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Vol. 56. Núm. 11.
Páginas 1145-1146 (Noviembre 2003)
DOI: 10.1157/13054043
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Dr. Manuel Quero Jiménez
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Pedro A Sáncheza
a Hospital Ramón y Cajal. Madrid. España.
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«He andado muchos caminos,

he abierto muchas veredas...»

Estos sencillos versos de Antonio Machado sirven para enmarcar la trayectoria profesional del Dr. M. Quero, iniciador de la moderna cardiología pediátrica española.

Manolo Quero, como le gustaba que lo llamaran amigos y compañeros, nació hace 62 años en Andújar (Jaén), donde su padre ejercía como médico. Estudió el bachillerato en el Instituto Ramiro de Maeztu y medicina en la entonces llamada Universidad Central. Alumno interno en la cátedra del Prof. D. José Casas, hizo sus primeros pinitos cardiológicos con el Prof. Pedro Zarco, trasladándose luego al Children's Hospital de Londres, donde adquirió una sólida formación en cardiología pediátrica bajo la dirección del Prof. Bonham-Carter. Continuó sus estudios en la Universidad de Harvard, Boston, con los Dres. Nadas y Van Praagh.

A mediados de los años sesenta, en el Hospital Infantil La Paz, de Madrid, junto a Víctor Pérez Martínez y, algo después, Felipe Moreno, puso en marcha la primera unidad hospitalaria española de cardiología pediátrica. Con medios muy precarios (el fonendoscopio, un viejo electrocardiógrafo y el apoyo radiológico) y un tesón indomable, comienza a desarrollar una fructífera labor que no tarda en alcanzar justo reconocimiento. Puede afirmarse, sin temor a pecar de exceso, que allí se fundó la moderna cardiopediatría española. El desbordante entusiasmo inicial hace que, al tiempo, otras unidades comiencen también su andadura, especialmente en Barcelona (Dr. Roca Llop) y Bilbao (Dres. Cabrera y Azkuna).

Con una infatigable capacidad de trabajo, atrae a su lado a jóvenes cardiólogos y pediatras, con los que pone en pie las bases estructurales de la asistencia clínica a los niños cardiópatas. Permanece en el hospital hasta el anochecer y no son escasos los días en que descansa sólo unas pocas horas en un sillón o una camilla de reconocimiento. No abandonará este hábito de trabajo exhaustivo durante muchos años y lo continuará en el Hospital Ramón y Cajal, adonde se traslada en 1977 para dirigir el Servicio de Cardiología Pediátrica. A mediados de los años ochenta, tuvo fuerzas suficientes para simultanear su ingente labor con la dirección del centro.

Desde el primer momento considera necesaria la colaboración de cirujanos cardiovasculares para poder ofrecer una asistencia integral medicoquirúrgica. Con la ayuda de su impulso, los Dres. Álvarez Díaz, Brito y Lozano inician también la renovación de la cirugía de las cardiopatías congénitas, en un trabajo conjunto con los cardiólogos pediatras.

Una vez sentadas las bases asistenciales, vuelca su interés en la investigación. Sus trabajos sobre variantes morfológicas de las malformaciones cardíacas y la correlación anatomoclínica le granjean un amplio reconocimiento internacional, que aumenta considerablemente con el paso de los años hasta el punto de ser referencia obligada en la literatura médica. Su tesis doctoral (cum laude) sobre el corazón univentricular y la clasificación de las cardiopatías congénitas sirvieron de base a numerosos estudios posteriores.

A mediados de los años setenta, se propone alcanzar un reconocimiento oficial para esta área de la cardiología y consigue, no sin reticencias y oposición, que se cree la Sección de Cardiología Pediátrica de la Sociedad Española de Cardiología, de la que es su primer presidente. Alcanza igual objetivo en la Sociedad Española de Pediatría y, a finales de la década, logra que el Consejo Nacional de Especialidades Médicas apruebe la acreditación específica de cardiología pediátrica, primer paso para que se reconozca como especialidad. El cambio de gobierno, desgraciadamente, congela el acuerdo en los meandros burocráticos, y sólo años más tarde llega la aprobación oficial definitiva.

Su entusiasmo por la enseñanza de la especialidad fue modélico en muchos sentidos. Creó la primera escuela española de cardiología pediátrica y continuó su labor incansable hasta la actualidad. Bajo su dirección se han formado cerca de un centenar de especialistas, repartidos hoy día por medio mundo, principalmente en España e Iberoamérica.

De carácter afable y ajeno por completo a los imperativos impuestos por la fama, atendió siempre con cariño y sencillez a cuantos se le acercaron para recibir consejos y enseñanzas o, simplemente, para observar su actitud clínica y profesional. Por esta particular manera de ser, fueron innumerables los que gozaron de su afecto y bonhomía.

Nunca hicieron mella en él las tradicionales envidias, verdadera lacra de la convivencia en nuestros pagos, a las que no es ajena la comunidad científica. Muy al contrario, reaccionaba con humildad y pasaba la consigna de que quizás podía existir algo de razón en la crítica negativa, por lo que era preciso trabajar más firme para intentar borrar los posibles defectos. Hacía igualmente oídos sordos a las maledicencias, algunas con intención injuriosa e iconoclasta tras apartarse de manera voluntaria de puestos directivos, pero le herían especialmente las traiciones: le era muy difícil soportar que en su familia científica pudieran existir mezquindades.

En 1973 publicó el que puede considerarse el primer manual-guía de habla española para formación de especialistas. Consolidado su prestigio internacional, fue invitado a formar parte del comité editorial de la mayoría de las revistas relacionadas con la cardiología pediátrica. Sus cerca de 300 publicaciones, muchas de ellas princeps, dan fe de la incomparable labor que llevó a cabo a lo largo de su vida. Será difícil que se repita un espíritu como el suyo: el vacío que deja es, por el momento, imposible de llenar. Somos muchos los amigos y colegas que vamos a lamentar por largo tiempo su desaparición. Para volverlo a encontrar en los páramos que la ausencia levanta, será necesario redoblar los esfuerzos en el trabajo diario para, así, poder seguir su estela y ser capaces de dialogar con él desde la memoria dolorida.

Y tú, sin sombra ya, duerme y reposa,

larga paz a tus huesos...

El Dr. Manuel Quero, uno de los más prestigiosos cardiólogos españoles, falleció el pasado 22 de agosto en Collado Mediano (Madrid).

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