ISSN: 0300-8932 Factor de impacto 2024 4,9
Vol. 79. Núm. 3.
Páginas 193 (Marzo 2026)

Viaje al corazón de las palabras
Constantes vitales

Fernando A. Navarro
https://doi.org/10.1016/j.recesp.2025.09.007

Opciones

El poso de la historia ha ido dejando en nuestro lenguaje especializado multitud de términos que, cuando uno los examina bajo la lupa de la corrección lingüística, se muestran claramente defectuosos. Pero que usamos todos, sin excepción, y entendemos sin problemas; por lo que no impiden ni dificultan la comunicación entre especialistas. Son, podríamos decir, errores consagrados por el uso y aceptados sin ambages por la comunidad médica internacional. Es el caso, por ejemplo, de anemia, Haemophilus influenzae, mareo, páncreas y vitamina.

  • 1.

    El significado etimológico de ‘anemia’ es diáfano para cualquier médico, pues se forma anteponiendo el prefijo privativo an- (no, sin) al elemento compositivo griego -haimía (sangre): «ausencia de sangre», pues. ¡¿Cómo que «ausencia de sangre»?! ¿Acaso no tienen sangre los anémicos? ¡Claro que tienen sangre! Lo que no tienen, o más bien tienen poca, es hemoglobina en la sangre; ya sea porque tengan pocos glóbulos rojos, porque tengan reducido el valor de hematocrito o porque la concentración de hemoglobina en los eritrocitos sea menor de lo normal. En ese caso, el nombre de tal estado patológico parece claro: debería ser ‘hipohemoglobinemia’, ¿no? Debería ser, sí, pero el caso es que no es: todos los médicos del mundo, sin excepción, decimos ‘anemia’ y nos entendemos bien así.

  • 2.

    En 1892, cuando la pandemia de gripe rusa daba sus últimos coletazos en Europa, el bacteriólogo alemán Richard Pfeiffer logró aislar en el laboratorio berlinés de Robert Koch, a partir del esputo de un paciente griposo, un cocobacilo gramnegativo que denominó Bacillus influenzae, por considerar que era el microbio causal de la gripe o influenza. Adscrito en 1896 al género Haemophilus, la bacteria ha conservado su nombre hasta hoy, pese a que desde hace casi un siglo sabemos que el auténtico microbio causal de la gripe no es Haemophilus influenzae, sino un virus.

  • 3.

    Como derivado directo evidente de la palabra ‘mar’, la lógica nos dice que el mareo debería afectar en rigor solo a quienes viajan en barco por mar. Ocurre a menudo, no obstante, que la etimología está reñida con la lógica, y hoy los hispanohablantes igual podamos marearnos en barco que en coche, en tren o en avión. Algo impensable para quienes hablan inglés, que dentro de la cinetosis o travel sickness distinguen claramente entre sea sickness, car sickness, train sickness y air sickness.

  • 4.

    A partir del griego pan, pantós (todo: panarteritis, pancitopenia, pandemia…) y kreas, kréatos (carne: creatina, creatinina, creatinuria…), la cosa parece clara: páncreas significa «todo carne». Pero si ‘carne’ es la parte muscular del cuerpo (la creatina, por ejemplo, se llamó así por ser fundamental para la contracción de las fibras musculares), convendremos en que el páncreas en realidad no tiene nada de carne. Su nombre es un disparate etimológico, pero consagrado por el uso en casi todas las lenguas de cultura.

  • 5.

    En 1912, un investigador polaco en Cambridge, de nombre Casimir Funk, acuñó en inglés el término vitamine para referirse a una amina o sustancia nitrogenada que él mismo había descubierto y consideraba esencial para la vida. Poco tiempo después del artículo de Funk, no obstante, se supo que las vitaminas ni son esenciales para la vida, ni tan siquiera son aminas. El problema era serio; por un lado, el nombre vitamine ya se había impuesto entre la comunidad científica; por otro, si a ese neologismo le quitamos, por impropias, las partículas vita- y -amine, se nos queda en nada. En 1920, tras descubrirse la vitamina C (que tampoco es una amina) y a instancias de Jack C. Dummond, los ingleses decidieron eliminar la e final y acortar el nombre a vitamin, con lo que desaparecía por lo menos la equívoca asociación con las amines o aminas. Para nosotros, en cambio, poca utilidad tiene tal solución, pues tanto vitamine como vitamin dan en nuestro idioma ‘vitamina’. Nos hemos quedado así con un nombre de lo más ilógico; claro que, bien mirado, ¿quién ha dicho que el lenguaje —incluido el de la ciencia— haya de ser por fuerza lógico?

Toda esta introducción permite enmarcar y entender mejor el caso de otro más de estos errores consagrados por el uso; en esta ocasión, de amplio uso en el ámbito de la cardiología. Llamamos en español constantes vitales a la temperatura, la frecuencia respiratoria y el pulso —en ocasiones, también a la presión o tensión arterial—. Dado que tales valores no son constantes, sino todo lo contrario, variables, es evidente que el nombre que les damos resulta impropio. Hoy por hoy, no obstante, parece improbable que los médicos nos decidamos a abandonar el término tradicional de uso abrumador para pasar a usar la forma más lógica variables vitales.

En toda América, por cierto, suelen llamar a las constantes vitales signos vitales (por calco obvio del inglés vital signs), pero tampoco me parece que el nombre resulte más adecuado ni más claro. Fundamentalmente, porque existe un riesgo importante de confusión con los auténticos signos vitales (que en inglés llaman signs of life), como el reflejo corneal, el llanto y el movimiento.

Fernando A. Navarro

Consejo Editorial,Revista Española de Cardiología

Obras de referencia recomendadas:

Diccionario de dudas y dificultades de traducción del inglés médico (4.a edición), 2022-2025; en la plataforma Cosnautas disponible en: www.cosnautas.com/es/catalogo/librorojo.

«Laboratorio del lenguaje» de Diario Médico, 2006-2025, disponible en: www.diariomedico.com/opinion/fernando-navarro.html.