Controversia.
Volumen 51, Número 7, Julio 1998
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¿Es realmente útil la prueba de esfuerzo realizada después de un infarto de miocardio para mejorar el pronóstico de los pacientes? Argumentos en contra
Alfredo Bardají Ruiza
a Sección de Cardiología. Hospital Universitario de Tarragona Joan XXIII
Rev Esp Cardiol. 1998;51:541-6.
La prueba de esfuerzo está considerada como una de las exploraciones básicas en la estratificación del riesgo postinfarto. Su principal utilidad, con el objetivo de mejorar el pronóstico, sería la de identificar a pacientes de alto riesgo de eventos coronarios. En este sentido, su gran limitación es el bajo valor predictivo positivo, especialmente en los pacientes tratados con trombolíticos, lo que dificulta tomar decisiones clínicas ante un paciente determinado. Finalmente, tomar decisiones de revascularización con angioplastia o cirugía de bypass basadas exclusivamente en el resultado positivo de una ergometría no ha demostrado, por el momento, una prolongación en la esperanza de vida de los pacientes. Estas consideraciones deben hacer meditar sobre actitudes clínicas que muchas veces parecen incuestionadas
Palabras clave: Infarto de miocardio. Pronóstico. Ergometría
INTRODUCCIÓN
A pesar de la progresiva reducción de la mortalidad global de los pacientes con infarto de
miocardio que se ha venido observando en las últimas dos décadas, existen muchos
aspectos de la terapéutica que siguen siendo debatidos y, por supuesto, susceptibles de
mejora. Una de las principales preocupaciones para el paciente (y para su médico) que ha
superado los primeros días de un infarto de miocardio es cómo prevenir y cómo
evitar las complicaciones que todavía pueden ocurrir. Esta es la base de la
estratificación del riesgo post infarto, a la que se han dedicado cientos de
artículos en los últimos años 1 . En definitiva, a través de
múltiples exploraciones sencillas o complejas (electrocardiografía,
ergometría, ecocardiografía, Holter, técnicas isotópicas,
hemodinámica o electrofisiología) pretendemos valorar la función ventricular,
la isquemia miocárdica residual y la inestabilidad eléctrica potencial para poder
prevenir eventos fisiopatológicamente tan diferentes entre sí como son la
insuficiencia cardíaca progresiva, el reinfarto de miocardio o la muerte súbita.
En general, los tests no invasivos postinfarto intentan identificar a pacientes de alto riesgo
asumiendo que las bases fisiopatológicas que determinan un resultado anormal y las de los
futuros eventos coronarios son similares. Estas asunciones, sin embargo, tienen limitaciones. Por
ejemplo, la depresión del segmento ST durante una prueba de esfuerzo, hecho
fisiopatológicamente relacionado con una obstrucción coronaria significativa, no
tiene por qué estar relacionada con la muerte súbita o con el reinfarto no fatal, que
en muchas ocasiones ocurren sobre lesiones coronarias angiográficamente no significativas
2 . Además, la búsqueda de tests con mayor sensibilidad para detectar
eventos postinfarto afecta inversamente a su valor pronóstico, con lo que se limita su
verdadera aplicación clínica.
Hace cerca de 20 años, un artículo publicado por Theroux en The New England
Journal of Medicine 3 , y probablemente muchos otros artículos publicados
antes y después 1 , condicionaron nuestro pensamiento y conducta ante los
pacientes con infarto de miocardio. Efectivamente, desde entonces se ha venido utilizando la prueba
de esfuerzo para la estratificación del riesgo postinfarto, actitud además
recomendada sistemáticamente en todas las normas de actuación en la
cardiopatía isquémica 4,5 . Estas recomendaciones se basan en 2 premisas:
a) la prueba de esfuerzo sirve para estratificar el riesgo postinfarto y para identificar a
pacientes de alto riesgo, no detectables por otro lado con otros medios, y b) el paciente
identificado como de alto riesgo debe ser estudiado angiográficamente para poder ser
revascularizado con angioplastia o cirugía y mejorar así su pronóstico.
A continuación expondremos los argumentos que en nuestra opinión cuestionan la
utilidad de la prueba de esfuerzo en la estratificación postinfarto, incidiendo
especialmente en el grupo de pacientes tratados con trombolíticos. Posteriormente
comentaremos aspectos poco aclarados de las estrategias generalmente aceptadas para mejorar el
pronóstico de los pacientes con infarto de miocardio en relación con la prueba de esfuerzo.
CONTROVERSIAS EN LA ESTRATIFICACIÓN DEL RIESGO POSTINFARTO
Durante los primeros días postinfarto de miocardio pueden identificarse fácilmente
los pacientes de alto riesgo basándose en criterios clínicos como son el desarrollo
de insuficiencia cardíaca congestiva o de angina. Estas características
clínicas, así como otros datos de mal pronóstico (edad avanzada, antecedente
de infarto de miocardio previo, etc.), identifican a los pacientes con elevada mortalidad a medio
plazo, en los que la prueba de esfuerzo, además de no aportar ningún otro dato
pronóstico, generalmente está contra indicada 4 . En los pacientes sin
complicaciones, la prueba de esfuerzo puede aportar datos sobre la disfunción ventricular
subyacente (baja capacidad de esfuerzo o inadecuada respuesta tensional) o isquemia
miocárdica residual (provocación de angina o depresión del segmento ST). Sin
embargo, el resultado de una prueba de esfuerzo se ve influido por gran variedad de factores que
incluyen la selección de pacientes a los que se aplica, el momento y tipo de ejercicio que
se realiza, y otros factores como, por ejemplo, determinados tratamientos farmacológicos en
curso 6 .
En trabajos con un importante número de pacientes en los que se incluyen variables
clínicas para determinar el pronóstico postinfarto, la ergometría pierde gran
parte de su valor predictivo al realizar un análisis multivariado 7 . Un punto de
controversia frecuente es decidir en qué momento debe ser practicada la prueba de esfuerzo
postinfarto de miocardio. Este aspecto es importante, ya que una prueba que se realiza al mes de la
evolución, evidentemente sólo es practicada a los que sobreviven al cabo de un mes,
perdiendo un importante poder predictivo de eventos coronarios. Cuando se afirma que la
ergometría es útil para estratificar el riesgo postinfarto, es muy importante
analizar deteni damente los objetivos del estudio que se describen en un determinado
artículo, especialmente si son objetivos combinados. En ocasiones, existen problemas
metodológicos importantes que cuestionan toda la validez de un determinado artículo.
Por ejemplo, Jain 8 , en una serie de 150 pacientes consecutivos postinfarto a los que
se practica una ergometría máxima durante la hospitalización concluye que un
test positivo «identifica a pacientes con riesgo de eventos cardíacos que pudieran
beneficiarse de una intervención precoz». Sin embargo, el análisis del trabajo
no permite extraer esta conclusión, ya que el principal objetivo analizado era la necesidad
de angioplastia, que evidentemente se practicó en muchos casos de una forma condicionada por
un resultado positivo del test de esfuerzo.
En un metaanálisis realizado por Shaw 9 , y que recoge todos los trabajos
publicados entre 1989 y 1995 sobre la estratificación del riesgo postinfarto se concluye
que, en general, los marcadores de isquemia (depresión del segmento ST o aparición de
angina en la prueba de esfuerzo) tienen una menor sensibilidad (inferior al 44%) para identificar
morbilidad o eventos fatales que los marcadores de disfunción ventricular o insuficiencia
cardíaca (duración de ejercicio o inadecuada respuesta de la presión
sistólica). El valor predictivo positivo para muerte de origen cardíaco es inferior
al 10% en la mayoría de los marcadores no invasivos (p. ej., prueba de esfuerzo) y aumenta
algo (inferior al 20%) cuando se combinan muerte o infarto en la evolución de los pacientes.
Existen múltiples consideraciones metodológicas en la interpretación de los
estudios sobre ergometría postinfarto que limitan la valoración de su verdadero valor
pronóstico. Entre ellas se encuentra la reticencia general que existe para publicar ensayos
con resultados negativos que, por ejemplo, pueden hacer sobrestimar el efecto de un tratamiento.
Por otro lado, a menudo los médicos tienden a alterar el tratamiento como resultado de un
test anormal y es posible que esto haga disminuir la probabilidad de eventos postinfarto. Cuando se
pretende valorar la precisión en la estimación de eventos a través de un
determinado test, es importante valorar las variables conocidas que condicionan la
estimación del riesgo pretest. Por ejemplo, en un reciente estudio 10 , los datos
de una prueba de esfuerzo, una ventriculografía isotópica y un estudio Holter de 24 h
no lograron mejorar la predicción de riesgo postinfarto que los cardiólogos
responsables de los pacientes ya habían realizado con simples datos clínicos.
En una revisión muy crítica para analizar la inconsistencia de los datos publicados
en la bibliografía sobre los factores pronósticos postinfarto, Marx 11
detecta que muy frecuentemente la información facilitada por los autores es sesgada.
Sólo 11 artículos analizan el valor predictivo de una prueba de esfuerzo para muerte
súbita. En 2 de ellos, la angina durante la prueba de esfuerzo era predictora de muerte
12,13 y en otros 5 no lo era 14-18 . Con respecto a la depresión del
segmento ST, en 4 artículos era predictor de muerte 12,19-21 , pero en otros 5 no
lo era 13-16,18 .
En pacientes con infarto de miocardio sin onda Q, el test de esfuerzo tal vez podría ser de
mayor valor. Los datos de 2 estudios 13,20 que contienen un total de 196 pacientes
indican que la depresión del segmento ST es un indicador de riesgo incrementado en 8 veces
para muerte, cifra mucho mayor que lo referido para cualquier tipo de infarto. Sin embargo, este
posible mayor valor predictivo pronóstico en infartos sin onda Q debe ser probado en
estudios más amplios, ya que algunos autores propugnan la práctica de forma rutinaria
de cateterismo cardíaco y revascularización en estos pacientes 22 .
A pesar de todas estas limitaciones, en general los pacientes con infarto de miocardio no
complicado que son capaces de superar un estadio II del protocolo de Bruce sin angina ni
alteraciones electrocardiográficas tienen un bajo riesgo de recurrencias de eventos
cardíacos durante el siguiente año. Esta buena noticia para el paciente y su familia,
así como el mínimo coste de este test, son razones más que suficientes para su
práctica sistemática durante la fase hospitalaria del infarto de miocardio 23 .
ERGOMETRÍA Y TROMBÓLISIS
En los pacientes con infarto de miocardio tratados con trombolíticos, el test de esfuerzo
frecuentemente es anormal (depresión del segmento ST, elevación del segmento ST,
intolerancia al ejercicio, inadecuada respuesta hemodinámica o arritmias ventriculares). Sin
embargo, un ejemplo que describe cómo un test de esfuerzo anormal no se asocia
significativamente a eventos coronarios queda reflejado en el artículo de Stevenson
24 : efectivamente, aunque la sensibilidad para detectarlos puede ser muy alta (83%), la
especificidad es baja (25%) y el valor predictivo positivo muy bajo (17%), perdiéndose todo
el interés clínico al tener que tomar decisiones en función del resultado de
esta prueba. Una de las posibles razones por las que el test de esfuerzo no es útil en la
estratificación del riesgo postinfarto tratado con trombolíticos es que las
complicaciones de este tipo de infarto a menudo son tan precoces, incluso antes de que se haya
practicado la ergometría, que una vez ésta puede ser realizada sólo afecta al
grupo de buen pronóstico. De la base de datos del estudio GISSI-2 de trombólisis en
el infarto 25 se desprende que en este grupo de pacientes el marcador de mal
pronóstico postinfarto no viene condicionado por la positividad o negatividad en el
resultado de la prueba de esfuerzo, sino por la imposibilidad para realizarla cualquiera que sea el
motivo. La mortalidad a los 6 meses fue del 1,7% en los pacientes con un test de esfuerzo positivo
a un nivel submáximo o máximo y del 0,9% en los pacientes con prueba negativa. Estas
diferencias, en términos relativos y estadísticos pueden parecer importantes, pero en
términos absolutos son irrisorias. Sin embargo, los pacientes en los que no se pudo realizar
una ergometría, por el motivo que fuese, tuvieron una mortalidad del 7,1%. La incapacidad
para realizar una prueba de esfuerzo fue, en el análisis multivariado, la variable
independiente más importante para predecir la mortalidad en un seguimiento de 6 meses. En
otras palabras: un paciente que es capaz de realizar una prueba de esfuerzo al mes del infarto de
miocardio tiene buen pronóstico, independientemente del resultado de dicho test.
De cualquier forma, parece indudable que la isquemia miocárdica residual debiera ser un
marcador pronóstico en el infarto tratado con trombolíticos. Otros métodos,
aplicables a un mayor número de pacientes (independientemente de su capacidad de poder
realizar una prueba de esfuerzo) y de una manera mucho más precoz (segundo o tercer
días postinfarto), como el estudio Holter, podrían ser de utilidad en este sentido
26 .
ERGOMETRÍA-REVASCULARIZACIÓN-PRONÓSTICO. ¿SON CONGRUENTES TODOS LOS
DATOS?
En la bibliografía médica generalmente se habla de tratamiento agresivo (cateterismo
sistemático con angioplastia o cirugía si la anatomía es adecuada) frente a
conservador (cateterismo con revascularización sólo en el paciente con angina
postinfarto o isquemia en la prueba de esfuerzo) como estrategias para mejorar el pronóstico
de los pacientes que han sufrido un infarto de miocardio. Muchos cardiólogos clínicos
quedaron aliviados cuando se publicaron los resultados del estudio TIMI II 27 :
efectivamente, el tratamiento agresivo no era mejor que el tratamiento conservador (o incluso era
peor, aunque de forma no estadísticamente significativa).
Aunque la estrategia aplicada al tratamiento conservador (cateterismo y revascularización en
el caso de angina postinfarto o ergometría positiva) está generalmente aceptada,
algunos autores han tenido la osadía de cuestionarla. De la base de datos del estudio
GISSI-2 25 (pacientes con infarto de miocardio tratados con trombolíticos, pero
posteriormente de una forma muy conservadora en general), se conoce el siguiente dato interesante:
el 45% de los pacientes que tuvieron angina postinfarto pudieron realizar una prueba de esfuerzo
máxima limitada por síntomas al mes de evolución y en ellos, en el 66% la
ergometría fue negativa, teniendo durante la evolución posterior un excelente
pronóstico. En la discusión del artículo, los investigadores del GISSI-2
afirman: «estos datos deberían ser tenidos en cuenta en el momento de indicar una
coronariografía después de un infarto, especialmente cuando se sigue la
política aplicada en el estudio TIMI II».
Por otro lado, la necesidad de practicar una coronariografía y revascularización
basándose en una prueba de esfuerzo positiva también ha sido cuestionada por
investigadores daneses, en un estudio reciente publicado (DANAMI) 28 . Se trata de un
estudio multicéntrico y aleatorizado que incluyó a 503 pacientes en los que se
comparó el tratamiento invasivo (angioplastia o cirugía) frente al conservador
(auténticamente conservador) en pacientes con ergometría positiva tras un infarto de
miocardio tratado con trombolíticos. En este estudio el tratamiento invasivo no
demostró una mayor supervivencia de los pacientes tratados con angioplastia o cirugía
con respecto a los no revascularizados en un seguimiento medio de 2,4 años, aunque sí
existió una reducción significativa de reinfarto de miocardio o de reingresos por
angina inestable. El estudio DANAMI seleccionó a los pacientes entre 1990 y 1994 y en el
grupo tratado de forma conservadora sólo se emplearon betabloqueantes (fármacos que
han demostrado reducir la mortalidad postinfarto) en el 40% de los pacientes, no
disponiéndose de datos sobre el uso de estatinas, fármacos que son capaces de reducir
la mortalidad, el reinfarto de miocardio o la necesidad de revascularización de forma muy
significativa 29,30 .
Una vez se ha identificado a un paciente de alto riesgo para reinfarto o muerte súbita sobre
la base de la prueba de esfuerzo (con todas las limitaciones que esto conlleva, como ya se ha
comentado), el cardiólogo se encuentra ante el dilema de que no existe ningún estudio
a gran escala que evalúe la eficacia de la cirugía de bypass o de la
angioplastia para preservar la vida específicamente en los pacientes postinfarto
asintomáticos o mínimamente sintomáticos 31 . En el
metaanálisis efectuado por Yusuf sobre la eficacia del tratamiento quirúrgico en la
cardiopatía isquémica 32 , se definen grupos en los que la cirugía
ha demostrado una mayor supervivencia que el tratamiento médico. Sin embargo, esto se aplica
para la generalidad de pacientes con cardiopatía isquémica, a pesar de que el
número de pacientes postinfarto en el conjunto de estos estudios era minoritario. El riesgo
y la historia natural del paciente postinfarto de miocardio 33,34 son simplemente
diferentes a los del paciente con cardiopatía isquémica crónica estable
35,36 , por lo que tomar decisiones quirúrgicas basándose en estudios no
diseñados específicamente por este concepto podría ser erróneo. En este
metaanálisis, con todas las limitaciones que un estudio de estas características
puede tener, factores asociados a un peor pronóstico en el conjunto de la cardiopatía
isquémica, como la disfunción ventricular o una prueba de esfuerzo positiva, no
fueron predictores de un mayor beneficio relativo del tratamiento quirúrgico. Además,
los estudios que comparaban tratamiento quirúrgico y tratamiento médico fueron
realizados hace más de dos décadas, antes de que se conociera de forma precisa los
beneficios que tienen los pacientes postinfarto del tratamiento médico con aspirina,
betabloqueantes, inhibidores de la enzima conversiva de la angiotensina (cuando existe
insuficiencia cardíaca o la fracción de eyección es inferior al 40%)
37 y agentes hipolipemiantes. Sabemos de forma segura que el tratamiento médico
ha mejorado muy sustancialmente el pronóstico de los pacientes postinfarto. Es posible que
el tratamiento quirúrgico, en general, haya mejorado en la última década,
aunque si pretendemos justificar indicaciones quirúrgicas con fines pronósticos en
los pacientes postinfarto, deberíamos exigir en nuestro medio cifras de mortalidad y
morbilidad por cirugía cardíaca como las que se publicaron en los estudios que nos
sirven como referencia. El tratamiento médico complementario a la cirugía (p. ej.,
con hipolipemiantes de forma agresiva) 38 , por el contrario, sólo ha demostrado
una mayor preservación de los injertos implantados, pero no una menor mortalidad en el
seguimiento a largo plazo. Por tanto, deberíamos preguntarnos cuál sería hoy
día, y en nuestro medio, el resultado de un estudio aleatorizado en pacientes de supuesto
alto riesgo (p. ej., aquellos con ergometría positiva) tratados de forma sistemática
con todos los agentes que claramente han demostrado su eficacia (aspirina, betabloqueantes,
inhibidores de la ECA y estatinas) frente a la revascularización con angioplastia o
cirugía.
CONCLUSIONES
El exacto papel de la ergometría postinfarto y su utilidad para mejorar el pronóstico
de los pacientes to davía no ha sido aclarado. Estos datos controvertidos posiblemente
explican que la posición del Colegio Americano de Médicos haya cambiado en los
últimos años. Tanto en 1989 como en 1997 4,5 se recomienda la
práctica de una prueba de esfuerzo en el postinfarto no complicado, pero mientras en 1989
había una indicación categórica para practicar una coronariografía en
los pacientes identificados como de alto riesgo, en 1997, curiosamente, no queda nada claro
qué hay que hacer con tales pacientes. La indicación de coronariografía en el
infarto no complicado sólo se recomienda a pacientes con disfunción ventricular, ya
que la revascularización coronaria podría estar indicada en los pacientes con
enfermedad multivaso en este grupo. En los comentarios que apoyan estas recomendaciones se recuerda
el bajo valor predictivo positivo de cualquier test para isquemia miocárdica, y que los
estudios que ha aportado la bibliografía generalmente han sido de pequeño
tamaño, retrospectivos y sin una clara definición del riesgo basal de la
población estudiada.
El análisis crítico de una determinada práctica clínica nos debe hacer
reflexionar entre lo que podemos hacer y lo que debemos hacer. En una época en la que
tendemos a la medicina basada en la evidencia 39 , el tratamiento racional de la
cardiopatía isquémica requiere una integración entre la información
fisiológica proporcionada por una detallada historia clínica y el uso juicioso de
determinados tests no invasivos, la información anatómica proporcionada con la
coronariografía y la información pronóstica representada por los datos de
evolución de cada opción terapéutica. Para progresar en este objetivo, hemos
de empezar a hablar de beneficio conseguido para nuestros pacientes, más que
asignación de riesgo potencial 40 .
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