Las guías de la Sociedad Europea de Cardiología sobre prevención de enfermedades cardiovasculares (ECV)1, así como su adaptación en España por parte del Comité Español Interdisciplinar para la Prevención Vascular (CEIPV)2, recomiendan la evaluación sistemática del riesgo cardiovascular en todos los adultos sin ECV confirmada, pero con uno o más factores de riesgo vascular. Para respaldar la toma de decisiones clínicas, estas guías proponen utilizar categorías de riesgo cardiovascular basadas en las escalas SCORE2 o SCORE2-OP (para personas > 70 años). Además, las guías sugieren que hay que tener en cuenta varios modificadores del riesgo no incluidos en los algoritmos de las SCORE2/SCORE2-OP. Entre estos, destacan el estrés psicosocial, la situación socioeconómica, los indicios de ateroesclerosis asintomática (por ejemplo, el índice de calcio coronario) y otros factores tales como la pertenencia a una etnia, los antecedentes familiares, la predisposición genética, la exposición medioambiental, y los biomarcadores urinarios y sanguíneos aplicables.
En 2010, la American Heart Association introdujo el concepto de salud cardiovascular ideal, definida por 7 elementos conocidos en conjunto como Life's Simple 73. En adultos, estos elementos son no fumar (o haberlo dejado hace más de 12 meses), seguir una dieta cardiosaludable, mantener un índice de masa corporal <25kg/m2, realizar ejercicio físico moderado (≥150min/semana), ejercicio intenso (≥75min/semana) o una combinación de ambos, lograr una presión arterial (PA) óptima (PA sistólica <120mmHg y PA diastólica <80mmHg), y mantener una glucemia en ayunas <100mg/dl y un valor de colesterol total <200mg/dl. Más recientemente, se ha añadido un octavo indicador —la duración saludable del sueño—, que ha dado lugar al marco actualizado conocido como Life's Essential 8 (LE8)4.
Son numerosos los estudios en los que se ha validado este modelo actualizado de salud cardiovascular ideal. En un análisis reciente basado en la cohorte ENRICA, se demostró que una parte considerable de la población española muestra poca salud cardiovascular según los criterios del LE85. Son numerosos los estudios en los que se ha validado este modelo actualizado de salud cardiovascular. En particular, los valores más altos en la LE8 se asociaron a una menor mortalidad general, así como específicamente cardiovascular. Estas observaciones coinciden con otros estudios poblacionales, en los que un valor superior en la LE8 se ha relacionado con un riesgo reducido de enfermedad coronaria, ictus y ECV6.
A pesar de los indicios existentes, algunos escenarios clínicos habituales, como la evaluación previa del riesgo cardiovascular en personas con discapacidad, siguen pendientes de investigar apropiadamente en la población general. Aunque las investigaciones sobre este tema son limitadas, en un estudio reciente llevado a cabo en Estados Unidos con datos del National Health and Nutrition Examination Survey (NHANES)7, se observó que, entre las personas sin ECV validada, la salud cardiovascular ideal era considerablemente inferior en aquellas con alguna discapacidad, según cuantificaba el LE8, comparado con personas sin discapacidad. Además, en una comparación de 1.300 adultos con ECV comunicada por ellos mismos y 13.656 adultos sin ECV, la discapacidad se asoció a una mayor probabilidad de sufrir ECV. Esta asociación fue particularmente consistente entre los sujetos más jóvenes: la odds ratio (OR) para ECV en personas con discapacidad fue de 8,0 en el grupo de 20 a 39 años, de 5,8 en los de 40 a 59 años y de 2,5 en los de 60 a 79 años.
Revista Española de Cardiología publicó recientemente un estudio excepcional llevado a cabo por Pastor-Barriuso et al.8 en una población española de adultos. Este estudio, notable por su elevada calidad metodológica y la importancia de sus resultados, merece un reconocimiento sin reservas. La prevalencia inicial de la discapacidad fue del 16,2% (intervalo de confianza del 95% [IC95%], 15,9-16,4%), y en el estudio se demostró una clara asociación entre la discapacidad y el aumento de la mortalidad cardiovascular, en particular en personas con discapacidad de moderada a grave. Comparado con personas sin discapacidad, las hazard ratios (HR) estandarizadas a 5 años para la mortalidad cardiovascular fueron de 1,70 (IC95%, 1,40-1,93) en las personas con discapacidad leve, 3,92 (IC95%, 3,23-4,76) en la discapacidad moderada y 4,77 (IC95%, 3,42-6,66) en la discapacidad grave. Estos resultados coinciden con los publicados en estudios previos9,10, aunque en estos a menudo se han utilizado definiciones heterogéneas de discapacidad. El estudio de Pastor-Barriuso et al.8 proporciona datos vanguardistas y sólidos basados en la población de España, y a diferencia de algunos estudios previos, ofrece información detallada sobre la relación graduada entre la gravedad de la discapacidad y la mortalidad cardiovascular.
Una dificultad importante consiste en determinar si la asociación observada entre la discapacidad y el aumento de la mortalidad cardiovascular puede explicarse mediante factores de riesgo cardiovascular tradicionales, recogidos por instrumentos como la SCORE2/SCORE2-OP o el LE8, o si también deberían tenerse en cuenta otros factores más difíciles de cuantificar. Las personas con discapacidad a menudo experimentan una mayor prevalencia de estrés, ansiedad, depresión y alteraciones del sueño, así como niveles elevados de aislamiento social, soledad, discriminación y estatus socioeconómico más bajo, todo lo cual se ha relacionado con un riesgo cardiovascular alto. Hay pruebas sustanciales que corroboran el papel que desempeña el estrés crónico en la aparición y evolución de la ECV y la hipertensión11. Los mecanismos subyacentes son variados, y entre estos, destacan la activación de los sistemas neuroendocrino y nervioso vegetativo, que lleva un aumento de la presión arterial y la frecuencia cardiaca, junto con la disfunción endotelial, y respuestas proinflamatorias y protrombóticas12. Las relaciones humanas son esenciales para mantener la salud y las conexiones sociales son fundamentales. El aislamiento social (una falta objetiva de contacto social) y la soledad (una sensación subjetiva de desconexión) reflejan distintas dimensiones de las relaciones sociales. En 2 metanálisis recientes, se ha demostrado que tanto el aislamiento social como la soledad están asociadas a un riesgo considerablemente mayor de sufrir ECV y a una mortalidad más alta13,14.
Una comprensión más profunda de los posibles mecanismos subyacentes en el aumento de la mortalidad cardiovascular asociada a la discapacidad podría aumentar de manera significativa las estrategias de prevención de la ECV en esta población de alto riesgo15. En varios estudios, se ha demostrado que las personas con discapacidad, comparado con aquellas sin discapacidad, se hallan afectadas de manera desproporcionada por una mayor tasa de sobrepeso, obesidad y obesidad abdominal. Al mismo tiempo, es más probable que experimenten un nivel extremo de comportamiento sedentario. Cuando se combinan con otros factores de riesgo relacionados con el estilo de vida, como el tabaquismo y el consumo de alcohol, estas condiciones aumentan de manera sustancial el riesgo de mala salud cardiovascular en esta población16.
Estos resultados plantean cuestiones importantes sobre si las personas con discapacidad tienen un acceso equitativo a los servicios sanitarios preventivos basados en la evidencia, como los programas para dejar de fumar, el asesoramiento nutricional, el fomento del ejercicio físico y el apoyo para controlar el peso. Es necesario evaluar e implementar intervenciones clínicas específicas y estrategias políticas dirigidas a mejorar el entorno social y sanitario de las personas con discapacidad15. Estos esfuerzos deberían complementarse con iniciativas de salud pública adaptadas a las necesidades específicas y a los grupos de edad de esta población17.
FINANCIACIÓNNinguna.
CONFLICTO DE INTERESESNinguna.
