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Vol. 72. Núm. 12.
Páginas 1093 (Diciembre 2019)
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In memoriam
DOI: 10.1016/j.recesp.2019.08.009
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Francisco Navarro López
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Antoni Serra Peñaranda
Unidad de Cardiología Intervencionista, Servicio de Cardiología, Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, Barcelona, España
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Recientemente nos ha dejado Francisco Navarro López, uno de los pioneros de la cardiología moderna como hoy la entendemos. Paco, como a él le gustaba que le interpelaran sus compañeros de trabajo y amigos, terminó sus estudios de Medicina en Barcelona en 1956, donde se doctoró con Premio Extraordinario y obtuvo los títulos de Especialista en Medicina Interna y Cardiología. Salir de nuestro país en busca de una formación de excelencia lo llevó en su primera etapa a Lyon y París. Entre 1959 y 1962 recaló en el prestigioso Instituto de Cardiología Ignacio Chávez de México, donde hizo la residencia. El laboratorio cardiopulmonar de la Universidad de Chicago fue su nuevo destino entre 1962 y 1963 para aprender las técnicas de cateterismo cardiaco que justo acababan de nacer de la mano de Mason Sones. Tuve la inmensa fortuna de que Paco me hiciera partícipe de esta herencia en mi etapa de residente del Hospital Clínico de Barcelona.

En la década de los sesenta se iniciaron profundos cambios en la medicina de nuestro país. Nacía el sistema MIR y se construían los primeros servicios de especialidades. El Hospital General de Asturias, de la mano del Dr. Carles Soler Durall, pilotó este enorme cambio. Paco ganó las oposiciones en 1964 con el encargo de construir el primer servicio de cardiología de España y establecer la formación especializada en cardiología. Fue pionero en entender la importancia de una formación reglada para los especialistas mediante el sistema MIR. Además de esta enorme tarea, Paco asumió la dirección médica de esta prestigiosa institución.

En 1972, el Hospital Clínico de Barcelona se profesionalizó creando un nuevo modelo asistencial por servicios y departamentos. Paco fue el elegido para asumir el reto de crear el primer servicio de cardiología integrado que incorporaba la clínica, la unidad coronaria y el laboratorio de hemodinámica (al que años más tarde se incorporaría la electrofisiología), siguiendo lo que él denominaba la «solución Chicago» y que ha sido la base de los actuales servicios de cardiología de nuestro país. Fue de los primeros en identificar que los cardiólogos debían ser los responsables de la atención de la fase aguda en el infarto agudo de miocardio. A principios de la década de los ochenta, impulsó la creación del Servicio de Cirugía Cardiaca del Hospital Clínico de Barcelona cuya primera cirugía extracorpórea de bypass coronario se realizó en 1981. La enorme virtud de Paco fue fichar a especialistas con gran talento y con una sólida formación y otorgarles toda su confianza para que desarrollaran sus respectivas unidades en el servicio. Bajo su dirección, el Servicio de Cardiología del Hospital Clínico de Barcelona alcanzó su época más dorada y fructífera y creo que todos los que estuvimos con él en esta etapa, sin excepción alguna, debemos reconocer su enorme mérito. Paco dedicó su vida al sistema público de salud en el que creía y defendía desde su óptica progresista hasta su jubilación en 1998, después de 25 años al timón de la cardiología del Hospital Clínico de Barcelona.

Pero Paco no solo destacó en su faceta asistencial. Lo fue todo en el campo de la docencia en su querida Universidad de Barcelona; profesor titular, catedrático de Medicina, director del Departamento de Medicina, decano de la Facultad y profesor emérito. También en este terreno era un docente implacable. Recuerdo la primera clase de Cardiología en cuarto de carrera. Entra en clase, nos da los buenos días, se gira hacia la pizarra y empieza a escribir y hablar en inglés. Al instante, murmullo de sorpresa de los alumnos. Paco se gira y con cara socarrona nos dice: «¿Cómo? ¿Ustedes están en Medicina y no saben inglés?». Y se fue de la clase. Me pareció una de sus genialidades. Seguro que para otros fue una excentricidad.

Su participación en sociedades científicas y comisiones también fue prolífica: presidente de la Sociedad Catalana de Cardiología; presidente de la Sociedad Española de Cardiología, donde adquirió en propiedad la primera sede para la Sociedad, impulsó la renovación de los congresos nacionales y de Revista Española de Cardiología; presidente de la Comisión Nacional de Cardiología del Ministerio de Sanidad, donde contribuyó a la reforma del programa de enseñanza de la especialidad, y vicepresidente de la Sociedad Europea de Cardiología. Paco también fue distinguido con multitud de condecoraciones y honores nacionales e internacionales, como el Premio Rey Jaime I de Medicina Clínica, la Medalla Narcís Monturiol al Mérito Científico y Tecnológico o la Medalla de Plata de la Sociedad Europea de Cardiología. Su aportación científica es bien conocida.

Sin embargo, es su aspecto humano lo que más le distingue. Paco era un hombre sencillo pero complejo a la vez, muy cercano y con una gran bonhomía. No cabían en él gestos autoritarios ni conductas altivas. Siempre estuvo disponible para ayudar y guiar a quienes le requeríamos. A veces genio, a veces excéntrico según el cristal de quien lo mirara. Trasladando el sentir de quienes compartimos cercanía y afecto con él, Paco era, por encima de todo, un ser entrañable. Además de la medicina, tenía otras dos grandes pasiones, el golf y el mar, que cultivó hasta bien cerca de su adiós. No solo compartí con él la pasión intensa por la cardiología, también el mar nos unió. Como decía nuestro universal poeta Machado: «Al andar se hace camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante, no hay camino, sino estelas en la mar».

Querido Paco, sé que donde estés continuarás dibujando estelas de genialidad en el firmamento, o aún mejor… en nuestro querido mar.

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