Revista Española de Cardiología Revista Española de Cardiología
Rev Esp Cardiol. 2004;57:327-30 - Vol. 57 Núm.04 DOI: 10.1157/13059725

Etimología del corazón

Javier Botella de Maglia a

a Unidad de Medicina Intensiva. Hospital La Fe. Valencia. España.

Artículo

El corazón es uno de los conceptos más importantes en medicina. Vale la pena, pues, dedicar unas líneas a reflexionar sobre el origen y significado de las palabras que usamos para referirnos a él. El propósito de este artículo es mostrar cómo a partir del sánscrito se originaron los vocablos con los que denominamos el corazón en casi todas las lenguas indoeuropeas, y cómo muchas palabras castellanas de uso corriente y otras muchas de uso médico proceden de las palabras latina y griega que designan este órgano. Por otra parte, también es intención de este escrito advertir de que algunas de las palabras que se usan actualmente para hablar del corazón y de sus enfermedades son barbarismos de los que podríamos prescindir.

EL CORAZON EN LAS LENGUAS ROMANICAS

La palabra que designa al corazón en sánscrito es hrid1. Según el médico y poeta chileno Hernán Baeza, esta palabra significa «saltador» y hace referencia a los saltos que da el corazón en el pecho en respuesta a los esfuerzos y a las emociones. En la tradición hindú se representa gráficamente el centro de energía (chakra) del corazón como un ciervo o antílope en actitud de saltar.

Al parecer, una variante de la palabra hrid, que los griegos pronunciarían krid, luego kridía y más tarde (por metátesis) kirdía, dio lugar al término griego καρδια y al latino cor1. Cuando el latín vulgar evolucionó hacia las diferentes lenguas romances, casi todas ellas denominaron al corazón con esta última palabra o con vocablos derivados de ella. Así, los valencianos, catalanes y baleares decimos cor, los franceses, coeur, los suizos de los Grisones, cor, y los italianos, cuore. La excepción es el rumano, en el que corazón se dice inima. Esta voz esdrújula, que no viene de cor sino de anima, evoca cierta relación intuitiva entre el corazón y el alma. Por otra parte, en rumano existen palabras derivadas de cor (v.g., cordial) y de καρδια   (v.g., cardiac). En esperanto, corazón se dice koro. De cor viene también la curiosa palabra inglesa core, que se usa para referirse a la parte interna del cuerpo humano y a la nucleocápside de ciertos virus.

En castellano se usó el término cor durante la alta edad media. La palabra corazón (que al principio se escribía coraçon) apareció por primera vez hacia 1100, en el Botánico anónimo de Sevilla publicado por Asín. Inicialmente, corazón debió de ser aumentativo de cor, pero luego pasó a designar a este órgano sin connotación alguna de tamaño3. Éste es el origen también del gallego corazón y del portugués coração. Notemos, de paso, que el aumentativo de corazón es corazonazo y que la expresión «tener un gran corazón» no alude al tamaño real de éste sino a la generosidad de su poseedor.

EL CORAZON EN OTRAS LENGUAS EUROPEAS

Podría pensarse que las palabras con las que se designa al corazón en las lenguas germánicas tienen un origen muy distinto. Sin embargo, no es así. La similitud con el sánscrito hrid es evidente en el antiguo godo hairtó1, el alemán Herz (en alemán suizo, Härz), el neerlandés hart, el inglés heart y las lenguas escandinavas (hjerte en danés y en noruego, hjärta en sueco y hjarta en islandés). Todas estas formas conservan la h inicial, el sonido r (que comparten con las lenguas románicas) y el sonido final linguodental en d o t.

La similitud con la variante krid es patente en el gaélico croí y el céltico chridhe.

En cuanto a las lenguas eslavas, la semejanza con el sánscrito es algo menor porque la k de krid dio paso al sonido s, pero se conserva la r central, tal como se aprecia en el ruso cepgye, (que podríamos transliterar al castellano como sierdtsie), el ucraniano cepye (transliterado siertsie), el polaco serce, el checo y eslovaco srdce, el búlgaro sartse, y en el esloveno y serbocroata srce. La pronunciación de todos estos términos eslavos es similar. Todas son palabras llanas, a excepción del búlgaro sartse, que lleva el acento tónico en la última sílaba.

El finés y el húngaro pertenecen al grupo ugrofinés y están emparentados con lenguas de la familia urálica que se hablan en el Asia septentrional. No son, por tanto, lenguas indoeuropeas. Los respectivos términos con que se designa el corazón (sydän en finés y szív en húngaro) no vienen del sánscrito ni se parecen a los vocablos que se utilizan en los países vecinos.

Obviamente, tampoco se encuentra parecido alguno en el vascuence bihotz.

Corazón se dice iló en romanó y garlochí en caló. Estas voces gitanas no se asemejan al sánscrito hrid.

EL CORAZON EN ARABE Y TURCO

Corazón se dice qalb en árabe y kalp o yürek en turco. Ninguna de ambas lenguas es indoeuropea. A pesar de la profunda influencia que la lengua y la cultura árabes han tenido en España, no parece que la raíz qalb haya participado en la formación de vocablos españoles relacionados con el corazón.

PALABRAS DERIVADAS DE CORAZON

De la palabra corazón derivan coraznada, corazonada, corazoncillo, descorazonar y corazonista. Coraznada es «guisado o fritada de corazones». Corazonada aparece escrita en 1729 y tiene al menos tres significados. En su uso más frecuente es sinónimo de «presentimiento», pero también significa «impulso que mueve a ejecutar algo arriesgado y difícil» y «asadura o despojo de la res». Corazoncillo es diminutivo de corazón pero, además, aparece en 1495 en el Diccionario español-latino de Nebrija para designar al hipérico o hierba de San Juan (Hypericum perforatum), planta de la familia de las gutíferas que se utilizó en el pasado como remedio popular para los cortes. En el mismo diccionario aparece la palabra descoraznar, que figura ya como descorazonar en 1604 en el Diccionario de la lengua española y francesa de Joan Palet. Esta palabra significa literalmente «arrancar o extraer el corazón», pero se usa más en su sentido figurado como sinónimo de «desanimar». Corazonista significó «relativo al corazón», pero es palabra poco usada salvo para referirse a la orden religiosa de los Sagrados Corazones.

PALABRAS DERIVADAS DE COR

Del latín cor derivan, directa o indirectamente, numerosas palabras del lenguaje corriente que a primera vista parecen tener poco que ver con el corazón: acordar y su forma reflexiva acordarse, acorde, acuerdo y desacuerdo; concordar, concordancia, concordante, concordato, concordatario, concorde y concordia; discordar, discordancia, discordante, discorde y discordia; corada; coraje, corajudo y corajina; coral; cordial y cordialidad, cuerdo, cordura y cordal; cordíaco; precordio y precordial; y recordar, recordación, recordatorio, recuerdo y trascordarse.

La palabra acordar procede de cor por dos vías distintas según su significado. En sus acepciones de «poner de acuerdo» (el mismo sentido que concordar) y de «decidir» o «resolver» viene del verbo accordare, y en la de «recuperar el juicio» viene de cordatus. Concordia es «conformidad, acuerdo o unión» (actualmente también significa «sortija»). Cuando hay buen acuerdo entre dos personas parece que sus corazones latan al unísono, mientras que, si no lo hay, parece como si latieran desacompasados. Esto último es lo que sugieren discordia («desacuerdo»), discordar («discrepar») y sus derivados.

Recordar es «traer a la memoria», sea de uno mismo o de otro. El prefijo re- lleva implícita la idea de repetición; en este caso es un conocimiento o experiencia del pasado el que retorna a las profundidades de la mente (en sentido figurado, el corazón). Esta relación entre la memoria y el corazón no es evidente en el castellano actual, pero sí en otros idiomas: «aprender de memoria» se dice en francés apprendre par coeur y en inglés, to learn by heart.

Corada aparece en Gonzalo de Berceo (s. xiii) como sinónimo de «entraña o asadura».

Coraje viene del francés courage y aparece hacia 1330 con el significado de «ira» (que conserva actualmente, sobre todo en el habla popular) y hacia 1440 con el de «valentía»3. El adjetivo corajudo apareció en castellano en el s. xiv, por lo tanto, antes de que lo hiciera esta segunda acepción, pero actualmente significa tanto «colérico» como «valeroso» y «esforzado». En este último sentido es como lo ha usado algún locutor de televisión para ensalzar el pundonor de los corredores de fondo y otros atletas. La corajina es un «arrebato de ira».

Coral es un adjetivo que alude al corazón cuando se usa en la expresión gota coral, que apareció en 1581 con el significado de «epilepsia». Por aquel entonces se creía que esta enfermedad la causaba un ataque al corazón. Coral es palabra polisémica, y sólo procede de cor en su sentido relacionado con el corazón (como sustantivo puede referirse a un celentéreo marino, un arbusto cubano, una serpiente venenosa o a las carúnculas del cuello del pavo, y como adjetivo se refiere también a lo relativo al coro4).

Cordial aparece en castellano en 1438; procede del latín cordialis y significa «afectuoso», no sólo en las lenguas que vienen del latín, sino también en las germánicas (en alemán herzlich, en inglés hearty). También se ha usado esta palabra para referirse a licores supuestamente estimulantes y vigorizadores del corazón; el cordial de Godfrev era una mixtura de sasafrás y opio5. Cordialidad es la «calidad de cordial o afectuoso», pero también significa «franqueza o sinceridad».

Cordíaco es sinónimo apenas usado de «cardíaco». Precordio es la «parte central del pecho que queda por delante del corazón». Precordial significa «relativo al precordio» y, cuando se utiliza en la expresión dolor precordial, indica únicamente la localización del dolor, no su carácter; el dolor no tiene por qué ser anginoso.

Cuerdo, cordura y muela cordal (la del juicio) vienen de cor a través del adjetivo cordatus (juicioso)3. Es curiosa esta relación entre la sensatez y el corazón. El mismo origen tienen acordado en su sentido de «cuerdo» y «prudente», acordar en su sentido de «volver uno en su juicio» (antiguamente también significaba «despertar» o «caer en la cuenta») y recordar en su sentido de «despertar» o «volver en sí». Este sentido de tomar consciencia es el que tienen recordar y acordar en los celebrados versos manriqueños: «Recuerde el alma dormida / avive el seso e despierte / ... / Cuán presto se va el placer / cómo después de acordado da dolor».

PALABRAS DERIVADAS DE καρδια

Del sustantivo griego καρδια proceden multitud de expresiones para referirse al corazón o a la «boca del estómago» (llamada en castellano cardias, probablemente por abreviatura de τρημα καρδιας ). De καρδια se derivó el adjetivo καρδιακος y de éste el adjetivo latino cardiacus, que dio lugar al castellano cardíaco. Este término aparece en el Vocabulario de Alonso de Palencia en 1490. En España se usa esta palabra indistintamente como llana (cardiaco) o como esdrújula (cardíaco), mientras que en Hispanoamérica se tiende a usarla en su forma esdrújula, lo que probablemente es preferible, al decir de los expertos.

Cardíaco y cardial significan «relativos al corazón». Cardíaco es adjetivo muy usado por los médicos de habla española, alemana (kardial), francesa (cardiaque) e italiana (cardiaco), pero menos utilizado por los de habla inglesa. Por ejemplo, en inglés se dice heart failure, en lugar de cardiac failure, para referirse a la insuficiencia cardíaca; sin embargo, renal failure es tan usado como kidney failure para referirse a la renal. En alemán, la relación con el corazón se indica también mediante el prefijo Herz- (p. ej., Herzinsuffizienz). Existe el adjetivo herzleidend, pero tiene más bien el sentido de «cardiópata». En castellano, cardial se usa sobre todo en la expresión asma cardial, que alude a la disnea con estertores sibilantes causada por insuficiencia ventricular izquierda retrógrada.

Las partículas cardia- y cardio- intervienen en la formación de numerosos términos cultos relacionados con el corazón5, como cardiología, cardiopatía, cardioesclerosis, carditis, pericardio, pericarditis, pericardiocentesis, pericardiotomía, miocardio, miocarditis, endocardio, endocarditis, cardioacelerador, cardiotónico, cardiodepresor, cardiografía, dextrocardia, ecocardiografía, electrocardiografía, cardiolipina, etcétera.

Para evitar confusiones entre el corazón y el cardias, en esperanto se distingue entre los prefijos kardio- (relativo al corazón) y kardjo- (relativo al cardias).

TÉRMINOS MÉDICOS OBSOLETOS

En los diccionarios médicos de hace tan sólo unos años se puede encontrar otras palabras, actualmente ya en desuso, compuestas con las partículas cardia- y cardio-. Algunas que provocarán cierta sonrisa en el médico actual son: cardiacalgia (falsa angina de pecho), cardíagra (dolor en el corazón), cardialgia (epigastralgia o pirosis), cardiámetro (instrumento para medir la distancia de los incisivos al cardias), cardiamorfia (malformación cardíaca), cardianastrofia (dextrocardia), cardianestesia (falta de sensibilidad en el corazón), cardianeuria (falta de tono en el corazón), cardiasma (asma cardial), cardiastenia (debilidad del corazón), cardiataxia (incoordinación de los movimientos cardíacos), cardiatelia y su sinónimo atelocardia (desarrollo imperfecto del corazón), cardiatrofia (atrofia del corazón), cardiectasia (dilatación del corazón o del cardias), cardiectomía (excisión del corazón o del cardias), cardielcosis (ulceración del corazón o del cardias), cardienfraxis (obstrucción de la´corriente sanguínea en el corazón), cardieurisma (aneurisma cardíaco), cardihelcosis (supuración del corazón), cardiocairógrafo (aparato con el que se pretendía sincronizar la toma de radiografías con los movimientos del corazón), cardioclasis y su sinónimo cardiorrexis (rotura del corazón), cardiodemia y su sinónimo cardiomiolipolisis (degeneración grasa del corazón), cardiodinia (dolor en la región del corazón), cardiofobia (temor a padecer del corazón), cardiofrenia y su sinónimo frenocardia (combinación de dolor precordial, disnea y palpitaciones por causa psíquica, lo que en el pasado se llamaba neurastenia cardiovascular de Herz), cardiolisis y su sinónimo cardiosquisis (operación para liberar al pericardio de adherencias con el esternón), cardiolito (cálculo dentro del corazón), cardiomentopexia (operación consistente en fijar una porción de epiplón al corazón a través del diafragma para mejorar la irrigación cardíaca), cardioncos (aneurisma del corazón), cardiotroto (herido en el corazón), etcétera.

LOS BARBARISMOS DEL CORAZON

Una de las razones por las que las lenguas evolucionan es que continuamente surgen nuevos conceptos científicos y técnicos que es menester denominar. En nuestro país se ha tendido en los últimos años a echar mano para ello de vocablos extranjeros, muchas veces sin molestarse en comprobar si existen en castellano expresiones equivalentes que se podría aprovechar.

Algunos de los barbarismos relacionados con el corazón y sus enfermedades son galicismos (p. ej., débito por gasto cardíaco, despistaje por detección sistemática, pontage por empalme y triage por tría o selección de pacientes), pero la mayoría de los que se han incorporado en el último siglo son anglicismos6 (péptido natriurético atrial por péptido natriurético auricular, angioplastia con balón por angioplastia con globo, box de coronarias por sala de coronarias, bypass por anastomosis vascular, desorden por alteración o trastorno, down regulation por regulación a la baja, emergencia por urgencia, end-point por criterio de valoración, fracción de eyección por fracción de expulsión, feedback por autorregulación, flutter por aleteo auricular, follow-up por seguimiento, hall del hospital por vestíbulo o zaguán, intranodal por intranodular, procedimiento invasivo por procedimiento invasor o cruento, nodo por nódulo auriculoventricular o de Aschoff y Tawara, rales ­frecuente en Hispanoamérica­ por estertores, randomizado por aleatorizado o distribuido al azar, taquicardia reciprocante por taquicardia por reentrada, run de extrasístoles por ráfaga o salva de extrasístoles, screening por cribado o detección sistemática, seno por nódulo sinusal o de Keith y Flack, sensar por detectar, valvulopatía severa por valvulopatía grave, shock por choque o colapso circulatorio, isquemia silente por isquemia asintomática, staff de cardiólogos por plantilla de cardiólogos, stent por prótesis endocoronaria, stress de pared por tensión de pared, versus a la manera norteamericana, es decir, con sentido de enfrentamiento entre dos o más opciones, etc.).

Hay también barbarismos que, en teoría, han dejado de serlo (p. ej., estrés en vez de agobio, rango en sentido de gama, intervalo o margen, resucitación en el sentido de reanimación cardiopulmonar y test de esfuerzo por prueba de esfuerzo) al haber sido aceptados ­quizá demasiado precipitadamente­ por la Real Academia Española. Es posible que ésta esté hoy más preocupada por «fijar» nuevos vocablos tomados del habla vulgar que por «limpiar» y «dar esplendor» a la lengua que compartimos con más de 150 millones de hablantes.

Afortunadamente, cada vez son más los médicos españoles convencidos de que es necesario hablar bien para poder entenderse. La política de pulcritud lingüística que siguen algunas revistas científicas y el éxito que tienen publicaciones como las de Navarro6,7 sugieren que actualmente el cuidado por el lenguaje se percibe como una necesidad en la medicina española. Un grupo de expertos auspiciado por la Sociedad Española de Cardiología ha emprendido la tarea de elaborar un repertorio (thesaurus) de términos relacionados con el corazón. Bienvenidos sean sus esfuerzos para que todos los médicos hablemos mejor.




Correspondencia: Dr. J. Botella de Maglia.
Císcar, 25, p. 12. 46005 Valencia. España.

Bibliografía

1. Barcia R. Diccionario general etimológico. Barcelona: Seix, 1880.
2. Baeza H. El mito del corazón. Rev Esp Cardiol 2001;54:368-72.
Medline
3. Corominas J. Breve diccionario etimológico de la lengua castellana. 3.a ed. Madrid: Gredos, 1973.
4. Real Academia Española. Diccionario de la lengua española. 21.a edición. Madrid: Espasa Calpe, 1992.
5. Diccionario terminológico de ciencias médicas. 8.a ed. Barcelona: Salvat, 1963.
6. Navarro FA. Diccionario crítico de dudas inglés-español de medicina. Madrid: McGraw-Hill Interamericana, 2000.
7. Navarro FA. Parentescos insólitos del lenguaje. Madrid: Ediciones del Prado, 2002.

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