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Vol. 59. Núm. 1.
Páginas 84 (Enero 2006)
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Miguel Iriarte Ezcurdia
Miguel Iriarte Ezcurdia
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Ignacio J Ferreira Monteroa
a Zaragoza. España.
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Recientemente ha fallecido Miguel Iriarte y parece justo recordar este luctuoso hecho desde las páginas de Revista Española de Cardiología. Miguel Iriarte fue durante muchos años un miembro numerario de nuestra sociedad y durante este largo trayecto dejó sobradas muestras de su personalidad irrepetible en sus vertientes profesional, académica y personal o humana.

Concluida la licenciatura en Medicina y Cirugía por la Universidad de Valladolid, su formación cardiológica inicial tuvo lugar en el Instituto Nacional de Cardiología de México, al que Miguel Iriarte acudió llamado por el prestigio que esta institución alcanzara en los años de la inmediata posguerra mundial, gracias a la genialidad de su fundador, Ignacio Chávez, que supo rodearse de colaboradores muy prestigiosos: Cabrera, Carral, Costero, Espino-Vela, Fishleder, Sodi-Pallarés, etc. Todos ellos alcanzarían la singular categoría de grandes maestros de la cardiología, gracias a sus aportaciones científicas y también por la amplia resonancia que lograron en todo el mundo a través de sus discípulos, muchos de ellos españoles. De vuelta a su Bilbao natal, a finales de la década de los años cincuenta, dirigió la cardiología clínica y la investigación en el Instituto de Cardiología Eliseo Migoya de la Fundación Vizcaya Pro-Cardíacos. Era «Pro-Cardíacos», como popularmente se denominaba, una institución privada que debido al prestigio de Miguel Iriarte quien, liderando a un pequeño grupo de entusiastas cardiólogos, lograría ser en pocos años un importante foco de atracción para muchos médicos que allí realizaron su formación cardiológica o la completaron. Tuve la fortuna de ser uno de ellos cuando, recién terminado mi internado en la Casa de Salud Valdecilla de Santander, acudí a realizar mi tesis doctoral bajo la sabia dirección de Miguel Iriarte. Las largas jornadas de trabajo en «Pro-Cardíacos» que tuve la fortuna de vivir y compartir con algunos de los que después citaré me permitieron valorar la categoría profesional y humana de Miguel Iriarte. Durante medio año fui testigo de su gran talla como cardiólogo, así como de su vocación clínica muy volcada a la docencia y, sobre todo, de su talante investigador, siempre dispuesto a profundizar en el conocimiento fisiopatológico del corazón. De entonces a acá, el entusiasmo de Miguel nos contagió a muchos, que por ello nos consideramos sus discípulos, como Aguirre, Arias, Arruza, Ayerbe, Azcuna, Barrenechea, Bobío, Bóveda, Cabrera, Cobo, Gárate, Gil de la Peña, Hernández, Lekuona, Molinero, Nekane Murga, Navarro-Salas (†), Sagastagoitia y Vázquez, entre otros. Tras unos pocos años como jefe de servicio de cardiología en el Hospital de Cruces de Baracaldo, recaló en el Hospital Civil de Basurto, en el que continuó su ingente labor clínica, docente e investigadora como jefe del Servicio de Cardiología de ese prestigioso hospital universitario. Fue también catedrático de cardiología de la Universidad del País Vasco, donde generaciones de estudiantes recibieron de él su formación cardiológica. Miembro destacado de la Sociedad Española de Cardiología, durante medio siglo ha sido referente ineludible de la cardiología en el País Vasco y en el resto de España. Fue presidente del XXI Congreso de la Sociedad Española de Cardiología celebrado en Bilbao en 1988. Su inquietud investigadora, muy amplia, brilló inicialmente en el estudio semiológico de las cardiopatías congénitas. A él se debe la primera descripción en España de la «variedad diastólica ruda» de la persistencia del conducto arterioso. Iriarte pudo demostrar entonces por medio de la fonocardiografía intracavitaria que el soplo diastólico en esta afección no era debido a insuficiencia pulmonar. Otras destacadas líneas de investigación fueron la insuficiencia cardíaca con función sistólica conservada y la cardiología nuclear. Deben ser destacadas en esta breve enumeración sus investigaciones en el campo de la cardiopatía hipertensiva. Su aportación a su conocimiento y clasificación ha merecido reconocimiento internacional.

La personalidad de Miguel Iriarte ha sido controvertida, como no podía ser de otra forma, teniendo en cuenta su concepto patrimonial del liderazgo, la firmeza irreductible en la defensa de sus convicciones y la avasalladora tenacidad que siempre empleaba en el logro de sus propósitos. La prematura e inesperada muerte de su hijo Mikel lo marcó de forma indeleble. Aunque su penoso y largo decaimiento físico fueran apagando tanto los resquemores como las lealtades, en muchos de nosotros quedará el agradecimiento y el dolorido recuerdo al maestro que se fue.

Mary Tere ha sido siempre y hasta el final su soporte más fiel. Compañera y esposa dedicada en cuerpo y alma al cuidado de Miguel. A ella queremos unirnos en el dolor.

Descanse en paz el cardiólogo, maestro, investigador y amigo vasco.

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Revista Española de Cardiología

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