio aeróbico (el 75% del VO2máx)
durante 45 min dos veces a la semana y una vez a la semana 25 min
de series de 2 min (el 85% del VO2máx) con
recuperaciones de 3 min (el 50% del VO2máx). El
beneficio consiste en una pérdida de casi el 50% de la grasa
abdominal y un incremento del 23% en la masa muscular, con un
descenso significativo de los valores de glucohemoglobina
(HbA1c) y un aumento en la sensibilidad a la insulina.
Además, el entrenamiento de fuerza produce un incremento de
la fuerza muscular con una notable mejoría en la
HbA1c, y hay una estrecha relación entre el
control de la glucemia y la masa muscular. Estos hallazgos
están en consonancia con la patogenia de este tipo de
diabetes, por lo que se debería incluir un entrenamiento de
fuerza en los programas de ejercicio destinados al control de la
glucemia. Un programa de 12 meses de ejercicio controlado mejora el
IMC, disminuye la HbA1c un 0,26%, la presión
arterial sistólica en 7,7 mmHg, el colesterol total en 0,33
mmol/l y el fibrinógeno en 0,28 mmol/l, mientras que la
simple recomendación de ejercicio no se acompaña de
cambios en las variables fisiológicas ni
bioquímicas93. En consecuencia, para que un
programa de entrenamiento en diabéticos tipo 2 resulte
eficaz, debe incluir ejercicio de moderada intensidad
dinámica y un alto grado de entrenamiento de fuerza, de tal
manera que se obtenga una mejoría en la capacidad
cardiorrespiratoria, la fuerza muscular y los diferentes
parámetros fisiológicos y
bioquímicos.
La
tabla 6 muestra las características de un programa de
ejercicio óptimo para diabéticos tipo 2.
Ejercicio en la obesidad
La
obesidad es un factor de riesgo coronario menor según el
estudio de Framingham, y no parece que aumente el riesgo de
mortalidad en varones en buen estado físico. El beneficio
cardiovascular que se obtiene incrementando la actividad
física es superior al del control de la dieta para reducir
peso. El entrenamiento físico asociado a dieta
hipocalórica reduce el peso corporal, preferentemente el
porcentaje de peso graso, al incrementar el gasto energético
y los índices metabólicos en reposo. La
reducción del peso se asocia con una mejoría en la
resistencia a la insulina, los marcadores inflamatorios como la
proteína C reactiva, las presiones arteriales
diastólica y sistólica y el perfil
lipídico94.
Además, la actividad física también puede
contrarrestar el aumento de masa grasa que se produce con la edad.
De hecho, las mujeres deportistas mayores tienen significativamente
menos cantidad de grasa corporal que las mujeres sedentarias de la
misma edad (el 15 frente al 27%). Sin embargo, hay que tener en
cuenta que, para que se pierda una cantidad significativa de grasa,
se requiere un programa de entrenamiento de al menos 20
min/día, 3 días a la semana, con intensidad y
duración suficientes para quemar 300 kcal por sesión.
Las actividades aeróbicas (caminar, correr, montar en
bicicleta) son las más aconsejadas y todas reducen por igual
la grasa corporal, mientras que las actividades anaeróbicas
(pesas) aumentan la masa muscular pero tienen menos efecto en la
cantidad de grasa.
CONCLUSIONES
El
balance entre riesgos y beneficios de la práctica de
actividad física es claramente favorable a los beneficios,
sobre todo cuando la práctica es regular, aunque parece que
hay un umbral de gasto energético semanal mínimo para
disminuir el riesgo cardiovascular. Las actividades físicas
de moderada-alta intensidad con un consumo ≥
1.000 kcal/semana son las que
muestran mayor beneficio. Por el contrario, el sedentarismo en
relación con la cardiopatía isquémica presenta
un riesgo un 30% superior al de la dislipemia y la
hipertensión, únicamente superado por el tabaquismo.
En consecuencia, el ejercicio debe ser considerado como la piedra
angular en la que deben basarse las modificaciones del estilo de
vida para la prevención de la enfermedad
cardiovascular.
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Sección patrocinada por el Labotarorio Dr.
Esteve
Correspondencia: Dra. A. Boraita.
El Greco, s/n.
28040 Madrid. España.
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