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Vol. 55. Núm. 11.
Páginas 1169-1172 (Noviembre 2002)
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El corazón como fruto amargo o como cazador solitario
The Heart as a Bitter Fruit or as a Lonely Hunter
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Manuel Vázquez Montalbána
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Conferencia del acto inaugural del «X Simposio Internacional de Cardiopatía Isquémica», organizado por la Sección de Cardiopatía Isquémica y Unidades Coronarias de la SEC. Bilbao, 22 de mayo de 2002.

Excmo. Sr. Lehendakari, autoridades, señoras, señores, cardiólogos, cardiópatas, si los hubiere...

Los hay.

Yo lo soy, y precisamente por ello quiero reflexionar sobre la relación entre el médico y los otros, los otros como potenciales enfermos que han tenido que adaptar su relación con los brujos a lo largo de la historia consciente de la humanidad. El médico y el sacerdote han sido los intermediarios entre la vida y la muerte, es decir, con lo que antes se llamaba el misterio, palabra que está en franca decadencia a medida que la ciencia la arrincona, y ya Engels escribió que la ciencia es la historia de sus errores decrecientes. Tal vez la pérdida de shamanismo en la función del sacerdote y del médico y la comprensión de su menor o mayor funcionalidad sean las bases de la construcción de esa razón crítica indispensable para entender el sentido de la vida sin recurrir a las explicaciones sobrenaturales, dando a la palabra sobrenatural la significación que nosotros ahora podamos cederle a partir de un determinado grado de conocimiento de lo natural.

Soy un cardiópata y tal vez desempeñe en este acto inaugural lo mismo que aquel gorrino de la novela de Kazantzakis Alexis el griego. No quiero herir sensibilidades, pero les supongo a ustedes muy curtidos en cirugías como para desmayarse ante la historia del cerdo castrado que penetra en el comedor donde Alexis y sus amigos se están comiendo sus testículos, según una receta exquisita de la cocina cretense. Tal vez la actitud del animal sea de mera protesta o tal vez, más cultural; reclama que al menos el guiso haya resultado excelente, porque la cocina es la gran máscara de la operación de matar para comer. Pero creo que un cardiópata entre cardiólogos cumple tarea parecida a la del lector en relación con el escritor, hasta el punto de que Goethe dijo que toda obra literaria era fruto de la complicidad de dos sujetos creadores, el que la escribe y el que la lee. Con tres bypass a cuestas me convierto así en cómplice de ustedes y trato de razonar sobre la relación entre el enfermo y su «arreglavidas», que no es otra que un «aplazamuertes».

Es difícil establecer una relación natural entre el que sabe y el que no sabe y desde hace años sostengo que todos deberíamos tener conocimientos fundamentales sobre lo que nos supedita, nos somete a la condición de súbditos. El conocimiento de las reglas de la salud y el de la comunicación social serían los más importantes, dado que atienden alienaciones de primer grado: la establecida por la limitación física de la conducta y la inculcada por un sistema de conocimiento informativo no controlado por los receptores.

Desde los años sesenta hasta 1975, bajo las pautas de la estrategia contracultural, se inició la corriente del conocimiento participativo y por lo tanto corresponsabilizador, fundamentalmente dirigido sobre el sistema de salud generalizable en el entonces llamado Occidente y hoy llamable Norte, y sobre la información como sistema destinado a la difusión de la no verdad. Ivan Illich desarrolló una tesis sobre la expropiación de la salud, expuesta en Némesis médica (1975), que era una acusación contra el sistema sanitario oficial, y Hans Magnus Enzensberger fue uno de los más acertados críticos del sistema informativo de mercado o controlado por los entonces señores de la Guerra Fría. Tanto la lectura de Illich contra el establecimiento sanitario como la de Enzensberger sobre la información descansan sobre la idea de una participación del receptor, fuera de salud o de noticias. En la misma época (1965-1975) se establece la alternativa de la antipsiquiatría como una denuncia al anquilosamiento de la práctica psiquiátrica y un propósito de percibir la enfermedad del supuesto loco o extraño social. Una perspectiva importante de la antipsiquiatría era el papel del lenguaje como instrumento fundamental de mi novela El estrangulador, en la que el loco se apodera del lenguaje del psiquiatra y acaba por redactarle los informes, incluso el que afecta al propio loco.

No se preocupen, porque si me atrevo a quitarles el lenguaje psicoanalítico o lacaniano a los dioses para dárselo a los hombres, no me atrevería en terrenos como el de la cardiología, donde la enfermedad se concreta en los déficit de la materia corporal y no en la convocatoria polisémica de las palabras. Pero sí sería conveniente que desde la educación más elemental estuviera presente la instalación de hábitos de conducta dirigidos contra los enemigos interiores del cuerpo humano, es decir, el propio cuerpo humano. Los niños de mi edad crecimos bajo la impresión de que nuestras enfermedades eran la tuberculosis y el cáncer, y en cambio las cardiovasculares eran eminentemente norteamericanas y como casi todo en USA terminaba en un happy end.

En mi infancia de posguerra estaba de moda la tuberculosis como consecuencia de las hambrunas y de los bajísimos niveles higiénicos y sanitarios. Había sido una enfermedad esnob de músicos y escritores y una plaga exterminadora entre las capas populares, lo que no impedía que en aquellos años cuarenta diera paso a un cierto culto social banalizador, como Las Campañas pro Cama del Tuberculoso Pobre, tal como suena, o incluso transgresor, como la canción infantil que pregonábamos por las escaleras de los colegios en el momento de la liberación, de letra anónima y música de himno norteamericano de película, naturalmente, en technicolor:

Somos los tuberculosos

Los que más, los que más nos divertimos

Y en todas nuestras reuniones

Arrojamos, arrojamos y escupimos.

Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas (1977) partía de la tesis de que la tuberculosis se beneficiaba de una idea romántica de la enfermedad, como si hubiera sido diagnosticada a la medida de Chopin y sus cicatrices de neumotórax, y que el cáncer en cambio estaba al servicio de una filosofía simplista del mundo, ya desde el maniqueísmo que hay cánceres malignos y benignos. «Son los grupos de extrema derecha ­--escribía Sontag--­ los que apoyan con mayor entusiasmo curalotodos como laetril, porque a estos grupos las curas milagrosas les vienen muy bien, como la creencia en los ovnis.» Controlada la tuberculosis, de pronto apareció el cáncer como una plaga del crecimiento y la modernidad, enfermedad tan incontrolable que parecía surgir otra vez de los pozos más profundos de la impotencia o la condena humana. Hemos inventado el lenguaje para poseer el sentido de las cosas y poder defendernos de ellas, como si al mencionarlas actuara un conjuro metabolizador: tierra, aire, agua y fuego. Pero cuando la amenaza de lo otro es demasiado terrible, el lenguaje no sirve para crear ni siquiera la ilusión de posesión y defensa. Por eso las capas populares se negaron durante décadas a llamar cáncer al cáncer y se empleó la redundancia «mal malo» para no emplear las palabras «irremediable» e «incontrolable».

Ya no presente en las primeras páginas, aunque no por ello erradicado, el cáncer dejó paso al sida como mercancía informativa privilegiada, debido a su condición de mal simbólicamente expiatorio que venía a condenar a una humanidad capaz de inventar la minifalda y la píldora anticonceptiva.

Observemos que tras una década de renovadas expectativas de liberalización como fueron los años que van de 1965 a 1975, en los que se inventaron los fusiles con claveles, los cerebros convertidos en floreros, las revoluciones blandas y la sexualidad libre, los años setenta representan en cambio el exterminio de la izquierda en el Cono Sur latinoamericano, la crisis del petróleo, el decreto del grado cero del desarrollo, el pánico en el mercado del trabajo y finalmente el sida. Palabras como «esperanza» o «futuro» desaparecieron de los vocabularios y todos nos vimos apabullados por lo que Leonardo Sciascia llamó «el presente como Inquisición». Susan Sontag reaparece en 1988 con El sida y sus metáforas para denunciar que al sida le han dado el carácter de peste merecida por una humanidad pecadora y acentuar así la idea de Apocalipsis fin de siglo, fin de milenio, fin de Historia paralizadora del sentido dialéctico de lo político y lo histórico. Estrenábamos la posmodernidad destruidas las ideas fundamentales de progreso, vinieran del optimismo capitalista, vinieran del optimismo marxista, y la desconfianza hacia el progreso significó la instalación en el cinismo de supervivientes deterministas, cerebros y estómagos entre el agradecimiento por las sobras y el pánico ante anunciadas escaseces.

Queda el sida ahora como mercancía de quinta o sexta página y hay que constatar que, cuando las enfermedades de moda pierden estatus informativo, reaparece el corazón como víscera preocupante. Corazón y cerebro recuperan la evidencia de eje vital y el primero se muestra amenazado por una idea de progreso relacionada con la de acumulación de consumo de lo innecesario y de pérdida de pautas de vida aconsejables para el cuerpo y el espíritu. Si se puede llegar a una crítica de la globalización desde la perspectiva del globalizado, no del globalizador, tal vez sean los cardiólogos, entre otros propietarios de saberes fundamentales para la vida, los que deberían convertirse en sociólogos críticos de una organización de la producción y las relaciones entre los humanos y la naturaleza, que deja al corazón solo ante el peligro y en manos de las estadísticas emanadas de los ambulatorios, adonde los cardiópatas vamos en busca de una moratoria, ya que no de una enmienda a la totalidad.

Dicen las estadísticas que más de un 40% de las muertes acontecidas en España se debe a enfermedades cardiovasculares, sin que esté claro si ese elevadísimo tanto por ciento se llena de cardiópatas inesperables o de cardiópatas en el poniente biológico: de algo han de morir. Los dietólogos han opuesto la dieta mediterránea o la dieta sin grasas a una alimentación de fast food fomentadora de cardiopatías, y la lucha contra el tabaquismo está dictada a medias por un propósito de mejor salud y a medias por el abaratamiento de los costes que la sanidad pública debe afrontar a causa de enfermedades causadas por el tabaco.

Creo percibir en las maneras de algunos médicos un cierto puritanismo ético que les incita a tratar al enfermo como un pecador laico que ha incurrido en excesos impropios para una naturaleza tan precaria, habida cuenta de que en seis días de creación de todo lo existente no se puede garantizar la no presencia del colesterol. Hay ojos exterminadores, afortunadamente todavía escasos, en algunos médicos o demasiado teologales o demasiado agnósticos como para comprender que hemos venido a este mundo a la vez para tomar un whisky de vez en cuando, preferiblemente un Springbanck de treinta años, y para sufrir el colesterol como sufrimos de brevedad de vida, de estafa biológica. En todo conocimiento humano y en su aplicación debería establecerse un equilibrio entre geometría y compasión, entre la suprarracionalidad y el afecto por el perdedor.

Si palabras como «tuberculosis» o «cáncer», como metáforas de fracasos absolutos, aterrorizaron a la humanidad, sobre todo a los pobres, la palabra «corazón», ese trágico amigo-enemigo interior que nos permite asistir a congresos como éste, tal vez se beneficie de su condición de metáfora literaria, como si la antigua idea de que la vida dependía exclusivamente del corazón fuera inspiradora de seducciones y masoquismos que no suscitan otras enfermedades. La utilización de la palabra «corazón» es frecuente en Literatura y omnipresente en la en otro tiempo llamada canción ligera. Corazón se titula el libro pedagógico por excelencia entre fines del siglo XIX y mitad del XX, obra de Edmundo D´Amicis, publicista que quiso proponer un canon de educación sentimental y patriótica para los italianos que estrenaban entidad estatal y que se convirtió en un libro para niños en el mundo entero. Cuore formó parte de nuestra educación sentimental y persistió lo suficiente como para convertirse en materia de análisis para Umberto Eco, en su primera etapa de joven cofundador de la semiología. Esclava de la asociación, la víscera corazón y el sentimiento como materia de sentimiento, la obra de D'Amicis merecía el análisis de congresos de cardiólogos y analistas literarios, reunión mestiza de la que podrían derivarse conclusiones imprevisibles para la historia de la humanidad. Desconozco si el corazón ha servido como signo para otras artes, aunque a veces aparezca como escultura o bajorrelieve en cementerios norteamericanos, pero sin llegar a la entidad alcanzada por el hígado, víscera que mereció la construcción de un monumento a cargo del primer alcalde socialista de El Ferrol, en la actual democracia española.

El corazón aparece como metáfora en El corazón de las tinieblas, de Conrad, como imagen del núcleo mismo de la oscuridad o como simple enunciado el «El corazón de piedra» o «El corazón del asunto» o «El corazón destrozado», uso referencial poco brillante. En cambio la palabra es capaz de propiciar títulos tan poéticos como El corazón y otros frutos amargos, de Ignacio Aldecoa, o El corazón es un cazador solitario de Carson Mc Cullers, el primero al frente de uno de los mejores libros de cuentos de la literatura española del siglo XX y el segundo al servicio de la poética del amor y del desamor de la autora de La balada del café triste. Para Aldecoa, el corazón es uno de los posibles frutos amargos y para la Mc Cullers un activo cazador ensimismado y solitario, demasiado escondido a veces para obtener las piezas deseadas. Sería muy interesante que ustedes los cardiólogos iluminaran con su conocimiento el uso de Aldecoa y el uso de la Mc Cullers. ¿Puede alcanzar una víscera motora la condición de fruto amargo responsable del fracaso de los sentimientos? ¿Puede el corazón ser el sujeto activo de la cacería del amor o del desamor?

Ustedes no han conseguido erradicar el uso metafórico de la palabra «corazón» a pesar de que los descubrimientos científicos técnicos suelen condenar a obsolescencia a las palabras de significantes excesivos. Desde que la Luna quedó al alcance de los telescopios y de los cosmonautas, ha desmerecido mucho como símbolo literario y nadie se atrevería a escribir hoy en día canciones como «La Luna y el toro» o «La Luna se llama Lola» o «La Luna y el Sol», o se arriesgaría a suponer que la Luna es una mujer, «Luna Luna lunera», «Luna de España», siempre vigilada por el Sol.

Por si la Luna le engaña

¡Ay!, le engaña, porque

porque en cada anochecer

después de que el Sol se apaga

sale la Luna a la calle

con andares de gitana.

En cambio el progresivo saber científico y técnico sobre los desmanes del corazón no ha conseguido quitarle la palabra a autores como Javier Marías, capaz de escribir una novela El corazón tan blanco o a los canzonetistas que prosiguen en la línea ya clásica de suponer que el alma, el corazón y la vida son las tres cosas más importantes en la relación entre el hombre y la mujer: corazón para quererte, alma para conquistarte y vida para vivirla junto a ti.

Señores cardiólogos: ¿se quiere con el corazón?, ¿se quiere con el cerebro?, ¿se quiere con la memoria? o ¿se quiere desde la mayor o menor capacidad de autoengaño? No creo que este congreso haya sido convocado para llevar la contraria a la poesía, la novela y los boleros, porque si desmitificamos sistemáticamente, llegaríamos a la más geométrica racionalidad incapaz de la compasión y bien está que los boleros, en los que se glosa el corazón como una esponja sentimental, sirvan incluso como sintoní a de congresos de cardiología, nada menos que dedicados a la cardiopatía isquémica.

En el territorio de lo político, desconfío de las reuniones en la cumbre, tan costosas para los presupuestos generales, porque no hay cumbre política que resuelva lo que ya han resuelto o no resuelto el teléfono, el fax, Internet o el cálculo de probabilidades. Los congresos políticos suelen ser representaciones teatrales para que la audiencia asista al espectáculo y ponga el voto en la gorra del organizador. En cambio, los congresos de médicos son lugares de reunión y exposición de saberes ensimismados y distanciados que convierten el encuentro en una encrucijada para sabidurías y prácticas por encima de obstáculos que a veces representan las industrias de la salud, pendientes de la ley de mercado.

Desde mi simple condición de cardiópata cómplice, les doy la bienvenida a este Bilbao redescubierto por la nave especial de la Guggenheim. Les insto a sorprenderme. A que cualquier día de éstos descubran cómo resucitar mi ventrículo muerto o cómo compartir la condición de cardiópata con la del partidario del bacalao al pil-pil.

A la espera de ese inmediato futuro en el que podamos comprar corazones artificiales en las rebajas de El Corte Inglés, Galerías Lafayette o Macy's, mientras canturreamos un esperanzador chachachá,

Corazón de melón, de melón, melón, melón...

...que ustedes salgan de este congreso más sabios de lo que entraron, y yo más sano y así podré superar mi complejo equivalente al del cerdo de la novela de Kazantzakis y daré por buenos mis tres bypass.





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